Capítulo 7
La naturaleza del hombre
También vosotros estuvisteis en el principio con el Padre; lo que es Espíritu, sí, el Espíritu de verdad; […] Porque el hombre es espíritu. —Doctrina y Convenios 93:23, 33
El hombre natural es enemigo de Dios, y lo ha sido desde la caída de Adán, y lo será para siempre jamás, a menos que se someta al influjo del Santo Espíritu, y se despoje del hombre natural. —Mosíah 3:19
¿Cuál es la naturaleza del hombre? ¿Se inclina a escoger lo correcto, servir a los demás y hacer contribuciones nobles a la sociedad? O, por el contrario, ¿es el hombre una criatura depravada, un incrédulo pecaminoso que solo busca la gratificación de la carne? ¿Se inclina a promover sus propios intereses, oprimir a los demás y ceder a las incitaciones de lo carnal, sensual y diabólico? En suma, ¿qué es el hombre? ¿Es un ser inclinado al bien o inclinado al mal? Hay defensores de ambas posturas. Algunos Santos de los Últimos Días sostienen que la visión que José Smith tenía del hombre era positiva: que el hombre es hijo de Dios y, por tanto, tiene la capacidad de llegar a ser como Dios es. Otros señalan los muchos pasajes de las Escrituras que dicen que todos han caído, que todos están perdidos como resultado de los actos de nuestros primeros padres. ¿Cuál de las dos posturas es la correcta? Muchos Santos de los Últimos Días no han llegado a comprender toda la amplitud y profundidad de las enseñanzas del profeta José sobre este asunto. Para resolver este dilema, primero debemos reconocer que algunas declaraciones proféticas hablan de la naturaleza eterna del hombre, mientras que otras hablan de su naturaleza mortal o caída. En este capítulo consideraremos ambos aspectos de esta cuestión y nos regocijaremos en la luz esclarecedora que ha llegado por medio del mensaje del Evangelio restaurado.
El hombre eterno
El Señor reveló por medio de José Smith que el hombre es un ser eterno. El profeta José declaró que la inteligencia del hombre “no es un ser creado; existió desde la eternidad y existirá hasta la eternidad. Todo lo que es creado no puede ser eterno” (Enseñanzas, pág. 158; véase también la pág. 181). En su maravilloso discurso de King Follett, pronunciado menos de tres meses antes de su martirio, el Profeta dijo:
Decimos que Dios es un ser que existe por Sí mismo. ¿Quién os lo dijo? Es bastante correcto; pero ¿cómo llegó esa idea a vuestra mente? ¿Quién os dijo que el hombre no existió de igual manera, sobre los mismos principios? El hombre sí existe sobre los mismos principios. […]
La mente o la inteligencia que posee el hombre es coigual [es decir, coeterna o de la misma antigüedad] con Dios mismo. […]
[…] La inteligencia de los espíritus no tuvo principio, ni tendrá fin. […] Nunca hubo un tiempo en que no hubiera espíritus. […]
[…] Me quito el anillo del dedo y lo comparo con la mente del hombre, la parte inmortal, porque no tiene principio. Supongamos que lo cortáis en dos; entonces tiene un principio y un fin; pero unidlo de nuevo y constituye un giro eterno. Así sucede con el espíritu del hombre (Enseñanzas, págs. 352–354).
Más específicamente, las revelaciones exponen la profunda verdad de que los hombres y las mujeres “también […] estuviste[is] en el principio con el Padre; lo que es Espíritu, sí, el Espíritu de verdad” (Doctrina y Convenios 93:23). Durante la administración del presidente Joseph F. Smith, una declaración doctrinal oficial de la Primera Presidencia afirmó que todos los hombres y las mujeres son a semejanza del Padre y la Madre universales, y son literalmente hijos e hijas de la Deidad. Además: “La doctrina de la preexistencia, revelada con tanta claridad, particularmente en los últimos días, derrama un maravilloso torrente de luz sobre el problema del origen del hombre, que de otro modo sería misterioso. Demuestra que el hombre, como espíritu, fue engendrado y nació de padres celestiales, y fue criado hasta alcanzar la madurez en las mansiones eternas del Padre, antes de venir a la tierra en un cuerpo temporal para pasar por una experiencia en la vida terrenal. Enseña que todos los hombres existieron en el espíritu antes de que hombre alguno existiera en la carne, y que todos los que han habitado la tierra desde Adán han tomado cuerpos y han llegado a ser almas de igual manera” (en Clark, Mensajes de la Primera Presidencia, 4:203, 205).
En el mundo actual hay mucha discusión y debate acerca del género y la sexualidad. Algunos afirman que se produce una desorientación de género porque su cuerpo y su espíritu no concuerdan en cuanto a su género específico. Sin embargo, esto es un disparate. Éramos varones y mujeres aun antes de nacer. Esta dimensión de nuestra naturaleza e identidad no es únicamente un fenómeno fisiológico. El élder James E. Talmage, basándose en esos elementos de verdad restaurados en nuestros días, escribió:
La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días afirma que la doctrina de la eternidad del sexo entre los hijos de Dios es razonable, conforme a las Escrituras y verdadera. La distinción entre varón y mujer no es una condición exclusiva del período relativamente breve de la vida terrenal; fue una característica esencial de nuestro estado preexistente, así como continuará después de la muerte, tanto en el estado sin cuerpo como en el estado resucitado.
La palabra revelada atestigua abundantemente que el nacimiento, o incluso su antecedente, la concepción, de ninguna manera señala la creación de un ser que antes de ese acontecimiento no existía; se declara categóricamente que todo niño que nace en la tierra vivió como un espíritu individual, varón o mujer, en el mundo primigenio. No hay accidente ni casualidad, debidos a condiciones puramente físicas, por los cuales se determine el sexo del que está por nacer; el cuerpo toma forma de varón o mujer de acuerdo con el sexo del espíritu al que le corresponde habitar ese cuerpo como un tabernáculo formado de los elementos de la tierra, único medio por el cual la persona puede emprender el curso indispensable de experiencia, probación y formación humanas (“La eternidad del sexo”, pág. 600).
Ser dioses en embrión significa que los atributos, los poderes y las capacidades que poseen nuestro Padre y nuestra Madre Celestiales nos han sido transmitidos; forman parte de nosotros. “Creemos que somos descendientes de nuestro Padre Celestial”, observó el presidente Lorenzo Snow, “y que poseemos en nuestra constitución espiritual las mismas capacidades, poderes y facultades que posee nuestro Padre, aunque en un estado infantil, que requiere pasar por cierto curso o prueba mediante el cual se desarrollarán y perfeccionarán de acuerdo con la atención que prestemos a los principios que hemos recibido” (en Diario de discursos, 14:300; véase también la pág. 302). Por tanto, hay un sentido en el que podríamos decir que los hombres y las mujeres, por ser herederos espirituales de la divinidad, son buenos por naturaleza; es decir, son buenos porque están emparentados con el Bien Supremo y proceden de Él. Dios es bueno, la encarnación y personificación misma de todo lo noble, recto y edificante, y nosotros provenimos de Él.
Lorenzo Snow expuso esta poderosa verdad, extraída de las enseñanzas de José Smith: que los hombres y las mujeres pertenecen al linaje de los dioses. Al responder al apóstol Juan en cuanto a su declaración de que podemos llegar a ser hijos e hijas de Dios (véase 1 Juan 3:1–3), el presidente Snow escribió:
Querido hermano:
¿No has sido imprudentemente osado
al revelar así el destino del hombre?
¿Al elevar y fomentar tan alto deseo,
e inspirar así una ambición tan vasta?
Con todo, no es una ilusión lo que trazamos:
la meta suprema del hombre en la carrera de la vida;
esta senda real ha sido recorrida desde hace mucho
por hombres justos, cada uno de los cuales es ahora un Dios:
como Abraham, Isaac y también Jacob,
primero niños, luego hombres, llegaron a ser dioses.
Como el hombre es ahora, Dios una vez fue;
como Dios es ahora, el hombre puede llegar a ser,
lo cual revela el destino del hombre.
Porque Juan declara: Cuando veamos a Cristo,<
verdaderamente seremos semejantes a Él.
Y quien abriga en sí esta esperanza
se purificará del pecado.
Quienes mantienen a la vista este grandioso objetivo
se despedirán de la insensatez y del pecado,
y no volverán a revolcarse en el cieno;
ni procurarán jamás grabar su nombre
en lo alto del monumento de la fama mundana;
sino que en esto verán su meta suprema:
ser la cabeza de toda su descendencia espiritual.
Ah, bien, enseñados por ti, querido Pablo,
aunque muy asombrados, lo comprendemos todo;
Dios nuestro Padre nos ha abierto los ojos,
y no podemos verlo de otra manera.
El hijo que crece hasta ser como su padre
no ha hecho sino alcanzar lo que le corresponde;
crecer de la condición de hijo a la de padre
no es ir contra el curso de la naturaleza.
Que un hijo de Dios llegue a ser como Dios
no sería despojar a la Deidad;
y quien abriga en sí esta esperanza
se purificará del pecado.
Tienes razón, san Juan, toda la razón:
quien intente ascender a esta altura
se limpiará por completo del pecado,
o de nada serviría aspirar a ella.
(Las enseñanzas de Lorenzo Snow, págs. 8–9).
Quienes sostienen que el hombre es fundamentalmente bueno y que su inclinación inherente es escoger la rectitud suelen citar una declaración del presidente Brigham Young: “En todas las revelaciones que Dios ha dado a la humanidad queda plenamente demostrado que los seres humanos aman y admiran por naturaleza la rectitud, la justicia y la verdad más que el mal. […] Pablo dice en su epístola a los Corintios: ‘Pero el hombre natural no percibe las cosas de Dios’; pero yo digo que es el hombre antinatural el que ‘no percibe las cosas de Dios’. […] Lo que fue, es y seguirá perdurando es más natural que lo que pasará y dejará de existir. El hombre natural es de Dios” (en Diario de discursos, 9:305). A la luz de la creencia en la depravación humana que tantos sostenían en el siglo XIX, no hay duda de que las doctrinas de la Restauración fueron como una brisa refrescante en un clima espiritual seco y árido. La palabra revelada de que Dios había perdonado la transgresión de Adán, así como el principio consiguiente de que los niños pequeños que mueren antes de la edad de responsabilidad son salvos, fueron creencias que distinguieron a los Santos de los Últimos Días de gran parte del mundo cristiano y que, ciertamente, presentaron una imagen más positiva y optimista de la naturaleza del hombre. Evidentemente, el presidente Young utiliza la expresión “hombre natural” de una manera diferente de la del rey Benjamín (véase Mosíah 3:19) o del apóstol Pablo (véase 1 Corintios 2:14). Se refiere al espíritu del hombre, el agente eterno dispuesto y esforzado que es hijo de Dios. Su planteamiento es acertado: el hombre puede escoger tanto el bien como el mal y, mediante el ejercicio apropiado del albedrío moral que Dios le ha dado, puede llegar a ser un hombre o una mujer espiritual ante el Todopoderoso.
El hombre caído
Y, sin embargo, el espíritu, la parte eterna de nosotros, puede ser influido por nuestra naturaleza caída, nuestra carne, y de hecho lo es. “Ahora bien, quiero deciros”, señaló el presidente Young, “que [Satanás] no tiene poder alguno sobre el hombre, salvo en la medida en que el cuerpo domina al espíritu que hay en él, al ceder al espíritu del mal. El espíritu que el Señor pone en un tabernáculo de carne está bajo la dirección del Señor Todopoderoso; pero el espíritu y el cuerpo se unen para que el espíritu pueda tener un tabernáculo y ser exaltado; y el espíritu es influido por el cuerpo, y el cuerpo por el espíritu. En un principio, el espíritu es puro y está bajo el control y la influencia especiales del Señor, pero el cuerpo está […] bajo la poderosa influencia de esa naturaleza caída que es de la tierra” (en Diario de discursos, 2:255–256). Por tanto, el debate entre quienes defienden la nobleza del hombre y quienes defienden su falta de nobleza se resuelve al preguntar: ¿De cuál naturaleza estamos hablando? El hombre es fundamentalmente bueno, o al menos lo es su naturaleza eterna. Sin embargo, el hombre es fundamentalmente caído, o al menos lo es su naturaleza mortal.
Sabemos que, debido a que Adán y Eva transgredieron al participar del fruto prohibido, fueron expulsados del Jardín de Edén y de la presencia del Señor, lo que significa la muerte espiritual. Como resultado vinieron la sangre, el sudor, el trabajo arduo, la oposición, el deterioro corporal y, finalmente, la muerte física. Aunque la Caída era una parte vital del gran plan del Dios Eterno —un acto tan preordenado como la intercesión de Cristo—, nuestra condición, incluida nuestra relación y nuestro contacto con Dios, cambió drásticamente. Al principio del registro nefita, Lehi “habló también concerniente a los profetas: del gran número de ellos que habían testificado […] [del] Redentor del mundo. Por lo tanto, toda la humanidad se hallaba en un estado perdido y caído, y así continuaría, a menos que confiase en este Redentor” (1 Nefi 10:5–6).
José Smith escribió a John Wentworth: “Creemos que los hombres serán castigados por sus propios pecados, y no por la transgresión de Adán” (Artículos de Fe 1:2). El Señor afirma este principio en esta declaración a Adán: “Te he perdonado tu transgresión en el Jardín de Edén” (Moisés 6:53). Sin embargo, esta declaración debe entenderse en su debido contexto doctrinal. Aunque Dios perdonó a nuestros primeros padres su transgresión, y aunque ningún “pecado original” se transmite a los hijos de Adán y Eva, y aunque “el Hijo de Dios ha expiado la culpa original, por lo que los pecados de los padres no pueden recaer sobre la cabeza de los niños” (Moisés 6:54), no debemos minimizar los efectos de la Caída.
Decir que no somos condenados por la caída de Adán no significa que esta no nos afecte. Jehová explicó a Adán: “Por cuanto tus hijos son concebidos en pecado, así también, cuando empiezan a crecer, el pecado nace en sus corazones, y prueban lo amargo para saber apreciar lo bueno” (Moisés 6:55; énfasis añadido). José Smith no creía, como Juan Calvino, en la depravación moral de la humanidad. No creía, como Martín Lutero, que los seres humanos, debido a su carnalidad y depravación intrínsecas, ni siquiera tuvieran el poder de escoger el bien en lugar del mal. Y no creía que los niños nacieran en pecado, que heredaran el llamado pecado de Adán, ya fuera por la unión sexual o por el nacimiento. Más bien, los niños son concebidos en pecado, lo que significa, primero, que son concebidos en un mundo de pecado y, segundo, que la concepción es el medio por el cual los efectos de la Caída —no el pecado original, que Dios ha perdonado— se transmiten a la posteridad de Adán y Eva. Ciertamente, no hay pecado en la unión sexual dentro de los lazos del matrimonio, ni la concepción misma es pecaminosa. Más bien, por medio de la concepción se origina la naturaleza caída: la mortalidad, lo que las Escrituras llaman la carne; mediante el proceso de llegar a ser mortal se heredan los efectos de la caída de Adán, tanto físicos como espirituales.
Por tanto, decir que los hombres y las mujeres no son castigados por la transgresión de Adán no significa que no estén sujetos a ella o que no los afecte. De hecho, Lehi enseñó a Jacob que, en el principio, Dios “dio el mandamiento de que todos los hombres se arrepintieran; porque mostró a todos los hombres que estaban perdidos a causa de la transgresión de sus padres” (2 Nefi 2:21; compárese con Alma 22:14). Así pues, todos necesitamos arrepentirnos, puesto que todos tenemos la capacidad y la propensión a pecar debido a que heredamos la naturaleza caída de Adán y Eva. “Sabemos que eres santo”, confesó el hermano de Jared al Todopoderoso, “y que habitas en los cielos, y que somos indignos delante de ti; por causa de la caída nuestra naturaleza se ha tornado mala continuamente; no obstante, oh Señor, nos has dado el mandamiento de que debemos invocarte, para que de ti recibamos según nuestros deseos” (Éter 3:2).
Una vez más, la concepción, que nos reviste de carne, es el mecanismo de transmisión y el medio por el cual la naturaleza caída de Adán y Eva —tanto la muerte física como la espiritual— se transmite de generación en generación. La propensión y la susceptibilidad al pecado se implantan en nuestra naturaleza en la concepción, al igual que la muerte. Tanto la muerte como el pecado están presentes únicamente como posibilidades en la concepción y, por tanto, ninguno de los dos es plenamente evidente al nacer. Sin embargo, la muerte y el pecado llegan a formar parte efectiva de nuestra naturaleza a medida que crecemos. El pecado surge espontáneamente, al igual que la muerte. En el caso de los niños pequeños, la responsabilidad por los resultados de esta naturaleza caída —los actos y las inclinaciones pecaminosos— queda en suspenso por virtud de la Expiación hasta que alcanzan la edad de responsabilidad. Sin embargo, cuando los niños llegan a la edad de responsabilidad, quedan sujetos a la muerte espiritual y, en adelante, deben arrepentirse y venir a Cristo por convenio y mediante las ordenanzas del Evangelio.
El élder Bruce R. McConkie resumió los efectos de la Caída de la siguiente manera:
Adán cayó. Sabemos que esta caída se produjo por causa de la transgresión, y que Adán quebrantó la ley de Dios, se volvió mortal y, por tanto, quedó sujeto al pecado, a la enfermedad y a todos los males de la vida terrenal. Sabemos que los efectos de su caída pasaron a toda su posteridad; todos heredaron un estado caído, un estado de mortalidad, un estado en el que prevalecen la muerte espiritual y la temporal. En este estado todos los hombres pecan. Todos están perdidos. Todos han caído. Todos están separados de la presencia de Dios. […] Tal manera de vivir es inherente a esta existencia mortal. […] La muerte entró en el mundo por medio de la caída de Adán: la muerte de dos clases, temporal y espiritual. La muerte temporal sobreviene a todos los hombres cuando parten de esta vida terrenal. Es entonces cuando el espíritu eterno sale de su morada terrenal para establecerse en una esfera a la que se asignan los espíritus, a fin de esperar el día de su resurrección. La muerte espiritual sobreviene a todos los hombres cuando llegan a ser responsables de sus pecados. Al estar así sujetos al pecado, mueren espiritualmente; mueren en lo que respecta a las cosas del Espíritu; mueren en lo que respecta a las cosas de la rectitud; son expulsados de la presencia de Dios. Es de tales hombres que hablan las Escrituras cuando dicen que el hombre natural es enemigo de Dios (El Mesías prometido, págs. 244, 349–350).
“He aprendido en mis viajes”, observó el profeta José Smith, “que el hombre es traicionero y egoísta, con pocas excepciones” (Enseñanzas, pág. 30). “Los hombres siempre han sido propensos a la apostasía”, señaló el élder John Taylor; “nuestra naturaleza caída está en enemistad con una vida piadosa” (La mediación y la Expiación, pág. 197).
Al exponer la doctrina de la Expiación, el rey Benjamín enseñó: “El hombre natural es enemigo de Dios, y lo ha sido desde la caída de Adán, y lo será para siempre jamás, a menos que se someta al influjo del Santo Espíritu, y se despoje del hombre natural, y se haga santo por la expiación de Cristo el Señor” (Mosíah 3:19). ¿Qué está diciendo el rey Benjamín acerca de la humanidad? ¿Qué es el hombre natural y cómo puede caracterizarse? Sencillamente, los hombres y las mujeres naturales son seres no regenerados que permanecen en su condición caída y viven sin Dios ni piedad en el mundo. Son criaturas sin redimir y sin consuelo, seres que viven según su propia luz. Por una parte, los hombres y las mujeres naturales pueden ser personas entregadas a la lujuria y la lascivia; pueden amar a Satanás más que a Dios y, por tanto, ser “carnales, sensuales y diabólicos” (Moisés 5:13). Después de haber predicado y suplicado a su hijo Coriantón, y de haberle enseñado que “la maldad nunca fue felicidad”, Alma dijo: “Y ahora bien, hijo mío, todos los hombres que se hallan en un estado natural, o más bien diría, en un estado carnal, están en la hiel de amargura y en las ligaduras de la iniquidad”. Ahora observen la explicación de Alma de cómo tales personas son enemigas de Dios: “Se hallan sin Dios en el mundo, y han obrado contrario a la naturaleza de Dios; por tanto, se encuentran en un estado que es contrario a la naturaleza de la felicidad” (Alma 41:10–11).
De igual manera, Abinadí advirtió a los sacerdotes de Noé acerca de aquel día en el que los hombres y las mujeres naturales —en este caso, los viles y los inicuos— recibirían su justa recompensa: “Y entonces los malvados serán echados fuera, y tendrán motivo para aullar, y llorar, y lamentar, y crujir los dientes; y esto porque no quisieron escuchar la voz del Señor; por tanto, el Señor no los redime. Porque son carnales y diabólicos, y el diablo tiene poder sobre ellos; sí, aquella antigua serpiente que engañó a nuestros primeros padres, que fue la causa de su caída” (Mosíah 16:2–3). Y luego Abinadí explicó cómo la Caída abrió el camino para que las personas rechazaran al Espíritu y escogieran el pecado: “Que [la caída] fue la causa de que toda la humanidad llegara a ser carnal, sensual, diabólica, discerniendo el mal del bien, sujetándose al diablo. Así toda la humanidad se hallaba perdida; y he aquí, se habría perdido eternamente si Dios no hubiese rescatado a su pueblo de su estado perdido y caído” (versículos 3–4).
Llegados a este punto, podríamos sentirnos inclinados a recostarnos, suspirar de alivio y dar gracias a Dios porque, gracias a la obra expiatoria de Cristo, la batalla ha terminado. Sin embargo, Abinadí continuó su advertencia: “Mas recordad que quien persiste en su propia naturaleza carnal, y sigue las sendas del pecado y la rebelión contra Dios, permanece en su estado caído, y el diablo tiene todo poder sobre él. Por tanto, queda como si no se hubiera hecho ninguna redención, siendo enemigo de Dios; y el diablo también es enemigo de Dios” (Mosíah 16:5). Los hijos de perdición experimentan esta exclusión en su plenitud en el momento del Juicio, mientras que todos los demás, excepto quienes sean merecedores del reino celestial, experimentarán gran parte de ella. Debemos prestar cuidadosa atención al hecho de que la expresión “persiste en su propia naturaleza carnal” implica que las personas, a pesar de la Expiación, tienen tal naturaleza en la cual pueden persistir.
Sin embargo, los hombres y las mujeres naturales no tienen por qué ser lo que llamaríamos degenerados. Bien pueden ser hombres y mujeres morales y rectos, dedicados a la bondad y la benevolencia. No obstante, actúan dentro del actual mundo caído y se han adaptado a él. Tales personas no disfrutan de los poderes vivificadores del Espíritu Santo. No han recibido el testimonio revelado de la verdad ni han disfrutado de los poderes santificadores de la sangre de Cristo. Aunque su conducta sea correcta y apropiada según las normas de la sociedad, estos hombres y mujeres naturales no han prestado suficiente atención a la luz de Cristo para ser conducidos al Evangelio del convenio (véanse Mosíah 16:2; Doctrina y Convenios 84:45–48). “Todo el mundo yace en el pecado”, declaró el Salvador en una revelación moderna, “y gime bajo la obscuridad y la servidumbre del pecado. Y por esto sabréis que están bajo la servidumbre del pecado, porque no vienen a mí” (Doctrina y Convenios 84:49–50; véase también 35:12).
¿Y qué ocurre con los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días? ¿Somos algunos de nosotros hombres o mujeres naturales? Ciertamente merecemos ese calificativo si somos culpables de graves iniquidades, si hemos pecado contra la luz del Evangelio y no nos hemos arrepentido plenamente. Y sí, también somos culpables, en cierta medida, si persistimos en una naturaleza que nos lleva a vivir en la penumbra cuando podríamos disfrutar de la luz del Hijo. Brigham Young declaró al pueblo de la Iglesia: “No hay duda de que, si una persona vive de acuerdo con las revelaciones dadas al pueblo de Dios, puede tener el Espíritu del Señor para que le dé a conocer Su voluntad, y para que la guíe y dirija en el cumplimiento de sus deberes, tanto en sus actividades temporales como en las espirituales. Sin embargo, estoy convencido de que, en este aspecto, vivimos muy por debajo de nuestros privilegios” (en Diario de discursos, 12:104). Los miembros de la Iglesia que se niegan a ascender a mayores alturas espirituales, que no tienen inclinación alguna a afianzarse más en la verdad, que se han conformado con su estado espiritual actual, son hombres y mujeres naturales, personas generalmente de buena voluntad que no comprenden que, mediante su engreimiento y complacencia, están favoreciendo y apoyando la causa del enemigo de toda rectitud. José Smith enseñó que “todos los hombres tienen una disposición natural a andar por sus propias sendas, tal como las señalan sus propios dedos, y no están dispuestos a considerar y recorrer la senda que otro les señala, diciendo: Este es el camino, andad por él, aunque este sea un guía infalible y el Señor su Dios lo haya enviado” (Enseñanzas, págs. 26–27).
El hombre redimido
Debido a la Caída, todos los hombres y las mujeres están perdidos, caídos y alejados de Dios y de las cosas de la rectitud; sufren la muerte espiritual (véanse Alma 12:16; 40:26; 42:9; Doctrina y Convenios 29:41). Esta es la dura realidad de nuestro segundo estado. Las buenas nuevas y el mensaje de gozo son que la redención de la Caída y la reconciliación con el Padre son posibles. La redención y la reconciliación vienen “por medio de los méritos, y misericordia, y gracia del Santo Mesías” (2 Nefi 2:8), mediante la mediación de Jesús. Por medio de la sangre expiatoria de Cristo, derramada en Getsemaní y en el Gólgota, podemos recibir el perdón de nuestros pecados y disfrutar nuevamente de la paz y el consuelo del Espíritu Santo (véase Mosíah 4:1–3). Mediante la Expiación somos rescatados del diablo, de la muerte, del infierno y del tormento sin fin (véase 2 Nefi 9:10–12), comprados por un precio, “con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación” (1 Pedro 1:19). Así, somos un pueblo peculiar, un pueblo adquirido. El valor de las almas es grande porque se ha pagado un precio infinito; el Señor nuestro Redentor se dio a Sí mismo por nosotros: sufrió la muerte en la carne y luego se levantó de entre los muertos para inmortalidad y vida eterna, poniendo así esas mismas bendiciones a nuestro alcance (véase Doctrina y Convenios 18:10–16).
Además del perdón de los pecados, la Expiación hace posible la santificación de nuestro corazón, la purificación de nuestras motivaciones y deseos. No solo podemos ser limpiados del pecado, sino también de sus efectos y de su atracción (véanse Mosíah 5:2; Alma 13:12). José Smith enseñó que la liberación de la muerte espiritual no viene únicamente por la educación, ni por un evangelio social ni por programas éticos; los hombres y las mujeres deben ser cambiados, renovados, devueltos a la vida espiritual, nacidos de nuevo. “El Hijo de Dios vino al mundo para redimirlo de la caída”, enseñó.
Pero el que no nace de nuevo no puede ver el reino de Dios. Esta verdad eterna resuelve la cuestión de la religión de todos los hombres. Un hombre puede ser salvo, después del juicio, en el reino terrestre o en el reino telestial, pero jamás podrá ver el reino celestial de Dios sin haber nacido del agua y del Espíritu. […] Jamás podrá acercarse al monte Sion, a la ciudad del Dios viviente, la Jerusalén celestial, a una compañía innumerable de ángeles, a la asamblea general e Iglesia del Primogénito, cuyos nombres están escritos en los cielos, a Dios, el Juez de todos, a los espíritus de los justos hechos perfectos y a Jesús, el Mediador del nuevo convenio, a menos que llegue a ser como un niño pequeño y sea enseñado por el Espíritu de Dios (Enseñanzas, pág. 12).
El Profeta se hizo eco de las palabras y enseñanzas de su Maestro de que “el que no naciere de nuevo no puede ver el reino de Dios”. En el meridiano de los tiempos, el Salvador explicó además a Nicodemo que “el que no naciere de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios” (Juan 3:3, 5). El profeta José añadió que “una cosa es ver el reino de Dios y otra entrar en él. Debemos experimentar un cambio de corazón para ver el reino de Dios y aceptar los artículos de adopción para entrar en él” (Enseñanzas, pág. 328). Al analizar más a fondo el nuevo nacimiento, y particularmente la importancia de ver el reino y entrar en él, el Profeta observó:
El nacimiento del que se habla aquí [Juan 3:3] no era el don del Espíritu Santo, que se prometía después del bautismo, sino una iluminación de la mente por el Espíritu que acompañaba la predicación del Evangelio por los élderes de la Iglesia. Las personas se preguntaban por qué no habían comprendido antes las claras declaraciones de las Escrituras tal como las explicaban los élderes, pues las habían leído cientos de veces. Cuando después leían la Biblia, era para ellas un libro nuevo. Esto era nacer de nuevo para ver el reino de Dios. No estaban dentro de él, pero podían verlo desde fuera, lo cual no podían hacer hasta que el Espíritu del Señor quitaba el velo de delante de sus ojos. Era un cambio de corazón, pero no de estado. […] Aunque Cornelio había visto a un santo ángel [Hechos 10], y al predicar Pedro se derramó el Espíritu Santo sobre él y su familia, solo habían nacido de nuevo para ver el reino de Dios. Si después no hubieran sido bautizados, no habrían sido salvos (en Andrus, Ellos conocieron al Profeta, pág. 50; énfasis en el original).
Un amplio sector del mundo cristiano actual cree que nacer de nuevo consiste en recibir los sacramentos de la iglesia. Otro sector del cristianismo cree que nacer de nuevo consiste en tener una experiencia espiritual personal con Jesús, en ser salvo al aceptarlo como Señor y Salvador. José Smith, el vidente escogido, enseñó clara y reiteradamente que la regeneración del alma requiere tanto la sumisión a los ritos de salvación requeridos como los poderes santificadores del Espíritu. En suma: “Nacer de nuevo viene por el Espíritu de Dios mediante las ordenanzas” (Enseñanzas, pág. 162).
Quienes han nacido de nuevo han crucificado a su “viejo hombre” de pecado; quienes están “en Cristo” representan una nueva creación del Espíritu Santo (Romanos 6:6; 2 Corintios 5:17). Quien nace de nuevo no continúa en el pecado (véase TJS, 1 Juan 3:8), pues tal persona ya no tiene “más disposición a obrar mal, sino a hacer lo bueno continuamente” (Mosíah 5:2). Nacer de nuevo es convertirse. Esta conversión implica lo que las Escrituras describen como ser “vivificado en el hombre interior”. Al describir la renovación espiritual del padre Adán en la primera dispensación de la historia de este mundo, Moisés escribió: “Y aconteció que cuando el Señor hubo hablado con Adán, nuestro padre, que Adán clamó al Señor, y lo arrebató el Espíritu del Señor, y fue llevado al agua, y sumergido en el agua, y sacado del agua. Y de esta manera fue bautizado, y el Espíritu de Dios descendió sobre él, y así nació del Espíritu, y fue vivificado en el hombre interior” (Moisés 6:64–65). Nacer de nuevo es adquirir una mayor sensibilidad hacia las cosas que importan.
Por ejemplo, debido a que gran parte del tiempo el Espíritu Santo obra con los miembros de la Iglesia por medio de su conciencia, nacer de nuevo es adquirir una sensibilidad más profunda hacia lo correcto y lo incorrecto, disfrutar de mayores manifestaciones del don de discernimiento y desarrollar deseos más refinados y educados. Puesto que nacer de nuevo significa ser adoptado en la familia real de Dios y, por tanto, adquirir atributos y cualidades divinos, experimentar el nuevo nacimiento implica sentir una compasión y una empatía más profundas por quienes lloran, sufren o buscan socorro. La vivificación del hombre interior elimina la capa y la fachada del pecado, y hace innecesarios los rigores y los esfuerzos agotadores de la ostentación y lo superfluo; quienes nacen de nuevo ven las cosas con claridad y nitidez, y son capaces de discernir y apartar lo sórdido o incluso lo insignificante. Tienen menos inclinación a afanarse por causas secundarias y una pasión intensa, pero paciente, por ocuparse de aquello que trae luz, vida y amor. Llegan a atesorar los placeres sencillos de la vida y se regocijan en la bondad de su Dios.
El Espíritu Santo es un revelador y da a conocer las cosas de Dios a quienes están preparados para sobrellevarlas. El Espíritu Santo revela cosas que el hombre no puede enseñar y que la sabiduría humana no puede comunicar (véanse 1 Juan 2:27; Moroni 10:5; Doctrina y Convenios 43:15–16). El Espíritu trae certeza y convicción, y disipa las tinieblas de la duda. Cipriano, un gran defensor de la fe después del período apostólico, habló de su propia conversión. “En mi corazón”, relató, “purificado de todo pecado, entró una luz que venía de lo alto y entonces, repentinamente y de manera maravillosa, vi que la certeza sucedía a la duda” (citado en Harold B. Lee, Permaneced en lugares santos, pág. 57). Las personas que han nacido de nuevo comienzan a ver las cosas en perspectiva, desde una perspectiva elevada; tienen “grandes visiones de lo que está por venir” (Mosíah 5:3). No es que nunca tengan preguntas o dudas; más bien, saben con certeza, por el poder del Espíritu Santo, que las verdades fundamentales de la fe son verdaderas: que Dios está en Su cielo, que la Iglesia y el reino de Dios han sido restaurados a la tierra con todas las llaves y los poderes, y que quienes han sido escogidos y ungidos para dirigir la Iglesia han sido llamados divinamente. Las preguntas y las incertidumbres se dejan en suspenso. Tal vez no desaparezcan de inmediato, pero no perturban. Como explicó el presidente John Taylor, el Espíritu Santo “no es algo que afecte solo al oído exterior; no es algo que afecte simplemente al juicio, sino que afecta al hombre interior; afecta al espíritu que mora en él; es, si se quiere, una parte de Dios impartida al hombre, que le da la certeza de que Dios vive” (en Diario de discursos, 11:23). Quienes han nacido del Espíritu no están libres de las vicisitudes de esta vida; más bien, debido a que han adquirido una nueva visión, han adquirido nuevas fuerzas y nuevos recursos con los cuales afrontar sus desafíos.
A medida que nos sometemos a Dios mediante el convenio del Evangelio, que le entregamos nuestro corazón (véase Helamán 3:35) y nos comprometemos a obedecer Sus estatutos, que nos abrimos a la verdad al sofocar el cinismo y desechar la arrogancia, el “obscuro velo de incredulidad” (Alma 19:6) es quitado de nuestra mente y comenzamos a ver las cosas como realmente son. Los hombres y las mujeres comienzan a ver el reino de Dios cuando sienten el poder convincente del testimonio, cuando reconocen y aceptan a los siervos del Señor y cuando acceden a entrar en ese reino mediante el bautismo. El Profeta explicó que, para entrar en el reino, las personas deben cumplir los “artículos de adopción”: los primeros principios y ordenanzas del Evangelio, los medios por los cuales somos adoptados en la familia del Señor Jesucristo (Enseñanzas, pág. 328).
Un hombre redimido es aquel que ha participado de los poderes de Cristo mediante la Expiación, se ha arrepentido de sus pecados y ha sido renovado por medio del Santificador, que es el Espíritu Santo. El Espíritu Santo es la partera de la salvación. Es el agente del nuevo nacimiento, el canal y el poder sagrados por los cuales los hombres y las mujeres son cambiados y renovados, hechos nuevas criaturas. Este nuevo nacimiento, que llega con el transcurso del tiempo, trae consigo la pertenencia a la familia de Dios; tales personas son redimidas de la Caída, reconciliadas con el Padre por medio del Hijo y hechas dignas de la designación de hijos e hijas de Dios. Llegan a ver, sentir y comprender cosas que quienes están espiritualmente inertes jamás pueden conocer. Se convierten en participantes del ámbito de la experiencia divina.
Conclusión
Una parte importante de la “restauración de todas las cosas” (Hechos 3:21) fue la revelación a José Smith acerca de la naturaleza del hombre. Sabemos por las Escrituras de la Restauración y por las declaraciones proféticas que el hombre es un ser dual. Por una parte, “el hombre es espíritu” (Doctrina y Convenios 93:33), un descendiente de la Deidad, alguien que tiene posibilidades eternas ilimitadas. Verdaderamente, el hombre fue creado como espíritu un poco menor que los Elohim, los dioses (véase Salmos 8:5, incluida la nota al pie 5a). Por otra parte, el hombre está revestido de carne y es el heredero legítimo de una naturaleza caída, una naturaleza sujeta a deseos, apetitos y pasiones. Por tanto, “se nos llama seres mortales porque en nosotros están las semillas de la muerte, pero en realidad somos seres inmortales, porque también hay en nosotros el germen de la vida eterna. El hombre es un ser dual, compuesto del espíritu, que le da vida, fuerza, inteligencia y capacidad, y del cuerpo, que es la morada del espíritu, se ajusta a su forma, se adapta a sus necesidades, actúa en armonía con él y, hasta el máximo de su capacidad, obedece la voluntad del espíritu” (Joseph F. Smith, Doctrina del Evangelio, pág. 14).
El espíritu unido al cuerpo constituye el alma del hombre (véase Doctrina y Convenios 88:15), y es la redención del alma, no solo del cuerpo, lo que se lleva a cabo mediante los sufrimientos, la muerte y la resurrección en gloria del Santo de Israel. Porque “el espíritu y el elemento, inseparablemente unidos” en la resurrección, “reciben una plenitud de gozo” (Doctrina y Convenios 93:33). En verdad, para comprender al hombre debemos comprender la fuente de la que procede, pues, en palabras del vidente: “Si los hombres no comprenden el carácter de Dios, no se comprenden a sí mismos” (Enseñanzas, pág. 343).


























