Capítulo 34
Herederos de Dios y coherederos con Cristo
De modo que, como está escrito, son dioses, sí, los hijos de Dios.
Por consiguiente, todas las cosas son suyas, sea vida o muerte, o cosas presentes o cosas futuras, todas son suyas, y ellos son de Cristo y Cristo es de Dios. —Doctrina y Convenios 76:58–59
José Smith fue un revelador de la verdad, un administrador legítimo, un profeta y vidente. Hablaba como quien tenía autoridad. En el nombre del Señor que lo llamó, desafió las filosofías creadas por los hombres y las tradiciones falsas. La suya era una voz viviente, y la iglesia que estableció era la «iglesia verdadera y viviente» (Doctrina y Convenios 1:30). Entre cientos de otros asuntos, José el Vidente restauró una poderosa verdad que se había perdido de la mente de los religiosos: la doctrina de que el hombre puede crecer, línea por línea, en cualidades espirituales hasta superar las pruebas de la vida terrenal, obtener la certeza de la vida eterna y, entonces, llegar a ser digno de entrar en la presencia divina y llegar a ser como Dios es.
Fe para vida y salvación
Durante el invierno de 1834–1835, el profeta José Smith preparó y presentó una serie de discursos a los hombres que integraban la Escuela de los Profetas. Estos llegaron a conocerse como los Discursos sobre la fe. Esta colección es un estudio sistemático de la fe: qué es, en qué se fundamenta y cuáles son los frutos que produce. Estos siete discursos contienen algunas de las enseñanzas más profundas y esclarecedoras de nuestra literatura. Merecen una reflexión seria y solemne por parte de los Santos de los Últimos Días que deseen crecer en la fe y venir a Cristo. Los Discursos sobre la fe se incluyeron en la primera edición de Doctrina y Convenios, de 1835. Esa edición constaba de dos partes: la primera se llamaba «Doctrina» y consistía en los Discursos sobre la fe; la segunda se llamaba «Convenios» y consistía en muchas de las revelaciones recibidas hasta ese momento. Los Discursos sobre la fe permanecieron en las ediciones posteriores de Doctrina y Convenios hasta 1921.
El primer discurso trata de la naturaleza de la fe. El Profeta describe la fe como «el primer principio de la religión revelada y el fundamento de toda rectitud» (1:1). Se presenta la fe como «la certeza que tienen los hombres de la existencia de cosas que no han visto, y el principio de acción en todos los seres inteligentes» (1:9). En los asuntos temporales, señala el Profeta, nadie realizaría siquiera las tareas más sencillas si no tuviera fe o creencia en algún resultado futuro. Por ejemplo, el agricultor nunca sembraría si no tuviera esperanza de cosechar. «En una palabra, ¿hay algo que hubierais hecho, ya fuera física o mentalmente, si no hubierais creído previamente? ¿No dependen de vuestra fe todos vuestros esfuerzos, de cualquier clase que sean? O bien, ¿no podríamos preguntar qué tenéis, o qué poseéis, que no hayáis obtenido por razón de vuestra fe?» (1:11).
El Profeta continuó mostrando, por medio de las Escrituras, que la fe no es solo el principio que sustenta toda acción, sino también «un principio de poder». Observó que, como se enseña en Hebreos 11:3, «el principio de poder que existía en el seno de Dios, mediante el cual fueron constituidos los mundos, era la fe; y […] es por razón de este principio de poder que existe en la Deidad que existen todas las cosas creadas; de modo que todas las cosas que hay en el cielo, sobre la tierra o debajo de la tierra existen por razón de la fe tal como existía en Él. […] Es el principio por el cual obra Jehová, y mediante el cual ejerce poder sobre todas las cosas, tanto temporales como eternas» (1:15–16). Esta relación que describe la fe como un principio de poder es importante. De ese modo, la fe llega a ser más que un deseo inactivo, o incluso un fuerte anhelo de que ocurra algún acontecimiento. Nos ayuda a comprender la declaración del Salvador: «Si tenéis fe y no dudáis, no solo haréis esto de la higuera [es decir, secarla], sino que si a este monte decís: Quítate y échate al mar, será hecho. Y todo lo que pidáis en oración, creyendo, lo recibiréis» (Mateo 21:21–22).
El segundo discurso explica cómo viene la fe, a saber, por el poder del testimonio humano. El Vidente escogido enseñó que, después de que Adán y Eva fueron expulsados del Jardín de Edén, no perdieron el conocimiento que habían adquirido en Edén. Aunque el conocimiento de su existencia preterrenal quedó velado de su memoria, la «transgresión del hombre no lo privó del conocimiento previo con el que había sido dotado acerca de la existencia y la gloria de su Creador». Es decir, Adán y Eva «conservaron un conocimiento de la existencia [de Dios], y este fue suficiente para impulsarlos a invocarlo» (2:19, 25). Además, después de la expulsión de Edén, Dios continuó revelándose a nuestros primeros padres. Ellos, a su vez, enseñaron a sus hijos acerca del Todopoderoso y del plan de salvación. «Y las evidencias que estos hombres tenían de la existencia de un Dios eran, en primer lugar, el testimonio de sus padres» (2:33). Este conocimiento se transmitió entonces de generación en generación, «al menos como una tradición; porque no podemos suponer que el conocimiento de este importante hecho pudiera haber existido en la mente de cualquiera de las personas antes mencionadas sin que lo hubieran dado a conocer a su posteridad» (2:53). Por tanto, «fue el testimonio humano, y únicamente el testimonio humano, lo que despertó inicialmente esta indagación en sus mentes. Fue el crédito que dieron al testimonio de sus padres» lo que dio como resultado «los descubrimientos más gloriosos y la certeza eterna» (2:56).
En el tercer discurso, el profeta José Smith expuso tres requisitos previos para ejercer fe en Dios para vida y salvación:
- «La idea de que [Dios] realmente existe»,
- «Una idea correcta de Su carácter, perfecciones y atributos», y
- «Un conocimiento real de que el curso de vida que sigue está de acuerdo con la voluntad [de Dios]». (3:2–5; cursiva en el original).
Los discursos tercero y cuarto tratan del carácter y los atributos de Dios; estas exposiciones establecen que Dios posee a la perfección todas las virtudes, los rasgos y las cualidades ennoblecedoras. Eso es lo que significa ser Dios. Por tanto, Dios es infinitamente sabio, solícito, veraz, benévolo y paciente, y eternamente coherente, constante y digno de confianza. Además, el hombre debe saber que Dios encarna todos estos atributos y cualidades para poder ejercer fe en Él. Por ejemplo, ¿cómo podría alguien invocar al Todopoderoso con confianza si hubiera alguna duda acerca del juicio de Dios, de Su sentido de la justicia o de Su disposición a permitir que nos acerquemos a Él? ¿Cómo podría alguien atreverse a pedir perdón a Dios si hubiera alguna duda sobre Su disposición a perdonar? «Tal es la debilidad del hombre», enseñó el Profeta, «y tales sus flaquezas, que está expuesto a pecar continuamente; y si Dios no fuera paciente y lleno de compasión, clemente y misericordioso, y de disposición perdonadora, el hombre sería separado de Su presencia; como consecuencia, viviría en constante duda y no podría ejercer fe, porque donde hay duda, la fe no tiene poder» (de las preguntas y respuestas de Discursos sobre la fe 3:20).
En el mismo sentido, consideremos la situación del hombre si hubiera alguna duda en su mente acerca de que Dios posee todo poder o conoce todas las cosas. «Sin el conocimiento de todas las cosas, Dios no podría salvar a ninguna porción de Sus criaturas; porque el conocimiento que tiene de todas las cosas, desde el principio hasta el fin, es lo que le permite dar a Sus criaturas el entendimiento mediante el cual llegan a ser partícipes de la vida eterna; y si no existiera en la mente de los hombres la idea de que Dios posee todo conocimiento, les sería imposible ejercer fe en Él» (4:11). Por tanto, cualquiera que dude del poder, del conocimiento o de la capacidad de Dios nunca adquirirá la clase y calidad de fe que conduce a la vida y a la salvación. En verdad, «Dios es el único gobernante supremo y ser independiente en quien moran toda plenitud y perfección; quien es omnipotente, omnipresente y omnisciente; sin principio de días ni fin de vida; y […] en Él moran todo buen don y todo buen principio; y […] Él es el Padre de las luces» (2:2).
El quinto discurso continúa el análisis de la naturaleza de Dios y se centra principalmente en las perfecciones de la Deidad y en la relación entre el Padre y el Hijo. Este discurso es particularmente profundo y penetrante, y requiere una reflexión seria y acompañada de oración para comprender su mensaje. Acerca del quinto discurso, el élder Bruce R. McConkie ha escrito:
Utilizando las Santas Escrituras como fuente escrita del conocimiento de Dios, conociendo lo que el Señor reveló a los antiguos en visiones y por el poder del Espíritu, y escribiendo guiados por ese mismo Espíritu, José Smith y los primeros hermanos de esta dispensación prepararon una declaración de creencias sobre la Trinidad. Sin duda, es el resumen más excelente de la verdad revelada y eterna acerca de la Trinidad que existe actualmente en lenguaje mortal. En él se expone el misterio de la divinidad; es decir, se describen las personalidades, misiones y ministerios de esos seres santos que integran la presidencia suprema del universo. Para las personas espiritualmente iletradas, puede parecer difícil y confuso; para aquellos cuyas almas arden con luz celestial, es un resumen casi perfecto de las cosas que se deben creer para obtener la salvación. (Un nuevo testigo de los Artículos de Fe, pág. 72).
En una ocasión anterior, el élder McConkie declaró: «A mi juicio, es la declaración más completa, inteligente e inspirada que existe actualmente […] en un solo lugar, que define, interpreta, explica, anuncia y testifica qué clase de ser es Dios. Fue escrita por el poder del Espíritu Santo, por el espíritu de inspiración. Es, en efecto, Escritura eterna; es verdadera» («El Señor Dios de José Smith», pág. 4).
Como Santos de los Últimos Días, hacemos grandes esfuerzos por establecer que el Padre y el Hijo son personajes separados y distintos, que no están entrelazados de alguna manera mágica ni son simplemente dos manifestaciones de la misma persona. Sin embargo, conviene señalar que nuestro Padre Celestial y Su Hijo Amado son infinitamente más uno de lo que son separados; son separados en cuanto a Su persona. Son uno en gloria, uno en propósito, uno en enfoque y misión, y uno en el sentido de que ambos poseen a la perfección todos los atributos de la divinidad. El Profeta también enseñó que son uno en mente, y que Su unidad de mente se asegura y mantiene mediante la presencia del Santo Espíritu que mora en Ellos. El Padre y el Hijo poseen «la misma mente, la misma sabiduría, gloria, poder y plenitud, llenándolo todo en todos; el Hijo está lleno de la plenitud de la mente, la gloria y el poder; o, en otras palabras, del espíritu, la gloria y el poder del Padre». El discurso continúa explicando cómo el hombre mortal —frágil y débil, y en constante necesidad de intervención divina— puede crecer y desarrollarse hasta alcanzar una unión espiritual semejante con los dioses. Ese Santo Espíritu que comunica la mente de Dios «se derrama sobre todos los que creen en Su nombre y guardan Sus mandamientos; y todos los que guardan Sus mandamientos crecerán de gracia en gracia y llegarán a ser herederos del reino celestial y coherederos con Jesucristo; poseyendo la misma mente, siendo transformados a la misma imagen o semejanza, sí, a la imagen misma de Aquel que lo llena todo en todos; siendo llenos de la plenitud de Su gloria y llegando a ser uno en Él, así como el Padre, el Hijo y el Santo Espíritu son uno» (5:2).
El conocimiento que salva
Para la mayoría de los Santos de los Últimos Días, el primer requisito de la fe salvadora —la idea de que Dios existe— no constituye obstáculo alguno. Sabemos de Su existencia por la razón y por la revelación. Aceptamos el testimonio inequívoco de todas las cosas que atestiguan la existencia de un Ser supremo, es decir, la evidencia externa; y creemos en el testimonio de quienes lo saben con certeza, es decir, la evidencia interna. El segundo requisito —una idea correcta de Su naturaleza— es un poco más difícil de cumplir, pero aun en esto podemos aprender de Dios mediante el estudio serio de las Escrituras y prestando atención a quienes, en el pasado y en el presente, lo han conocido. El tercer criterio de la fe —el conocimiento de que el curso de vida que seguimos está de acuerdo con la voluntad divina— es el mayor desafío de todos. Los primeros dos requieren que aprendamos y comprendamos algo acerca de Dios. El tercero requiere que sepamos algo acerca de nosotros mismos. Es decir, la fe para vida y salvación depende de la confianza, una palabra que el Profeta utilizaba a menudo de manera intercambiable con fe. Debemos tener confianza en que hay un Dios, confianza en que Él es quien dice ser y en que tiene todo poder. Y, entonces, debemos tener cierto grado de confianza en nosotros mismos, una serena certeza de que el Señor está complacido con nosotros. Quien duda de su condición ante Dios, quien cuestiona constantemente su propia bondad y pone en entredicho su propia rectitud, quien siempre se siente insuficiente e inferior, no puede desarrollar fe para vida y salvación. Aunque cierto grado de humildad es característico de quienes vienen a Cristo (véanse 2 Nefi 4:17–18; Éter 3:2), también debe haber esperanza en Cristo —la expectativa de ser aceptados por Dios gracias a Él, la certeza de la vida eterna por medio de Él y la esperanza de alcanzar gloria con Él— si se ha de trazar un rumbo y seguirlo hasta la salvación.
«El conocimiento real que tenga una persona de que el curso de vida que sigue está de acuerdo con la voluntad de Dios es absolutamente necesario para permitirle tener esa confianza en Dios sin la cual nadie puede obtener la vida eterna. Esto fue lo que permitió a los antiguos santos soportar todas sus aflicciones y persecuciones, y aceptar con gozo el despojo de sus bienes, sabiendo —no meramente creyendo— que tenían una posesión más duradera». En efecto, «tal fue, y siempre será, la situación de los santos de Dios, que, a menos que tengan un conocimiento real de que el curso que siguen está de acuerdo con la voluntad de Dios, se fatigarán en sus mentes y desmayarán» (6:2, 4). Dicho de otra manera, el pueblo de Dios necesita saber que el Señor está complacido con ellos y que sus obras y su fe le son aceptables, a fin de tener el valor y la fe para vencer al mundo. «Para que un hombre entregue todo lo que tiene, su carácter y reputación, su honor y el aplauso que recibe, su buen nombre entre los hombres, sus casas, sus tierras, sus hermanos y hermanas, su esposa y sus hijos, y aun su propia vida —considerándolo todo como inmundicia y escoria por la excelencia del conocimiento de Jesucristo— se requiere más que la mera creencia o suposición de que está haciendo la voluntad de Dios; se requiere un conocimiento real, comprendiendo que, cuando terminen estos sufrimientos, entrará en el reposo eterno y será partícipe de la gloria de Dios» (6:5).
¿Y cómo se obtiene tal conocimiento? ¿Cómo llegamos a saber que vamos por buen camino, que nuestra vida está en orden y, por tanto, cuenta con la aprobación de los cielos? A los miembros de la Escuela de los Profetas se les enseñó —y esta es una de las verdades trascendentes de la Restauración— que debemos estar dispuestos a sacrificar todas las cosas por la causa del Evangelio. Si deseamos llegar a ser herederos de todo lo que el Padre tiene, debemos estar dispuestos a renunciar a todo lo que tenemos. Para nosotros, debe ser el reino de Dios o nada. Debemos estar dispuestos a entregar nuestro corazón a Dios (véase Helamán 3:35), tener la mira puesta únicamente en Su gloria (véase Doctrina y Convenios 88:67) y estar dispuestos a someternos al Capitán de nuestras almas. Al igual que el padre de Lamoni, debemos estar dispuestos a entregar todo lo que poseemos, abandonar nuestros reinos individuales y abandonar todos nuestros pecados para conocer a Dios (véase Alma 22:15, 18). «Observemos aquí», declaró el Profeta, «que una religión que no requiere el sacrificio de todas las cosas nunca tiene poder suficiente para producir la fe necesaria para vida y salvación» (Discursos sobre la fe 6:7). Solo una iglesia que pida todo a sus miembros —¡todo!— está en condiciones de prometerles las riquezas de la eternidad. La entrega total siempre es un requisito previo para la victoria total. Solo quienes llegan al punto de su desarrollo espiritual en que, por fin, pueden y están dispuestos a consagrarse plenamente al Señor y a Su iglesia y reino, y a hacerlo sin reservas, pueden obtener esa confianza ante Dios de la que hablan las Escrituras (véase Doctrina y Convenios 121:45), una confianza que da como resultado la promesa de la vida eterna.
El presidente David O. McKay a menudo hablaba de la espiritualidad como una «conciencia de victoria sobre uno mismo y de comunión con el Infinito» (Ideales del Evangelio, pág. 390). No se trata solo de que uno haya llegado a dominarse a sí mismo, después de vencer la carne o superar las exigencias de un mundo caído. Además, esa persona sabe que ha logrado la victoria sobre sí misma. Ese conocimiento es liberador; nos permite ignorar a quienes se burlan y vociferan desde el edificio grande y espacioso, y apartarnos de las cosas de este mundo que no tienen valor duradero. Nos hace sentir cómodos en presencia de personas buenas y desear la compañía de seres santos. Por tanto, el Señor explicó: «Todos los que de entre ellos [los santos que habían sido expulsados y perseguidos en Misuri] saben que sus corazones son sinceros y están quebrantados, y sus espíritus contritos, y están dispuestos a cumplir sus convenios con sacrificio, sí, cualquier sacrificio que yo, el Señor, mandare, estos son aceptados por mí» (Doctrina y Convenios 97:8).
En el séptimo discurso, el profeta José Smith enseñó acerca de los frutos de la fe, a saber, los dones espirituales que disfrutan los fieles y, finalmente, la salvación completa que se concede a quienes se han consagrado plenamente. Además, aprendemos que uno de los beneficios de la fe verdadera es que desarrolla en nosotros un carácter semejante al de Cristo, llevándonos hacia adelante para imitar a Cristo, nuestro Maestro. Jesús es, en verdad, el Prototipo de todos los seres salvos. «La salvación consiste en la gloria, la autoridad, la majestad, el poder y el dominio que posee Jehová, y en ninguna otra cosa; y ningún ser puede poseerla, salvo Él mismo o alguien semejante a Él» (7:9). El plan de salvación es, de hecho, «un sistema de fe: comienza con la fe y continúa por la fe; y toda bendición que se obtiene en relación con él es el efecto de la fe, ya sea que corresponda a esta vida o a la venidera» (7:17).
Después de establecer qué es la fe, qué la sustenta y qué se requiere de nosotros para ser contados entre los favorecidos del cielo, el Profeta explicó lo que significa obrar por la fe. «Entendemos que, cuando un hombre obra por la fe, obra mediante el esfuerzo mental en lugar de la fuerza física. Es por medio de palabras, en lugar de ejercer sus facultades físicas, que todo ser obra cuando obra por la fe» (7:3). Pero no debemos entender por esta declaración que obrar por la fe sea simplemente un ejercicio intelectual ni que quienes poseen capacidades mentales extraordinarias necesariamente tengan más fe. Más bien, el esfuerzo mental del que habló el Profeta parece ser el rigor y el trabajo arduo, el examen del alma y la abnegación relacionados con llegar a conocer la intención y la voluntad de Dios y luego actuar de acuerdo con ellas. El élder McConkie ha observado:
Puede haber personas cuyas facultades mentales y procesos de pensamiento sean mayores que los de cualquiera de los santos, pero solo quienes están en sintonía con el Infinito pueden ejercer las fuerzas y los poderes espirituales que provienen de Él. […]
[…] Aquel que es el Autor de la fe, Aquel de quien es el poder de la fe, Aquel cuyas obras son la personificación de la justicia, el juicio, la sabiduría y todas las cosas buenas, sí, Él debe aprobar el uso de Su poder en el caso particular. La fe no puede ejercerse en contra del orden del cielo ni en contra de la voluntad y los propósitos de Aquel a quien pertenece ese poder. Los hombres obran por la fe cuando están en sintonía con el Espíritu y cuando lo que procuran hacer mediante el esfuerzo mental y la palabra hablada es la intención y la voluntad del Señor. (Un nuevo testigo de los Artículos de Fe, pág. 192).
Los escogidos de Dios
José Smith reveló una doctrina que es desconocida e incomprensible para quienes carecen de entendimiento espiritual. Enseñó que, a medida que los hombres y las mujeres viven de manera que cultiven el don y los dones del Espíritu Santo, con el tiempo reciben la certeza de la vida eterna: hacen firme su vocación y elección. «Después que una persona tiene fe en Cristo, se arrepiente de sus pecados, se bautiza para la remisión de ellos y recibe el Espíritu Santo —por la imposición de manos—, que es el primer Consolador, entonces debe continuar humillándose ante Dios, […] y el Señor pronto le dirá: Hijo, serás exaltado. Cuando el Señor lo haya probado a fondo y encuentre que el hombre está resuelto a servirlo a toda costa, entonces ese hombre hallará que su vocación y elección han sido hechas firmes» (Enseñanzas, pág. 150). Es decir, el Señor sella sobre él su exaltación y lo sella para vida eterna. Al recibir la promesa de salvación, la persona ha superado así las pruebas de la vida terrenal y ha llegado a ser digna de la exaltación y de la condición de dios en la vida venidera.
El rey Benjamín concluyó su magnífico sermón con esta invitación: «Por tanto, quisiera que fueseis firmes e inmutables, abundando siempre en buenas obras, para que Cristo, el Señor Dios Omnipotente, os selle como suyos, a fin de que seáis llevados al cielo, y tengáis salvación sin fin y vida eterna» (Mosíah 5:15). Mientras trabajaba incansablemente con los miembros de la Iglesia, particularmente con quienes habían transgredido, Alma, padre, recibió el siguiente elogio y promesa de Dios: «Bendito eres tú, Alma, y benditos son aquellos que fueron bautizados en las aguas de Mormón. Bendito eres por causa de tu gran fe en las palabras solas de mi siervo Abinadí. […] Y bendito eres por haber establecido una iglesia entre este pueblo; y serán establecidos, y serán mi pueblo. […] Y porque me has consultado concerniente al transgresor, eres bendito. Tú eres mi siervo; y hago convenio contigo de que tendrás la vida eterna» (Mosíah 26:15, 17, 19–20). En nuestra dispensación, el Señor hizo una promesa semejante al Vidente de los últimos días: «Soy el Señor tu Dios, y estaré contigo aun hasta el fin del mundo y por toda la eternidad; porque de cierto, sello sobre ti tu exaltación, y te preparo un trono en el reino de mi Padre, con Abraham tu padre». A la luz de lo que analizamos anteriormente en este capítulo, las palabras que siguen tienen un significado especial: «He aquí, he visto tus sacrificios, y perdonaré todos tus pecados; he visto tus sacrificios en obediencia a lo que te he dicho» (Doctrina y Convenios 132:49–50).
El profeta José Smith explicó que, después de que una persona haya hecho firme su vocación y elección, «entonces tendrá el privilegio de recibir al otro Consolador que el Señor ha prometido a los santos. […] Ahora bien, ¿qué es este otro Consolador? No es nada más ni nada menos que el Señor Jesucristo mismo; y esta es la esencia de todo el asunto: que cuando un hombre recibe a este último Consolador, tendrá la presencia de Jesucristo para atenderlo o aparecerse a él de cuando en cuando, y aun Él le manifestará al Padre, y harán morada con él, y las visiones de los cielos le serán abiertas, y el Señor le enseñará cara a cara, y podrá tener un conocimiento perfecto de los misterios del Reino de Dios» (Enseñanzas, págs. 150–151). Recibir al Segundo Consolador es una bendición adicional, una revelación que va más allá de hacer firme la vocación y elección. Es decir, una persona puede ciertamente hacer firme su vocación y elección —puede recibir de Dios la promesa segura de que su salvación está asegurada— y, sin embargo, no disfrutar de las bendiciones del Segundo Consolador (véase McConkie, El Mesías prometido, pág. 586). Por otra parte, si una persona llega a ser digna de la presencia del Hijo o, como lo expresó el presidente Joseph Fielding Smith, «si un hombre obtiene suficiente conocimiento para tener la compañía del Hijo de Dios, lo más probable es que su vocación y elección sean firmes» (Doctrina de Salvación 1:55).
Quienes crecen en el Señor (véase Helamán 3:21) y reciben «una plenitud del Espíritu Santo» (véase Doctrina y Convenios 109:14–15) se preparan para relacionarse con seres santos. La función del Espíritu Santo es conducir a los hombres y a las mujeres hasta el grado de iluminación e inspiración en que estén preparados para ser llevados a la presencia del Padre y del Hijo. Es decir, el Espíritu Santo «os hará recordar todas las cosas, todo cuanto yo [el Señor] os haya dicho; os enseñará hasta que vengáis a mí y a mi Padre» (Las palabras de José Smith, págs. 14–15; se han modernizado la ortografía y la puntuación). Así, José enseñó a los hermanos de la Escuela de los Profetas que «después de que a una parte de la familia humana se le haya dado a conocer el importante hecho de que hay un Dios que ha creado y sostiene todas las cosas, el alcance de su conocimiento acerca de Su carácter y gloria dependerá de su diligencia y fidelidad al buscarlo, hasta que, como Enoc, el hermano de Jared y Moisés, obtengan fe en Dios y poder con Él para contemplarlo cara a cara» (Discursos sobre la fe 2:55). En nuestros días se nos ha instruido: «Buscad siempre la faz del Señor» (Doctrina y Convenios 101:38), con la promesa de que «si os despojáis de toda envidia y temor, y os humilláis delante de mí, porque no sois suficientemente humildes, el velo se rasgará, y me veréis y sabréis que yo soy» (Doctrina y Convenios 67:10; véase también 93:1).
Las Escrituras hablan de quienes llegan a ser dignos de la exaltación como integrantes de la iglesia del Primogénito (véase Doctrina y Convenios 76:54, 67, 102). La iglesia del Primogénito es el círculo íntimo de santos fieles que han demostrado ser leales y fieles a sus convenios. Así como el bautismo es la puerta para ser miembro de la iglesia de Jesucristo en la tierra, el matrimonio celestial abre la puerta para ser miembro de la iglesia celestial (véanse Smith, Doctrina de Salvación 2:42; El hombre: Su origen y destino, pág. 272; El camino a la perfección, pág. 208; McConkie, El Mesías prometido, pág. 47; Un nuevo testigo de los Artículos de Fe, pág. 337). La iglesia del Primogénito es la Iglesia más allá del velo, el cuerpo organizado de santos que reúnen los requisitos para la exaltación. Está integrada por quienes llegan a ser dignos de las bendiciones del Primogénito. Jesús es el Primogénito del Padre y, como tal, tiene derecho a la primogenitura. Como un acto de misericordia y gracia supremas, nuestro bendito Salvador hace posible que heredemos, recibamos y poseamos las mismas bendiciones que Él recibe, como si fuéramos el Primogénito. Como mencionamos anteriormente en esta obra, quienes entran en la Iglesia y viven dignos de la compañía del Espíritu Santo nacen de nuevo; llegan a ser hijos e hijas de Jesucristo por adopción. Si continúan fieles, reciben después los convenios y las ordenanzas del templo —incluidas la investidura y el matrimonio celestial— y son leales a esos convenios superiores, con el tiempo llegarán a ser hijos e hijas de Dios, es decir, del Padre. Llegan a ser herederos de Dios, coherederos con Cristo de todo lo que el Padre tiene, incluida la vida eterna. «Por consiguiente, como está escrito, son dioses, sí, los hijos de Dios» (Doctrina y Convenios 76:58). Por tanto, el presidente Brigham Young declaró que «las ordenanzas de la casa de Dios son expresamente para la Iglesia del Primogénito» (en Diario de discursos 8:154).
Estas bendiciones son profundas y trascendentes, más profundas y mucho más trascendentes de lo que las personas del mundo pueden comprender. Tomando prestadas las palabras de Mormón con respecto al ministerio de ángeles, estos privilegios celestiales se conceden «a los que tienen una fe fuerte y una mente firme en toda forma de santidad» (Moroni 7:30). No llegan a quienes buscan señales, a los curiosos ni a los hombres o las mujeres poseídos de un celo excesivo. Los Santos de los Últimos Días que han recibido las ordenanzas del templo pueden seguir adelante en la obra del Señor y, con serena dignidad y paciente madurez, procurar ser dignos de obtener la certeza segura de la salvación antes del fin de su vida terrenal. Pero si una persona no recibe formalmente la gloriosa promesa en esta vida, tiene la promesa de las Escrituras de que perseverar fielmente hasta el fin da como resultado la vida eterna, ya sea que esa certeza se reciba aquí o en la vida venidera (véanse 2 Nefi 31:20; Doctrina y Convenios 14:7; 50:5; 53:7).
El élder Bruce R. McConkie aconsejó:
No necesitamos desarrollar un complejo ni sentir que tenemos que ser perfectos para ser salvos. No es así. […] Lo que tienen que hacer es entrar en el sendero estrecho y angosto —trazando así un rumbo que conduce a la vida eterna— y luego, estando en ese sendero, salir de esta vida en plena comunión con la Iglesia. No estoy diciendo que no tengan que guardar los mandamientos. Estoy diciendo que no tienen que ser perfectos para ser salvos. Si así fuera, nadie sería salvo. […] Si están en ese sendero, siguen adelante y mueren, nunca se apartarán de él. No existe tal cosa como apartarse del sendero estrecho y angosto en la vida venidera, y la razón es que esta vida es el tiempo que se da a los hombres para prepararse para la eternidad. Ahora es el tiempo y el día de su salvación; de modo que, si están trabajando con celo en esta vida —aunque no hayan vencido plenamente al mundo ni hayan hecho todo lo que esperaban hacer—, aun así serán salvos. No tienen que hacer lo que dijo Jacob: «Traspasar lo señalado». No tienen que llevar una vida que pretenda ser más fiel que la fidelidad misma. No tienen que tener un celo excesivo que se vuelva fanático y produzca desequilibrio. Lo que tienen que hacer es mantenerse dentro del curso general de la Iglesia y vivir como viven las personas rectas y decentes de la Iglesia. […] Si están en ese sendero cuando llega la muerte —porque este es el tiempo y el día señalados, este es el estado de probación—, nunca se apartarán de él y, a todos los efectos prácticos, su vocación y elección han sido hechas firmes. («La prueba de la vida terrenal», págs. 12–13).
Conclusión
El Evangelio es «poder de Dios para salvación» (Romanos 1:16), el poder para renovar y revitalizar a los hombres y a las mujeres. Dios es nuestro Padre y desea que todos Sus hijos lleguen a ser como Él es. Por tanto, el plan de salvación es un proceso de desarrollo mediante el cual aprendemos a ejercer fe en Dios y en Cristo para vida y salvación. «La unión de […] tres elementos», resumió el élder B. H. Roberts, «es decir, la creencia en la existencia de Dios, una concepción correcta de Su carácter y el conocimiento de que Él aprueba el curso de vida que se sigue, hará perfecta la fe, la constituirá en un principio de poder, el incentivo para toda acción […], que conduce de un grado de conocimiento o excelencia a otro, de rectitud en rectitud, hasta que los cielos les sean abiertos y tengan comunión con la Iglesia del Primogénito, con Jesucristo y con Dios el Padre, y así harán firme su vocación y elección, mediante una fe que madura hasta convertirse en conocimiento» (El Evangelio, pág. 111).
Mediante el ejercicio de una fe dinámica en la expiación de Cristo, los hombres y las mujeres pueden ser perdonados, purificados y habilitados para lograr lo que de otro modo sería imposible. Reciben la serena certeza de que el Señor está complacido con ellos y la garantía de la gloria eterna. El Profeta enseñó que «así como el Hijo participa de la plenitud del Padre por medio del Espíritu, los santos, por ese mismo Espíritu, han de participar de la misma plenitud y disfrutar de la misma gloria; porque así como el Padre y el Hijo son uno, de igual manera los santos han de ser uno en Ellos. Mediante el amor del Padre, la mediación de Jesucristo y el don del Santo Espíritu, han de ser herederos de Dios y coherederos con Jesucristo» (Discursos sobre la fe 5:3).


























