Joseph Smith El Vidente Escogido

Capítulo 18

La restauración del convenio

Aquellos santos que me han precedido, que han poseído esta tierra, clamarán, sí, aun desde el polvo clamarán al Señor; y así como vive el Señor, él se acordará del convenio que ha hecho con ellos. —Mormón 8:23


Sin convenios no hay ni puede haber salvación. Tal como se menciona en las Escrituras y se encuentra en el plan del Evangelio, un convenio es un acuerdo formal entre Dios y Sus hijos en el que se enuncian claramente y se aceptan las condiciones de las bendiciones y de la salvación. Tales convenios se solemnizan mediante un rito establecido por Dios y administrado por alguien que posee autoridad para actuar en Su lugar. De ello se desprende naturalmente que el pueblo del Señor siempre ha sido un pueblo del convenio. También se desprende que tendrá a su cabeza a un profeta o portavoz del convenio, alguien ordenado para actuar como la voz terrenal de su Maestro celestial. Los convenios no pueden hacerse independientemente del sacerdocio ni del espíritu de revelación. Los convenios de los cuales surge la promesa de la exaltación deben efectuarse en un espacio sagrado, en tierra santa, en un lugar donde los hombres puedan estar, aun en la carne, en la presencia de Dios. Por tanto, un pueblo del convenio siempre será un pueblo que edifica templos.

La restauración del convenio

Los convenios requieren obediencia. Sugerir que la salvación puede hallarse únicamente en la gracia de Cristo, sin cumplir voluntariamente las ordenanzas de salvación ni vivir sus condiciones con exactitud y honor, es negar tanto la doctrina como el ejemplo de Cristo, quien vino como el “mensajero del convenio” (Malaquías 3:1). De igual manera, suponer que la salvación puede obtenerse mediante la observancia de los ritos sin la gracia es igualmente falso. La perfección de Cristo abarcaba tanto la enseñanza como el ejemplo. Habiendo establecido el bautismo como una ordenanza de salvación, Él mismo la cumplió. ¿Por qué? Porque no podía ser salvo sin hacerlo. Las Escrituras nos dicen que Cristo fue bautizado para “cumplir toda justicia” (Mateo 3:15). Nefi, al enseñar acerca de la función de Cristo como mensajero del convenio, pregunta retóricamente cómo cumplió el Salvador toda justicia al ser bautizado. Su respuesta: el Hijo de Dios “se humilla ante el Padre, y testifica al Padre que le sería obediente al observar sus mandamientos”. Además, “muestra a los hijos de los hombres la estrechez de la senda, y lo angosto de la puerta por la que deben entrar, habiéndoles él dado el ejemplo” (2 Nefi 31:7, 9).

Al ser bautizado, Cristo demostró Su humildad ante el Padre, hizo convenio de guardar los mandamientos del Padre, entró por la puerta para que Él mismo pudiera ser salvo y dio un ejemplo que toda la humanidad debía seguir. Por el espíritu de revelación, José Smith pudo ampliar aún más nuestro entendimiento de la función de Cristo como ejemplo cuando explicó que fue al hacer y guardar convenios como Cristo señaló la senda que debemos seguir (véase Enseñanzas, pág. 308). ¿Quiénes son, entonces, los hijos del convenio? El testimonio de los profetas, tanto antiguos como modernos, es que los hijos del convenio son quienes hacen y guardan los convenios de salvación. “Cuantos de los gentiles se arrepientan son el pueblo del convenio del Señor”, explicó Nefi, “y cuantos de los judíos no se arrepientan serán talados; porque el Señor no hace convenio con nadie sino con aquellos que se arrepienten y creen en su Hijo, que es el Santo de Israel” (2 Nefi 30:2).

En el capítulo acerca de la restauración de las llaves del reino, establecimos un fundamento para comprender la restauración del convenio y el cumplimiento de las promesas hechas antiguamente a los padres. En verdad, debe observarse que hay una perfección en la secuencia de los acontecimientos que constituye un testimonio imponente del llamamiento divino del profeta José Smith. Si el relato hubiera sido una invención de José, no esperaríamos que hubiera restaurado una iglesia del Antiguo Testamento. Además, no habríamos esperado que afirmara haber recibido llaves e instrucción de tantos de los nobles y grandes que conocemos por la Biblia. ¿No habría declarado sencillamente que el Salvador le había conferido todas las llaves del reino y dado por terminado el asunto? En lugar de ello, tejió un tapiz de intrincados detalles en el que participó una legión de ministros celestiales, cada uno restaurando sus llaves, poderes y autoridades particulares. Nos queda, pues, la pregunta: ¿Por qué hay tantos ángeles ministrantes cuando bastaría una sola bendición del Salvador?

En primer lugar, debe observarse que no era únicamente la iglesia del Nuevo Testamento la que se estaba restaurando. Era la iglesia de Adán, Enoc, Noé, Abraham, Moisés y Elías el Profeta. Toda la autoridad y todas las llaves provenían del Antiguo Testamento. ¿Y qué hay de Juan el Bautista?, preguntarán algunos. Entonces se recordará de inmediato que trajo el sacerdocio de Aarón. ¿Y qué hay de Pedro, Santiago y Juan?, preguntarán otros. Y nuevamente la respuesta nos sitúa en el Antiguo Testamento, pues restauraron el sacerdocio de Melquisedec. Debe recordarse, además, que el hilo que une al Antiguo Testamento es la promesa del Padre al pueblo del convenio. Gran parte de él está escrito en forma de libros de consuelo que anuncian un día futuro en el que Israel volverá a disfrutar de la gloria de los días de David.

Es significativo que el Libro de Mormón represente la continuación de este mismo tema. En su prefacio, Moroni declara un propósito doble para el libro: primero, mostrar a los restos de la casa de Israel la manera en que Dios había bendecido a sus padres y asegurarles que volverían a “cono[cer] los convenios del Señor”; y, segundo, convencer al judío y al gentil de que Jesús es el Cristo. Es significativo que las correcciones al texto de la traducción de la Biblia de José Smith respalden constantemente este tema, al igual que el libro de Abraham. La manera en que las llaves fueron restauradas a José Smith constituye una continuación de este tema. Si el relato hubiera sido una invención de José Smith, esperaríamos que sencillamente anunciara que había recibido todas las llaves y la autoridad necesarias del Salvador mismo. ¿Quién podría refutar tal afirmación? Sin embargo, ese no es el relato. El testimonio de José Smith es que quienes poseían autoridad vinieron, cada uno a su turno, y restauraron sus llaves.

El efecto de esto es unirnos de una manera muy personal con cada uno de los que estuvieron a la cabeza de una dispensación o poseyeron llaves particulares. ¿Quién no recuerda con especial cariño a quienes le han conferido autoridad o un oficio? Así llegamos a conocer de cerca a quienes nos precedieron. No podría encontrarse una manera más perfecta de establecer la dispensación del cumplimiento de los tiempos. Los profetas de dispensaciones anteriores enseñan e instruyen a nuestros profetas modernos. Impusieron las manos sobre la cabeza del hermano José y le entregaron personalmente las llaves y los poderes que les pertenecían. Además, esto nunca sucedió cuando José Smith estaba solo. Siempre había otra persona a su lado, para que toda conferición de autoridad pudiera ser confirmada por boca de dos testigos.

Ninguna otra dispensación ha disfrutado de semejante unión con las de épocas pasadas. Esta unión representa, explica el Profeta, “un eslabón conexivo” por el cual los de la familia de la fe quedan unidos a lo largo de todas sus generaciones. “Sin ellos nosotros no podemos perfeccionarnos”, dijo, “ni ellos pueden perfeccionarse sin nosotros. Ni tampoco podemos nosotros ni ellos ser perfeccionados sin los que han muerto en el evangelio también; porque al iniciarse la dispensación del cumplimiento de los tiempos, la cual ya está comenzando, es menester que una unión entera, completa y perfecta, así como un encadenamiento de dispensaciones, llaves, poderes y glorias se realicen y sean revelados desde los días de Adán hasta el tiempo presente” (Doctrina y Convenios 128:18).

Estos acontecimientos y la restauración de la autoridad relacionada con ellos nos convierten en testigos especiales de la veracidad de los acontecimientos de los que se habla en la Biblia. Mientras quienes pertenecen a otras religiones pueden conjeturar que relatos como los de Adán y Noé son simplemente mitos creados por una mente primitiva para explicar lo desconocido, nosotros, como Santos de los Últimos Días, tenemos el deber de testificar de su realidad. Conocemos a estos hombres y los grandes acontecimientos de sus días. Nuestra fe es inmediata y personal. No tenemos derecho, como declaró acertadamente José Smith, a atribuirnos sus promesas. “No podéis fundar vuestras esperanzas de salvación en la obediencia de los hijos de Israel cuando viajaban por el desierto, ni podéis esperar que las bendiciones que los apóstoles pronunciaron sobre las iglesias de Cristo hace mil ochocientos años estuvieran destinadas a vosotros. Además, si las bendiciones de otros no son vuestras bendiciones, las maldiciones de otros tampoco son vuestras maldiciones” (Enseñanzas, pág. 12). Somos nuestros propios agentes.

No reclamamos bendiciones prestadas. Somos independientes. Nosotros, al igual que todos los hombres, seremos juzgados según nuestras propias obras. Sin embargo, lo singular de nuestra teología es que los antiguos nos han conferido todas las autoridades que poseían. Mediante la obediencia a las mismas leyes y ordenanzas y al concertar los mismos convenios, llegamos a ser herederos de las mismas bendiciones y promesas de las que ellos son herederos. Entre las principales de esas bendiciones se encuentran las promesas hechas a los padres acerca de la continuación de la unidad familiar y de la naturaleza eterna del convenio del matrimonio. Examinemos ahora más detenidamente esa promesa.

El convenio abrahámico

Apropiadamente, la restauración del Evangelio se centra en la restauración del convenio abrahámico y gira en torno a ella. La explicación más perfecta que tenemos de las promesas hechas a Abraham nos fue restaurada mediante la traducción que hizo el Profeta del papiro de Abraham. “Haré de ti una nación grande”, dijo el Señor a Abraham,

y te bendeciré sobremanera, y engrandeceré tu nombre entre todas las naciones, y serás una bendición para tu descendencia después de ti, para que en sus manos lleven este ministerio y sacerdocio a todas las naciones;

y las bendeciré mediante tu nombre; pues cuantos reciban este evangelio serán llamados por tu nombre; y serán contados entre tu descendencia, y se levantarán y te bendecirán como padre de ellos;

y bendeciré a los que te bendigan, y maldeciré a los que te maldigan; y en ti (es decir, en tu sacerdocio) y en tu descendencia (es decir, tu sacerdocio), pues te prometo que este derecho continuará en ti y en tu descendencia después de ti (es decir, la descendencia literal, o sea, la descendencia del cuerpo), serán bendecidas todas las familias de la tierra, sí, con las bendiciones del evangelio, que son las bendiciones de salvación, sí, de vida eterna (Abraham 2:9–11).

La mayor promesa que Dios puede dar a un hombre justo —uno cuya vocación y elección son firmes, como era el caso de Abraham— sería una promesa relacionada con su familia (véase Doctrina y Convenios 132:37, 49–50). Cuando se ponen en la balanza todas las posesiones terrenales y se les da su debido valor, ninguna riqueza, honra ni gloria se compara en importancia con el bienestar de los de nuestra propia familia. Así fue como el Señor recompensó al fiel y anciano patriarca con la promesa de que el suyo sería un linaje favorecido y escogido. Sus descendientes serían honrados con el derecho de poseer el sacerdocio y, por tanto, con la responsabilidad de ser mensajeros de salvación a todas las naciones. Por esta razón se espera que todos los misioneros hayan recibido una bendición patriarcal. Tienen derecho a saber, por el espíritu de revelación, que su llamamiento está en armonía con la promesa hecha a su antiguo padre. Tan inclusiva fue la promesa dada a Abraham que quienes no fueran naturalmente de su descendencia y entraran en el convenio de salvación serían adoptados en su linaje; ellos también podrían llamarlo padre y disfrutar de las bendiciones legadas a los justos de entre sus herederos naturales.

Esta promesa había sido confirmada a José Smith por revelación ya en 1831. En la revelación sobre el matrimonio eterno —que, por cierto, no se registró sino hasta 1843— aprendemos que “Abraham recibió promesas en cuanto a su descendencia y al fruto de sus lomos —de cuyos lomos eres tú, mi siervo José—, promesas que habrían de continuar mientras estuviesen en el mundo; y en cuanto a Abraham y su descendencia, habrían de continuar fuera del mundo; tanto en el mundo como fuera de él, continuarían tan innumerables como las estrellas; o si contarais las arenas en las playas del mar, no podríais enumerarlas” (Doctrina y Convenios 132:30). Como se declara en la revelación, la promesa dada a la descendencia de Abraham tiene un poder tan perdurable que la muerte no la disuelve. Los descendientes de Abraham que mueren sin tener la oportunidad de reclamar el sacerdocio y sus bendiciones aún conservan el derecho a su primogenitura en el mundo venidero. En el mundo de los espíritus, otros de la descendencia de Abraham les enseñarán el mensaje del Evangelio y, al abrazarlo, recibirán todas las bendiciones de Abraham mediante las ordenanzas del templo efectuadas por quienes actúen como sus representantes.

Conclusión

El Evangelio es el convenio sempiterno. Se llama así porque proviene de Aquel que es sempiterno y porque la promesa de salvación que contiene surge de nuestra relación de convenio con Dios. Los de nuestra dispensación lo conocen como el nuevo y sempiterno convenio porque sus principios y poderes nos han sido revelados de nuevo. Las condiciones de todos los convenios del Evangelio “se instituyeron desde antes de la fundación del mundo” y, para tener “eficacia, virtud o fuerza […] en la resurrección de los muertos, ni después”, deben llevar el sello ratificador del Santo Espíritu de la Promesa. Es decir, cualquier convenio, juramento, voto, unión, asociación o aspiración que haya de trascender esta esfera mortal debe hacerlo con la sanción y aprobación del tercer miembro de la Trinidad. El Espíritu Santo debe atestiguar que las ordenanzas correspondientes han sido efectuadas por la debida autoridad y que quienes participan en estas ordenanzas han cumplido las condiciones de su convenio. Este principio asegura que a quienes sean impuros o indignos no se les permitirá entrar en el reino de los cielos. Además, asegura que es en los convenios de salvación y por medio de ellos como obtenemos ese reino. (Véase Doctrina y Convenios 132:4–7).

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