Joseph Smith El Vidente Escogido

Capítulo 19

La restauración del pueblo del convenio

Vosotros sois los hijos de los profetas; y sois de la casa de Israel; y sois del convenio que el Padre concertó con vuestros padres, diciendo a Abraham: Y en tu posteridad serán benditas todas las familias de la tierra. —3 Nefi 20:25


Como hemos visto, la restauración del Evangelio por medio del profeta José Smith comprendió la restauración del nuevo y sempiterno convenio que Dios hizo con los antiguos, al que a veces llamamos el convenio abrahámico. “Por fin ha llegado el tiempo”, declaró el vidente moderno, “en que el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob ha vuelto a extender Su mano por segunda vez para recobrar a los restos de Su pueblo. […] Este convenio nunca se ha establecido con la casa de Israel ni con la casa de Judá, porque se requieren dos partes para hacer un convenio, y esas dos partes deben estar de acuerdo, o no puede hacerse convenio alguno”. José continuó: “Cristo, en los días de Su carne, propuso hacer un convenio con ellos, pero lo rechazaron a Él y a Sus propuestas y, en consecuencia, fueron desgajados, y no se hizo ningún convenio con ellos en aquel tiempo. Pero su incredulidad no ha dejado sin efecto la promesa de Dios” (Enseñanzas, págs. 14–15). La organización de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y el establecimiento del reino de Dios sobre la tierra —con sus verdades y ordenanzas salvadoras— perpetúan el antiguo convenio y ayudan a identificar y restaurar a quienes son el pueblo escogido.

El Israel preterrenal

Sabemos por la revelación moderna que vivimos antes de venir aquí. Muy poco de lo que hacemos, sentimos y logramos en nuestro segundo estado puede comprenderse de manera aislada, independientemente de lo que hicimos y de quiénes fuimos en la existencia preterrenal. Alma nos enseña que muchos de nosotros demostramos una “fe excepcional y buenas obras” en la existencia preterrenal como preparación para los llamamientos y las asignaciones que recibimos aquí (Alma 13:3). “Al estar sujetos a la ley”, ha escrito el élder Bruce R. McConkie, “y poseer su albedrío, todos los espíritus de los hombres, mientras aún se encontraban en la Presencia Eterna, desarrollaron aptitudes, talentos, capacidades y habilidades de toda clase, tipo y grado. Durante el largo período de vida que transcurrió entonces, surgió una variedad infinita de talentos y habilidades. A medida que pasaban las épocas, no hubo dos espíritus que permanecieran iguales. […] Abraham, Moisés y todos los profetas procuraron y obtuvieron el talento de la espiritualidad. María y Eva fueron dos de las más grandes de todas las hijas espirituales del Padre. Toda la casa de Israel, conocida y separada de entre sus semejantes, se inclinaba hacia las cosas espirituales” (El Mesías mortal, 1:23).

En la Iglesia hablamos a menudo de la preordenación a oficios y llamamientos, y es significativo que muchos de nosotros fuimos preordenados para servir en puestos de responsabilidad en el reino. Aparte de la elección condicional para la vida eterna, quizá la mayor preordenación —basada en la fidelidad preterrenal— sea la preordenación al linaje y a la familia: ciertas personas vienen a la tierra por un conducto determinado, por un linaje que les da derecho a bendiciones extraordinarias, pero también por un linaje que lleva consigo cargas y responsabilidades. En palabras del élder Melvin J. Ballard, Israel es “un grupo de almas probadas, examinadas y aprobadas antes de nacer en el mundo. […] Por medio de este linaje habían de venir las almas fieles y probadas que habían demostrado su rectitud en el mundo de los espíritus antes de venir aquí” (Melvin J. Ballard: paladín de la rectitud, págs. 218–219).

Moisés aconsejó a su pueblo: “Acuérdate de los días antiguos; considera los años de muchas generaciones; pregunta a tu padre, y él te lo declarará; a tus ancianos, y ellos te lo dirán. Cuando el Altísimo hizo heredar a las naciones, cuando hizo dividir a los hijos de los hombres, estableció los límites de los pueblos según el número de los hijos de Israel. Porque la porción de Jehová es su pueblo; Jacob, la parte de su heredad” (Deuteronomio 32:7–9). Al hablar a los atenienses, el apóstol Pablo declaró: “El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay […] de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habitasen sobre toda la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos y los límites de la habitación de ellos” (Hechos 17:24, 26).

El presidente Harold B. Lee explicó:

Quienes nacieron en el linaje de Jacob, que más tarde sería llamado Israel, y su posteridad, conocida como los hijos de Israel, nacieron en el linaje más ilustre de todos los que vinieron a la tierra como seres mortales.

Al parecer, todas estas recompensas fueron prometidas, o preordenadas, antes de que el mundo existiera. Ciertamente, estos asuntos deben haberse determinado por la clase de vida que vivimos en aquel mundo espiritual preterrenal. Algunos pueden cuestionar estas suposiciones, pero al mismo tiempo aceptarán sin objeción alguna la creencia de que cada uno de nosotros será juzgado al dejar esta tierra según sus obras durante la vida terrenal. ¿No es igualmente razonable creer que lo que hemos recibido aquí, en esta [vida] terrenal, se nos dio a cada uno de acuerdo con los méritos de nuestra conducta antes de venir aquí? (En Informe de la Conferencia, octubre de 1973, págs. 7–8).

Por tanto, la declaración de linaje que hacen los patriarcas es tanto una declaración de quiénes y qué fuimos como de quiénes somos ahora y de lo que podemos llegar a ser. Si no hay relación entre el primer estado y el segundo, ¿por qué, como podría preguntar el presidente Lee, deberíamos creer que existe alguna relación entre lo que hacemos aquí y lo que recibiremos en la vida venidera?

¿Quiénes somos, entonces? El presidente Lee respondió: “Todos vosotros sois hijos e hijas de Dios. Vuestros espíritus fueron creados y vivieron como inteligencias organizadas antes de que el mundo existiera. Habéis sido bendecidos con un cuerpo físico debido a vuestra obediencia a ciertos mandamientos en aquel estado preterrenal. Ahora habéis nacido en la familia a la que habéis venido, en las naciones por medio de las cuales habéis venido, como recompensa por la clase de vida que vivisteis antes de venir aquí y en un momento de la historia del mundo que, como enseñó el apóstol Pablo a los hombres de Atenas y como reveló el Señor a Moisés, fue determinado por la fidelidad de cada uno de los que vivieron antes de que este mundo fuera creado” (en Informe de la Conferencia, octubre de 1973, pág. 7). Y, sin embargo, venir a la tierra por medio de un linaje particular implicaría mucho más que jactarse de una bendición; implicaría llevar una carga. “Una vez que sabemos quiénes somos”, dijo el élder Russell M. Nelson, “y el linaje real del que formamos parte, nuestras acciones y nuestro rumbo en la vida serán más acordes con nuestra herencia” (“Gracias por el convenio”, pág. 59).

Entrar en el convenio

Las revelaciones que llegaron por medio de José Smith afirmaron lo que el Salvador había enseñado en el meridiano de los tiempos y en otras dispensaciones: que ser un pueblo del convenio implica más que ser descendientes directos de Abraham, Isaac y Jacob. Quienes reclaman su condición de miembros del convenio deben estar dispuestos a venir a Jesucristo, quien es el Mediador del convenio. Nefi testificó que “cuantos de los gentiles se arrepientan son el pueblo del convenio del Señor; y cuantos de los judíos no se arrepientan serán talados; porque el Señor no hace convenio con nadie sino con aquellos que se arrepienten y creen en su Hijo, que es el Santo de Israel” (2 Nefi 30:2).

Cuando Israel —como personas o como nación— ha escogido rechazar al verdadero Mesías y Su Evangelio, ha sido dispersado, lo que significa que ha perdido las bendiciones del convenio y, en algunos casos, el conocimiento de su identidad como pueblo del convenio. Al hablar del antiguo Israel, Jacob escribió: “Y después que hayan endurecido sus corazones y entiesado sus cervices contra el Santo de Israel, he aquí, los juicios del Santo de Israel vendrán sobre ellos. Y viene el día en que serán heridos y afligidos. Por tanto, después que sean echados de un lado para otro, pues así dice el ángel, muchos serán afligidos en la carne, y no se les permitirá perecer a causa de las oraciones de los fieles; serán dispersados, y heridos, y aborrecidos” (2 Nefi 6:10–11; véase también 10:3–6).

José Smith dijo: “Uno de los puntos más importantes de la fe de la Iglesia de los Santos de los Últimos Días, mediante la plenitud del Evangelio sempiterno, es el recogimiento de Israel” (Enseñanzas, pág. 92). El recogimiento de Israel es un proceso de dos partes: primero espiritual y después temporal. No se trata principalmente de trasladar a un grupo de personas de un terreno a otro; el recogimiento es hacia una Persona, hacia Jesucristo, hacia Su Iglesia y Su reino, y luego hacia las tierras de su herencia o hacia las congregaciones de los fieles (véase 2 Nefi 9:1–2). Nefi explicó que en los últimos días los del pueblo del convenio “sabrán que son de la casa de Israel, y que son el pueblo del convenio del Señor; y entonces sabrán y llegarán al conocimiento de sus antepasados, y también al conocimiento del evangelio de su Redentor […] y los puntos mismos de su doctrina, para que sepan cómo venir a él y ser salvos” (1 Nefi 15:14). Jacob observó que el Señor sería misericordioso con Su pueblo escogido, de manera que, “cuando lleguen al conocimiento de su Redentor, serán reunidos de nuevo en las tierras de su herencia” (2 Nefi 6:11). También reafirmó el orden del recogimiento en un sermón posterior: “Mas he aquí, así dice Dios el Señor: Cuando llegue el día en que crean en mí, que yo soy Cristo, entonces he hecho convenio con sus padres de que serán restaurados en la carne, sobre la tierra, a las tierras de su herencia” (2 Nefi 10:7).

En suma, las personas son recogidas, ante todo, al recibir el mensaje del Evangelio, ser bautizadas en la Iglesia del Señor y congregarse con los santos. “Quienes yo quiera”, declaró el Señor en enero de 1831, “irán entre todas las naciones, y se les dirá lo que han de hacer; porque tengo reservada una gran obra, pues Israel será salvo, y lo conduciré a donde yo quiera, y ningún poder detendrá mi mano” (Doctrina y Convenios 38:33). El presidente Spencer W. Kimball explicó: “Ahora bien, el recogimiento de Israel consiste en unirse a la Iglesia verdadera y llegar al conocimiento del Dios verdadero. […] Por tanto, toda persona que haya aceptado el Evangelio restaurado y que ahora procure adorar al Señor en su propia lengua y con los santos de la nación donde vive ha cumplido con la ley del recogimiento de Israel y es heredera de todas las bendiciones prometidas a los santos en estos últimos días” (Las enseñanzas de Spencer W. Kimball, pág. 439). El recogimiento en la dispensación del cumplimiento de los tiempos comienza con la obra misional. Así, una revelación moderna contiene la siguiente invitación: “Los días de tu liberación han llegado, si escuchas mi voz que te dice: Levántate y bautízate, y lava tus pecados, invocando mi nombre, y recibirás mi Espíritu y una bendición tan grande como jamás has conocido. Y si haces esto, te he preparado para una obra mayor. Predicarás la plenitud de mi evangelio que he enviado en estos últimos días, el convenio que he enviado para recobrar a mi pueblo que es de la casa de Israel” (Doctrina y Convenios 39:10–11).

Sin embargo, el bautismo y la recepción del Espíritu Santo son solo los pasos iniciales del recogimiento. El pueblo del convenio no está plenamente recogido hasta que disfruta de las bendiciones del santo templo, hasta que es recogido al “monte de la casa del Señor. […] Y vendrán muchos pueblos y dirán: Venid, y subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará sus caminos, y andaremos por sus veredas” (2 Nefi 12:2–3). “¿Cuál era el objeto de congregar a los judíos, o al pueblo de Dios en cualquier época del mundo?”, preguntó retóricamente el Profeta. Su respuesta: “El objeto principal era edificar al Señor una casa en la cual pudiera revelar a Su pueblo las ordenanzas de Su casa y las glorias de Su reino, y enseñar al pueblo el camino de la salvación; porque hay ciertas ordenanzas y principios que, cuando se enseñan y se practican, deben llevarse a cabo en un lugar o casa edificados para ese propósito” (Enseñanzas, págs. 307–308).

Las promesas hechas a los padres

“Yo también te digo”, declaró el Salvador en Cesarea de Filipo, “que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos, y todo lo que ates en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desates en la tierra será desatado en los cielos” (véase Mateo 16:13–19). En el transcurso de una semana se cumplió la promesa del Señor: Jesús llevó consigo a Pedro, Santiago y Juan —los Apóstoles principales y la Primera Presidencia de la Iglesia del meridiano de los tiempos— a un monte alto para orar. Allí, los cuatro fueron transfigurados —elevados espiritualmente a un plano superior— y preparados de ese modo para una experiencia trascendente. (Véase Mateo 17:1–9).

Moisés y Elías el Profeta se aparecieron y confirieron sus llaves a esta Presidencia del meridiano de los tiempos (véase Enseñanzas, pág. 158). Estos poderes de dirección permitirían a los Apóstoles gobernar y dirigir la Iglesia en ausencia de Jesucristo y poner al alcance de los miembros de la Iglesia todas las bendiciones del Evangelio sempiterno. Pedro, Santiago y Juan habían recibido anteriormente el Sacerdocio de Melquisedec y se les habían dado el poder y la comisión apostólicos al ser nombrados miembros de los Doce. Como resultado de esta experiencia en el Monte de la Transfiguración, se les concedió el derecho de atar y sellar en la tierra, con plena confianza en que sus actos recibirían validez selladora en los cielos.

Lo que tuvo lugar en la iglesia cristiana del primer siglo tiene sus paralelos en la Iglesia de los últimos días. En el capítulo 16 analizamos la venida de Moisés, Elías y Elías el Profeta como parte de la restauración de las llaves del sacerdocio. Repasemos ahora su venida desde el punto de vista del convenio sempiterno. El invierno y la primavera de 1836 resultaron ser una época tanto de Pentecostés moderno como de transfiguración moderna. El domingo 3 de abril de 1836, una semana después del glorioso servicio dedicatorio del Templo de Kirtland, los santos se reunieron de nuevo en la Casa del Señor. Durante la mañana se invitó a hablar a Thomas B. Marsh, entonces Presidente de los Doce, y a David W. Patten. Por la tarde, la Primera Presidencia y los Apóstoles participaron en un servicio de la Santa Cena, después del cual José Smith y Oliver Cowdery se arrodillaron en oración detrás de unas cortinas cerradas, junto a los grandes púlpitos del lado oeste de la planta principal del templo. En ese momento se desplegó ante ellos una visión maravillosa, una de las teofanías más significativas de todas las épocas.

José y Oliver fueron transformados y preparados para penetrar el velo y recibir dirección y autoridad divinas. Apropiadamente, Jesucristo se apareció primero. En aquel día sagrado, Jehová vino de nuevo a Su templo: el primer templo autorizado y aceptado por Él desde la larga noche de tinieblas de la apostasía. La aparición de nuestro Señor no fue sino el comienzo del cumplimiento de la promesa que había dado tres años antes: “Y si mi pueblo me edifica una casa en el nombre del Señor, y no permite que entre en ella ninguna cosa inmunda para que no sea profanada, mi gloria descansará sobre ella. Sí, y mi presencia estará allí, porque vendré a ella, y todos los de corazón puro que a ella vengan verán a Dios” (Doctrina y Convenios 97:15–16). El Salvador aceptó la ofrenda de Sus santos —este templo edificado con gran sacrificio— y luego amplió su visión en cuanto a la importancia de lo que habían logrado: “Sí, los corazones de millares y decenas de millares se regocijarán grandemente como consecuencia de las bendiciones que han de ser derramadas, y la investidura con que mis siervos han sido investidos en esta casa” (Doctrina y Convenios 110:9).

“Después de cerrarse esta visión [del Cristo], los cielos nuevamente nos fueron abiertos, y se apareció Moisés ante nosotros y nos entregó las llaves del recogimiento de Israel de las cuatro partes de la tierra, y de la conducción de las diez tribus desde el país del norte” (Doctrina y Convenios 110:11). Las llaves restauradas por el antiguo legislador formalizaron la obra del recogimiento que había comenzado anteriormente. Facultaron a los santos para cumplir la instrucción dada en septiembre de 1830: “Y sois llamados para efectuar el recogimiento de mis escogidos; porque estos escuchan mi voz y no endurecen su corazón” (Doctrina y Convenios 29:7). Al Presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días —el hombre nombrado “para presidir a toda la iglesia y ser semejante a Moisés” (Doctrina y Convenios 107:91)— se le dieron las llaves para recoger al Israel de los últimos días. Así como Moisés condujo al antiguo Israel fuera del cautiverio egipcio, al Presidente de la Iglesia se le dieron las llaves para conducir al Israel de los últimos días fuera del cautiverio y de las aflicciones del Egipto moderno hacia Sion.

“Después de esto, se apareció Elías y entregó la dispensación del evangelio de Abraham, diciendo que en nosotros y en nuestra descendencia serían bendecidas todas las generaciones después de nosotros” (Doctrina y Convenios 110:12). No se conoce con claridad la identidad de Elías: si es Noé, Melquisedec, Abraham mismo o un profeta llamado Elías de los días de Abraham. En cualquier caso, este mensajero celestial restauró las llaves necesarias para establecer el antiguo orden patriarcal, haciendo de José Smith y de los santos fieles que reciben el matrimonio celestial herederos de las bendiciones y promesas hechas a los padres: Abraham, Isaac y Jacob. Elías restauró así el poder por el cual se organizan familias eternas mediante el nuevo y sempiterno convenio del matrimonio. “Como motivo culminante de asombro”, ha explicado el élder Bruce R. McConkie, “ese Dios que no hace acepción de personas ha dado una promesa semejante [a la de Abraham y José Smith] a todo [miembro] del reino que haya ido al santo templo y haya entrado en el bendito orden del matrimonio que allí se efectúa. Toda persona casada en el templo por el tiempo y por toda la eternidad tiene selladas sobre sí, a condición de su fidelidad, todas las bendiciones de los antiguos patriarcas, incluida la promesa y certeza culminantes de un aumento eterno, lo que significa, literalmente, una posteridad tan numerosa como las partículas de polvo de la tierra” (El Mesías milenario, pág. 264).

“Concluida esta visión, se nos desplegó otra visión grande y gloriosa; porque Elías el profeta, que fue llevado al cielo sin gustar la muerte, se apareció ante nosotros, y dijo: He aquí, ha llegado el tiempo señalado, del cual se habló por boca de Malaquías, testificando que él [Elías el Profeta] sería enviado antes que viniera el día grande y terrible del Señor, para hacer volver el corazón de los padres a los hijos, y el de los hijos a los padres, para que no fuera herida toda la tierra con una maldición” (Doctrina y Convenios 110:13–15). Precisamente el día en que tuvo lugar la aparición de Elías el Profeta, los judíos de todo el mundo estaban celebrando la Pascua. Desde la época de Malaquías —desde aproximadamente el año 400 a. C. hasta ahora—, los judíos de todo el mundo han esperado con anhelo la venida de Elías el Profeta. Elías el Profeta sí vino, pero no a los hogares judíos; vino más bien a una sinagoga de los santos y a Sus administradores legítimos sobre la tierra. Allí confirió llaves de valor incalculable.

En su primera aparición a José Smith en 1823, Moroni citó numerosos pasajes del Antiguo y del Nuevo Testamento. El Profeta indicó que Moroni citó Malaquías 4:5–6, pero lo expresó de una manera diferente a la versión del rey Santiago. Malaquías, aprendemos del Profeta, “tenía su vista fija en la restauración del sacerdocio” (Doctrina y Convenios 128:17). La profecía comenzaba: “He aquí, yo os revelaré el sacerdocio por medio de Elías el profeta, antes de la venida del grande y terrible día del Señor” (José Smith—Historia 1:38; Doctrina y Convenios 2:1). José y Oliver habían sido ordenados al Sacerdocio de Melquisedec y habían recibido el poder y la comisión apostólicos ya en 1829. ¿Cómo, entonces, revelaría Elías el Profeta el sacerdocio? Sencillamente, Elías el Profeta fue enviado en 1836 para revelar llaves del sacerdocio y poderes selladores que aún no se habían comprendido plenamente o que no estaban plenamente en funcionamiento en esta dispensación. Elías el Profeta restauró las llaves mediante las cuales las familias, organizadas en el orden patriarcal por los poderes entregados por Elías, podían ser unidas y selladas por la eternidad.

Elías el Profeta vino a “plantar en el corazón de los hijos las promesas hechas a los padres”, por lo que “el corazón de los hijos se volverá a sus padres” (José Smith—Historia 1:39; Doctrina y Convenios 2:2). El Espíritu del Señor testifica a los Santos de los Últimos Días fieles de la función central del matrimonio eterno y de los gozos sublimes relacionados con la continuación sempiterna de la familia. Mediante los templos, las promesas de Dios a los padres —las promesas referentes al Evangelio, al sacerdocio y al aumento eterno (véase Abraham 2:8–11)— se extienden a todos los santos fieles de todas las épocas. El corazón de los hijos se vuelve a los antiguos padres porque los hijos son ahora participantes y receptores de las bendiciones de los padres. Profundamente agradecidos por tales privilegios, los miembros de la Iglesia motivados por el espíritu de Elías también sienten que su corazón se vuelve hacia sus antepasados más cercanos, y hacen todo lo que está a su alcance, mediante la investigación de historia familiar y la correspondiente obra del templo, para asegurar que las bendiciones de Abraham, Isaac y Jacob sean disfrutadas tanto por sus antepasados como por su posteridad. “De no ser así [es decir, si Elías el Profeta no hubiera venido], toda la tierra sería totalmente asolada a [la] venida [de Cristo]” (José Smith—Historia 1:39; Doctrina y Convenios 2:3). ¿Por qué? Porque la tierra no habría cumplido su propósito preordenado de establecer sobre su faz un sistema familiar conforme al orden del cielo. Si no hubiera poderes selladores mediante los cuales las familias pudieran quedar unidas, entonces la tierra nunca “cumpl[iría] el objeto de su creación” (Doctrina y Convenios 49:16). Sería asolada y maldecida, pues todos los hombres y las mujeres quedarían para siempre sin raíz ni rama, sin antepasados ni posteridad. Sin embargo, debido a que Elías el Profeta vino, todas las demás ordenanzas para los vivos y los muertos —como los bautismos, las confirmaciones, las ordenaciones y los sellamientos— tienen verdadero significado y poseen eficacia, virtud y fuerza en la eternidad (véanse Enseñanzas, pág. 172; Joseph Fielding Smith, Doctrina de Salvación, 2:115–128).

En resumen, Moisés restauró las llaves para recoger a Israel, para traer a las personas a la Iglesia y al reino mediante la obra misional. Elías restauró las llaves para organizar a esos conversos en familias eternas mediante el convenio y la ordenanza del matrimonio eterno. Y Elías el Profeta restauró las llaves relacionadas con la plenitud del sacerdocio, los poderes necesarios para unir y sellar a esas familias para vida eterna. Las ordenanzas relacionadas con el ministerio y la entrega de llaves por parte de Moisés, Elías y Elías el Profeta —que culminan en los templos del Señor— son las bendiciones culminantes del Evangelio y la consumación de la obra del Padre: dan propósito y perspectiva a todos los demás principios y ordenanzas del Evangelio.

Un Abraham moderno

Al hablar del ángel Moroni, el profeta José Smith declaró: “Este mensajero se presentó como un ángel de Dios, enviado para traer las gozosas nuevas de que estaba próximo a cumplirse el convenio que Dios había hecho con el antiguo Israel; que la obra preparatoria para la segunda venida del Mesías estaba a punto de comenzar; que se acercaba el tiempo en que el Evangelio, en toda su plenitud, sería predicado con poder a todas las naciones, a fin de preparar a un pueblo para el reinado milenario. Se me informó que había sido escogido para ser un instrumento en las manos de Dios para llevar a cabo algunos de Sus propósitos en esta gloriosa dispensación” (Historia de la Iglesia, 4:536–537). José de la antigüedad profetizó que Dios levantaría a su homónimo de los últimos días para llevar al pueblo de los últimos días al conocimiento de los convenios que Dios había hecho con los antiguos padres (véase 2 Nefi 3:7; compárese con 1 Nefi 13:26). El nombre José es un nombre bendecido y significativo. Ya sea que el nombre de José Smith se relacione con la palabra hebrea Yasaf, que significa “añadir”, o con la palabra Asaph, que significa “recoger”, se percibe que el vidente de los últimos días estaba destinado a realizar una labor monumental en cuanto al cumplimiento del convenio abrahámico en la última dispensación.

José Smith era descendiente de Abraham, un “efraimita puro” (en Diario de discursos, 2:269). Por linaje tenía derecho al sacerdocio, al Evangelio y a la vida eterna (véase Abraham 2:8–11). En una revelación dada el 6 de diciembre de 1832, el Salvador dijo: “Así dice el Señor a vosotros, con quienes el sacerdocio ha continuado por el linaje de vuestros padres: Porque sois herederos legales, según la carne, y habéis estado escondidos del mundo con Cristo en Dios, por tanto, vuestra vida y el sacerdocio han permanecido, y deben permanecer por medio de vosotros y vuestro linaje hasta la restauración de todas las cosas que se han declarado por boca de todos los santos profetas desde el principio del mundo” (Doctrina y Convenios 86:8–10).

En una ocasión, el presidente Brigham Young declaró:

Habéis oído a José decir que el pueblo no lo conocía; él tenía en mente […] los vínculos de sangre. Algunos han supuesto que se refería al espíritu, pero era al parentesco de sangre. A eso se refería. Su descendencia de José, que fue vendido a Egipto, era directa, y su sangre era pura. Por eso lo escogió el Señor, y nosotros somos puros cuando esta estirpe de Efraín desciende pura. Los decretos del Todopoderoso serán exaltados: aquella sangre que había en él era pura, y él tenía el derecho exclusivo y el poder legítimo, pues era el heredero legítimo de la sangre que ha estado sobre la tierra y ha descendido por un linaje puro. La unión de diversos antepasados mantuvo pura esa sangre. Hay mucho que el pueblo no comprende, y muchos de los Santos de los Últimos Días tienen que aprender todo acerca de ello (“Reunión familiar”, pág. 107).

Lo que es cierto con respecto al linaje del Profeta —su derecho al sacerdocio y al Evangelio, y su deber en cuanto a la salvación del mundo— es igualmente cierto para otros Santos de los Últimos Días. El Señor habló de Sus santos como “un resto de Jacob y […] los que son herederos según el convenio” (Doctrina y Convenios 52:2). “Despierta, despierta, vístete de tu poder, oh Sion”, registró Isaías; “vístete tus ropas hermosas, oh Jerusalén, ciudad santa” (Isaías 52:1). Una revelación moderna proporciona nuestro comentario más esclarecedor sobre este pasaje, explicando que Jehová “se refería a aquellos a quienes Dios llamaría en los últimos días, los cuales tendrían el poder del sacerdocio para hacer volver a Sion y efectuar la redención de Israel; y vestirse de su poder significa vestirse de la autoridad del sacerdocio, al que ella, Sion, tiene derecho por linaje; también volver a aquel poder que había perdido” (Doctrina y Convenios 113:8). El Señor también exhortó a Israel, por medio de Isaías, a sacudirse el polvo y soltarse las ataduras del cuello (véase Isaías 52:2). Es decir, “se exhorta a los restos dispersos a que vuelvan al Señor, de donde han caído; y si lo hacen, la promesa del Señor es que él les hablará, o les dará revelación”. Al hacerlo, Israel se libra de “las maldiciones de Dios sobre ella”, o, en otras palabras, de su “estado disperso entre los gentiles” (Doctrina y Convenios 113:10).

José Smith llegó a ser un padre de los fieles para los de esta dispensación, el medio por el cual el linaje escogido podía ser identificado, recogido, organizado en unidades familiares y sellado para siempre en la casa de Israel y a su Dios. El patriarca de los primeros días de la Iglesia, Joseph Smith, padre, bendijo a su hijo de la siguiente manera: “Una obra maravillosa y un prodigio ha realizado el Señor por tu mano, sí, aquello que preparará el camino para que los restos de Su pueblo entren entre los gentiles, con su plenitud, al ser restauradas las tribus de Israel. Te bendigo con las bendiciones de tus padres Abraham, Isaac y Jacob; y aun con las bendiciones de tu padre José, el hijo de Jacob. He aquí, él veló por su posteridad en los últimos días, cuando serían dispersados y expulsados por los gentiles” (citado en Joseph F. McConkie, Su nombre será José, pág. 103).

Por medio de la obra que José Smith puso en marcha, las bendiciones de Abraham, Isaac y Jacob están al alcance de todos los que se unan a la Iglesia y demuestren ser dignos de las bendiciones del templo. La exhortación de Jehová por medio de Isaías de que el pueblo del convenio llegue a ser una luz para las naciones, para que sea Su “salvación hasta lo postrero de la tierra” (Isaías 49:6), se cumple mediante la restauración del Evangelio. Como declaró el Profeta: “La elección de la descendencia prometida aún continúa, y en el último día se les restaurará el sacerdocio, y serán los ‘salvadores en el monte Sion’” (Enseñanzas, pág. 189). Puesto que José Smith era el cabeza de esta dispensación y su Abraham moderno, Brigham Young pudo decir apropiadamente de su predecesor: “José es un padre para Efraín y para todo Israel en estos últimos días” (Historia del Diario, 9 de abril de 1837).

“Como dije a Abraham concerniente a las familias de la tierra, así también digo a mi siervo José: En ti y en tu descendencia serán bendecidas las familias de la tierra” (Doctrina y Convenios 124:58). Además: “Abraham recibió promesas en cuanto a su descendencia y al fruto de sus lomos —de cuyos lomos eres tú, mi siervo José—, promesas que habrían de continuar mientras estuviesen en el mundo; y en cuanto a Abraham y su descendencia, habrían de continuar fuera del mundo; tanto en el mundo como fuera de él, continuarían tan innumerables como las estrellas; o si contarais las arenas en las playas del mar, no podríais enumerarlas. Esta promesa es tuya también, porque eres de Abraham” (Doctrina y Convenios 132:30–31).

Conclusión

José Smith declaró: “Es un principio que considero de la mayor importancia para quienes buscan la salvación en esta generación, o en estos que pueden llamarse ‘los últimos tiempos’. Todo lo que los profetas que han escrito, desde los días del justo Abel hasta el último hombre que haya dejado algún testimonio registrado para nuestra consideración, han dicho acerca de la salvación de Israel en los últimos días, demuestra directamente que esta consiste en la obra del recogimiento” (Enseñanzas, pág. 83). En verdad, el Evangelio ha sido restaurado para buscar, recoger y sellar para vida eterna a quienes fueron un tesoro especial en su primer estado y que, por su fidelidad, se hacen merecedores del título de pueblo escogido en esta vida. A Sidney Rigdon, el Salvador exhortó: “Guarda todos los mandamientos y convenios que te ligan; y haré estremecer los cielos para tu beneficio, y Satanás temblará y Sion se regocijará sobre los collados y florecerá; e Israel será salvo en mi propio y debido tiempo; y será conducido por las llaves que he dado, y no será confundido nunca más” (Doctrina y Convenios 35:24–25). Así, la súplica del Israel de los últimos días asciende a Jehová: “Pon sobre tus siervos el testimonio del convenio” (Doctrina y Convenios 109:38).

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