Capítulo 8
Incontables mundos
Si fuera posible que el hombre pudiese contar las partículas de la tierra, sí, de millones de tierras como esta, no sería ni el principio del número de tus creaciones. —Moisés 7:30
En el proceso de aprender las cosas de Dios relacionadas con la vida en este planeta, el vidente escogido que se comunicaba con Jehová llegó a conocer verdades sagradas acerca de la vida en todo el cosmos. Llegó a saber que la influencia de nuestro Dios es universal y que Su alcance y ámbito son verdaderamente infinitos. “Soy el Señor Dios Omnipotente”, dijo Dios a Moisés, “y Sin Fin es mi nombre; porque soy sin principio de días ni fin de años; […] porque mis obras son sin fin, y mis palabras también, porque jamás cesan”. Además: “Y he creado incontables mundos, y también los he creado para mi propio fin; y por medio del Hijo, que es mi Unigénito, los he creado” (Moisés 1:3–4, 33).
El concepto de eternidad
José Smith aprendió y enseñó a su pueblo que la doctrina predominante de la época, según la cual la creación había tenido lugar ex nihilo, de la nada, era falsa. “Todo lo que es creado”, explicó, “no puede ser eterno; y la tierra, el agua, etc., existían en un estado elemental desde la eternidad” (Enseñanzas, pág. 158). Además, dijo: “Lo que tiene principio ciertamente tendrá fin” (ibíd., pág. 181). Por tanto, los dioses tomaron materia caótica y formaron u organizaron el mundo. El Profeta explicó también: “El elemento existía desde que [Dios] existía. Los principios puros del elemento son principios que jamás pueden ser destruidos; pueden ser organizados y reorganizados, pero no destruidos. No tuvieron principio y no pueden tener fin” (ibíd., págs. 351–352). José Smith también aclaró que “sustancia insustancial” o “materia inmaterial” son contradicciones en sus propios términos. “No hay tal cosa como materia inmaterial”, enseñó cerca de Nauvoo. “Todo espíritu es materia, pero es más refinado o puro, y solo los ojos más puros lo pueden discernir; no lo podemos ver; pero cuando nuestros cuerpos sean purificados, veremos que todo es materia” (Doctrina y Convenios 131:7–8). En una ocasión anterior, el Profeta declaró que “el espíritu es una sustancia; que es material, pero que es materia más pura, elástica y refinada que el cuerpo; que existió antes del cuerpo, puede existir en el cuerpo y existirá separado del cuerpo cuando este se esté desintegrando en el polvo; y que en la resurrección volverá a unirse a él” (Enseñanzas, pág. 207).
El Profeta expuso la importante verdad de que, aunque nuestro Padre y Dios fue una vez un hombre y habitó en una tierra como nosotros, posee toda verdad, todo conocimiento y todo poder, y es la personificación de cada atributo divino en su perfección. No es un dios aprendiz ni está experimentando en el laboratorio del universo; más bien, es Dios Todopoderoso, el Padre del cielo y de la tierra, el Autor de la ley y el principio y el fin de todas las cosas en lo que a nosotros respecta. “Dios es el único gobernante supremo y ser independiente en quien moran toda plenitud y perfección”, enseñó José en la Escuela de los Profetas. “[Él] es omnipotente, omnipresente y omnisciente; sin principio de días ni fin de vida; y en Él moran todo buen don y todo buen principio; y es el Padre de las luces; en Él mora de manera independiente el principio de la fe, y Él es el objeto en quien se centra la fe de todos los demás seres racionales y responsables para vida y salvación” (Discursos sobre la fe, 2:2).
Se cuenta que el profeta José enseñó que nuestro Dios ha participado en la creación y redención de mundos durante unos dos mil quinientos cincuenta y cinco millones de años (véase “La respuesta”, Tiempos y Estaciones, 5:758), un período tan insondablemente largo que lo llamamos eternidad o infinitud. Jehová, nuestro Hermano Mayor en el espíritu, fue y es, bajo la dirección y el mandato del Padre, el Creador de incontables mundos (véanse Moisés 1:33; 7:30) y, como hemos visto anteriormente, el Redentor de esos mismos mundos. La labor salvadora de Jesús es verdaderamente “de eternidad en eternidad” (Doctrina y Convenios 132:20), lo que significa que Su influencia se conoce y se siente de una existencia preterrenal a la siguiente (véanse Joseph Fielding Smith, Doctrina de Salvación, 1:12; Bruce R. McConkie, El Mesías prometido, pág. 166). Jesucristo vivió, ministró, sufrió, murió y se levantó del sepulcro en esta tierra; “al pecado murió una vez por todas” (Romanos 6:10). Sin embargo, la parábola del señor que visita a sus siervos en el campo, que se encuentra en la revelación moderna (véase Doctrina y Convenios 88:51–61), expone el principio de que nuestro Señor visitará cada uno de los planetas sobre los cuales tiene una mayordomía salvadora, pues, en verdad, lo que Él crea, lo redime.
La ley y la luz
El poder por el cual esta tierra y todas las tierras se mantienen en sus órbitas, el poder por el cual una esfera se mueve en un ángulo preciso y a una distancia determinada de otros cuerpos: estas cosas se rigen por la ley. Sin embargo, lo que gobierna no es alguna ley abstracta, algún poder independiente ni alguna fuerza de la madre naturaleza, sino el poder de Dios Todopoderoso. El profeta José Smith dio a conocer a los Santos de los Últimos Días que la ley y la luz son manifestaciones de aquella influencia divina que conocemos como la luz de Cristo o el Espíritu de Jesucristo.
Nuestro Dios es un hombre exaltado y “tiene un cuerpo de carne y huesos, tangible como el del hombre” (Doctrina y Convenios 130:22). Ocupa un espacio y tiene forma, partes y pasiones. Como ser físico real, solo puede estar en un lugar a la vez. Por ello hablamos de la naturaleza corpórea de Dios, de las maneras en que es semejante al hombre. Pero hay aspectos de nuestro Dios que lo hacen muy diferente del hombre. Posee una naturaleza divina, una naturaleza que describe la luz, la gloria y el poder relacionados con Su estado exaltado e inmortal. Como ser celestial resucitado, nuestro Dios es un “fuego consumidor” (Isaías 33:14); mora en “llamas eternas” (Enseñanzas, págs. 347, 361, 367, 372). Esas expresiones representan nuestros limitados intentos, como mortales, de describir en la Deidad aquello que, en muchos aspectos, por ahora sobrepasa nuestra comprensión. El joven profeta vio a “dos Personajes, cuyo fulgor y gloria no admiten descripción” (José Smith—Historia 1:17). Orson Pratt explicó lo siguiente acerca de la Primera Visión: “Él [José] continuó orando, mientras la luz parecía descender gradualmente hacia él; y, a medida que se acercaba, aumentaba en brillo y magnitud, de modo que, cuando llegó a las copas de los árboles, todo el bosque, a cierta distancia a su alrededor, quedó iluminado de una manera sumamente gloriosa y brillante. Esperaba ver que las hojas y las ramas de los árboles se consumieran en cuanto la luz entrara en contacto con ellas; pero, al percibir que no producía ese efecto, cobró ánimo con la esperanza de poder soportar su presencia” (citado en Backman, La Primera Visión de José Smith, pág. 172).
El Señor ha dado a conocer por medio de José Smith que la luz o gloria que emana de Dios y llena la inmensidad del espacio es la luz de Cristo, nuevamente una manifestación de la naturaleza divina de Dios. Es la ley por la cual se gobiernan todas las cosas, la luz por la cual todas las cosas se mueven, actúan y existen. Es el medio por el cual nuestro Padre Celestial, que es un ser físico, es omnipresente y puede estar en todas las cosas, por todas las cosas y alrededor de todas las cosas (véase Doctrina y Convenios 63:59; 88:41). Por tanto, las revelaciones atestiguan: “Los elementos son el tabernáculo de Dios; sí, el hombre es el tabernáculo de Dios, a saber, templos” (Doctrina y Convenios 93:35). Es el poder de Dios, llamado en las Escrituras la luz de Cristo o el Espíritu de Jesucristo. En palabras de Parley P. Pratt: “Esta es la luz verdadera que, en cierta medida, ilumina a todos los hombres. En su existencia menos refinada, es la luz física que se refleja desde el sol, la luna y las estrellas [véase Doctrina y Convenios 88:6–13], y desde otras sustancias, y que, al reflejarse en el ojo, hace visibles las verdades del mundo exterior” (Clave de la ciencia de la teología, pág. 25).
La luz de Cristo, en su existencia superior o, para usar la expresión del élder Pratt, “más refinada”, también cumple una misión redentora; obra sobre el alma humana y conduce a los hombres y a las mujeres hacia una luz mayor. Este Espíritu “da luz a todo hombre que viene al mundo; y el Espíritu ilumina a todo hombre en el mundo que escucha la voz del Espíritu. Y todo aquel que escucha la voz del Espíritu, viene a Dios, sí, el Padre. Y el Padre le enseña concerniente al convenio que él ha renovado y confirmado sobre vosotros”, el convenio del Evangelio (Doctrina y Convenios 84:46–48). La luz de Cristo es aquella luz que un Dios que ama a todos ha puesto dentro de cada uno de nosotros como guía moral, un sextante espiritual para conducirnos de regreso a nuestro hogar celestial (véase Moroni 7:12–19). Nos prepara para recibir la luz mayor del Espíritu Santo, que viene solo después del bautismo en el Evangelio del convenio (véase Joseph F. Smith, Doctrina del Evangelio, págs. 67–68). En suma, esta luz “es también, en sus grados superiores, la luz intelectual de nuestros órganos internos y espirituales, por la cual razonamos, discernimos, juzgamos, comparamos, comprendemos y recordamos los asuntos que están a nuestro alcance”. El élder Pratt explicó además que su inspiración “constituye el instinto en la vida animal” y “la razón en el hombre” (Clave de la ciencia de la teología, pág. 25).
La luz de Cristo sirve así como fuente de la razón, la conciencia y el discernimiento. Es una influencia que dirige y guía, que contenderá con los hombres y las mujeres y los conducirá a hacer el bien y escoger la rectitud, si tan solo reconocen las suaves impresiones interiores de esta luz y responden a ellas. El élder Bruce R. McConkie ha descrito de la siguiente manera la relación entre la luz de Cristo y el Espíritu Santo:
La luz de Cristo —también llamada el Espíritu de Cristo y el Espíritu del Señor— es una luz, un poder y una influencia que […] está presente en todas partes y hace posible la omnipresencia de Dios. Es el medio por el que actúa el poder de Dios y la ley por la cual se gobiernan todas las cosas. Es también el medio que utiliza el Espíritu Santo para manifestar la verdad y distribuir dones espirituales a muchas personas al mismo tiempo. Por ejemplo, es como si el Espíritu Santo, que es un personaje de espíritu, estuviera transmitiendo toda la verdad por todo el universo en todo momento, utilizando la luz de Cristo como el medio por el cual se entrega el mensaje. Pero solo quienes ponen su alma en armonía con el Santo Espíritu reciben la revelación disponible. De esta manera, el personaje del Espíritu Santo hace sentir Su influencia en el corazón de toda persona justa al mismo tiempo (Un nuevo testigo de los Artículos de Fe, pág. 70).
Una cosa por encima de otra
Por medio de su traducción de los papiros egipcios, mediante la cual recibimos el mensaje del libro de Abraham, el profeta José Smith llegó a conocer algo del sistema de gobierno de Dios. Abraham explicó: “Los anales de los padres, sí, los patriarcas, concernientes al derecho del sacerdocio, el Señor mi Dios los preservó en mis propias manos; por tanto, he conservado hasta el día de hoy el conocimiento del principio de la creación, y también de los planetas y de las estrellas, tal como se dio a conocer a los patriarcas; y procuraré escribir algunas de estas cosas en este relato, para el beneficio de mi posteridad que vendrá después de mí” (Abraham 1:31). Por medio de Abraham, que tuvo acceso a un Urim y Tumim (véase Abraham 3:1), aprendemos que nuestro Dios ha organizado y hecho una cantidad incontable de planetas y estrellas. “Y vi las estrellas”, dijo Abraham, “y que eran muy grandes, y que una de ellas se hallaba más próxima al trono de Dios; y había muchas de las grandes que estaban cerca; y el Señor me dijo: Estas son las que rigen; y el nombre de la mayor es Kólob, porque está cerca de mí, pues yo soy el Señor tu Dios; a esta la he puesto para regir a todas las que pertenecen al mismo orden que esa sobre la cual estás” (Abraham 3:2–3). Abraham añadió que Kólob, el planeta o estrella que rige, era “según la manera del Señor, conforme a sus tiempos y estaciones” (Abraham 3:4). El profeta José Smith enseñó —y la tradición antigua lo confirma— que Abraham llevó consigo a Egipto su conocimiento del cosmos y enseñó estas cosas a los eruditos y sabios de aquel lugar (véanse Abraham 3:15; Enseñanzas, pág. 251).
Pero la visión de Abraham era más que una lección de astronomía y una guía para comprender el cosmos; era una lección sobre el gobierno del sacerdocio, un testimonio de la función central de Jesucristo (véase Joseph Fielding Smith, El camino a la perfección, pág. 95). Porque el Dios de toda la creación explicó al padre de los fieles: “Te multiplicaré a ti, y a tu descendencia después de ti, a semejanza de estas” (Abraham 3:14), es decir, a semejanza de los planetas y las estrellas, una promesa que Dios había hecho antes (Génesis 15:5; Doctrina y Convenios 132:30). Jehová declaró que una estrella es mayor que otra hasta llegar a Kólob, la mayor de todas. De igual manera: “Existen estos dos hechos: Hay dos espíritus, y uno es más inteligente que el otro; habrá otro más inteligente que ellos; yo soy el Señor tu Dios, soy más inteligente que todos ellos” (Abraham 3:19). Consideren lo siguiente del tercer capítulo de Abraham y del facsímile núm. 2:
- “El nombre de la mayor es Kólob, porque está cerca de […] Dios” (versículo 3).
- Kólob es “según la manera” del Señor, o a Su semejanza (versículo 4).
- Kólob es “la primera creación” (facsímile núm. 2, figura 1).
- Kólob se halla “más próxima al trono de Dios” (versículo 2; véase también el facsímile núm. 2, figura 1).
- Kólob es “la primera en gobierno” (facsímile núm. 2, figura 1) y ha de “regir a todas las que pertenecen al mismo orden” (versículo 3).
- Kólob posee “la llave de poder” (facsímile núm. 2, figura 2).
- Hay “muchas de las grandes” cerca de Kólob; “estas son las que rigen” (versículos 2–3).
- Kólob es la fuente de luz para otras (véase el facsímile núm. 2, figura 5).
- Kólob es la mayor de todas las estrellas porque está más cerca de Dios (véase el versículo 16).
Comparemos ahora las características de Kólob con las descripciones que las Escrituras hacen del Salvador y de otros:
- El Salvador es “el Gran Yo Soy” (Doctrina y Convenios 29:1).
- Cristo es “el resplandor de [la] gloria [de Dios], y la imagen misma de su ser” (Hebreos 1:3).
- Cristo estuvo “en el principio con el Padre” y es “el Primogénito” (Doctrina y Convenios 93:21).
- Cristo está “en el seno del Padre” (Doctrina y Convenios 76:25).
- Cristo ha prometido: “Seré vuestro gobernante cuando venga” (Doctrina y Convenios 41:4). Al profetizar de Su venida, Isaías declaró que “el principado estará sobre su hombro” (Isaías 9:6), mientras que Juan el Revelador habló de Él como “Señor de señores y Rey de reyes” (Apocalipsis 17:14).
- Es Cristo quien posee las llaves de todo poder. Todos los que poseen llaves en el reino de Dios aquí en la tierra las recibieron bajo Su dirección (véase Doctrina y Convenios 132:45), y aún se le rendirá cuenta de cómo se han utilizado todas las llaves y autoridades (véanse Daniel 7:9–14; Enseñanzas, pág. 157).
- José Smith, Hyrum Smith, Brigham Young, John Taylor y Wilford Woodruff son mencionados específicamente como personas que estaban “entre los nobles y grandes que fueron escogidos en el principio para ser gobernantes en la Iglesia de Dios” (Doctrina y Convenios 138:55).
- Cristo es la fuente de la “luz que existe en todas las cosas, que da vida a todas las cosas, que es la ley por la cual se gobiernan todas las cosas” (Doctrina y Convenios 88:13).
- Cristo fue el mayor de todos los espíritus preterrenales. Era “semejante a Dios” (Abraham 3:24).
Una revelación sobre astronomía palidece en importancia ante una revelación que expone el orden y la naturaleza del reino de Dios. ¿Había de ser Abraham simplemente un profesor visitante de astronomía, o había de erigirse como un testigo importante de Cristo el Señor, no solo para los egipcios, sino para todos los pueblos? Además, el vidente de los últimos días recurrió al mensaje de los papiros de Abraham para enseñar otra profunda lección de Abraham 3, diciendo que Abraham razonó de la siguiente manera acerca del Dios del cielo:
“Supongamos que tenemos dos hechos: eso supone que puede existir otro hecho; dos hombres sobre la tierra, uno más sabio que el otro, demostrarían lógicamente que puede existir otro más sabio que el más sabio. Las inteligencias existen una por encima de otra, de modo que no tienen fin”.
Si Abraham razonó así —si Jesucristo era el Hijo de Dios, y Juan descubrió que Dios, el Padre de Jesucristo, tenía un Padre [véase Apocalipsis 1:5–6]—, podéis suponer que Él también tenía un Padre. ¿Dónde ha habido jamás un hijo sin padre? ¿Y dónde ha habido jamás un padre sin haber sido primero hijo? ¿Cuándo ha surgido un árbol o cualquier otra cosa sin un progenitor? Y todo viene de esta manera. Pablo dice que lo terrenal es a semejanza de lo celestial. Por tanto, si Jesús tenía un Padre, ¿no podemos creer que Él también tenía un Padre? (Enseñanzas, pág. 373; énfasis en el original).
El destino de la tierra
Esta tierra desempeña una función sumamente importante en el plan de redención del Padre Eterno. Adán y Eva fueron puestos sobre la tierra en el Jardín de Edén, en lo que ahora conocemos como el condado de Jackson, Misuri, en los Estados Unidos de América (véanse Matthias F. Cowley, Wilford Woodruff, págs. 481, 545–546; John Taylor, La mediación y la Expiación, págs. 69–70; George Q. Cannon, Diario de discursos, 11:336–337); el primer hombre y la primera mujer de este planeta fueron puestos en una condición inmortal y terrestre. William W. Phelps escribió acerca de este glorioso estado:
Esta tierra fue una vez un jardín,
con todas sus glorias compartidas,
y los hombres vivían como un pueblo santo,
y adoraban a Jesús cara a cara,
en Adán-ondi-Ahmán.
(“Adán-ondi-Ahmán”, Himnos, núm. 49).
Si nuestros primeros padres no hubieran participado del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, habrían permanecido en ese estado para siempre, y todas las cosas habrían continuado tal como fueron dispuestas en aquel día prístino (véanse 2 Nefi 2:22; Moisés 3:9). No habrían progresado, ni crecido en conocimiento y experiencia, ni tenido hijos (2 Nefi 2:23; Moisés 5:11). Pero Adán y Eva sí participaron del fruto, introduciendo la mortalidad en el mundo y abriendo “el camino del mundo” (Enseñanzas, pág. 12). “Adán cayó para que los hombres existiesen; y existen los hombres para que tengan gozo” (2 Nefi 2:25). Con la Caída vino un cambio en la tierra y en todas las cosas que había sobre su faz. Este mundo cayó a un estado telestial, y la muerte y el pecado pasaron a formar parte del orden de las cosas.
Aunque generaciones de personas justas han vivido sobre la tierra, muchos hombres y mujeres han escogido amar a Satanás más que a Dios (véase Moisés 5:13, 18, 28), entregarse a la impiedad y al libertinaje, y contaminar la tierra con sus pecados. Enoc “vio a Satanás; y este tenía una cadena grande en su mano que cubrió de obscuridad toda la faz de la tierra; y miró hacia arriba y se rio, y sus ángeles se regocijaron” (Moisés 7:26). Enoc también contempló los días futuros de Noé. Estando en armonía con las fuerzas de la naturaleza mediante los poderes del Espíritu, “Enoc miró hacia la tierra; y oyó una voz que venía de sus entrañas y que decía: ¡Ay, ay de mí, la madre de los hombres! ¡Estoy afligida, estoy fatigada a causa de la iniquidad de mis hijos! ¿Cuándo descansaré y quedaré limpia de la inmundicia que ha salido de mí? ¿Cuándo me santificará mi Creador para que pueda descansar, y more la justicia sobre mi faz por un tiempo?” (Moisés 7:48). Para los días de Noé, la tierra se había llenado de violencia y corrupción. “Y dijo Dios a Noé: Ha llegado para mí el fin de toda carne, porque la tierra está llena de violencia; y he aquí, destruiré a toda carne de sobre la tierra” (Moisés 8:28–30). Paradójicamente, el Diluvio universal representa uno de los grandes actos de amor y misericordia de Dios, particularmente para aquellos espíritus sin cuerpo que, de otro modo, habrían tenido que venir a una tierra cuyas influencias degradantes casi con seguridad habrían sofocado cualquier deseo de rectitud (véase Diario de discursos, 21:17–18; 22:301–302).
Los profetas de los últimos días, instruidos por José Smith, han enseñado reiteradamente que el Diluvio también representa, en el plan eterno de las cosas, el bautismo de la tierra por agua. Orson Pratt declaró:
La primera ordenanza instituida para la purificación de la tierra fue la inmersión en agua; fue sepultada en el elemento líquido, y todas las cosas pecaminosas que había sobre su faz fueron lavadas. Al salir de las aguas del Diluvio, como un niño recién nacido, era inocente; se levantó a una vida nueva; fue su segundo nacimiento del seno de las poderosas aguas: un mundo nuevo que surgía de las ruinas del antiguo, revestido de toda la inocencia de su primera creación. Así como el hombre no puede nacer de nuevo del agua sin un administrador, la tierra requería un agente independiente de sí misma que administrara esta gran ordenanza purificadora y le devolviera su pureza infantil. Ese administrador fue el Redentor mismo (en Diario de discursos, 1:331; véase también 1:274; 8:83).
La segunda venida del Señor Jesucristo, conocida como el “fin del mundo”, expresión que significa la “destrucción de los inicuos” (José Smith—Mateo 1:4, 31), conllevará una purificación de la tierra por fuego, la eliminación del pecado, la corrupción y la iniquidad de su superficie. Esta confirmación o bautismo de la tierra por fuego representará una transfiguración de la tierra (véanse Doctrina y Convenios 63:20–21; Enseñanzas, pág. 13) y la elevará a una condición terrestre que prevalecerá durante el Milenio. En este glorioso día la tierra descansará. Sion habrá sido establecida en toda la tierra, Israel habrá sido recogido para volver a su Salvador y Rey, y la justicia y la verdad habrán inundado su superficie (véase Moisés 7:62–64). Después de la “corta temporada” al final de los mil años, durante la cual Satanás y sus huestes se rebelarán por última vez, vendrá el “fin de la tierra”, la destrucción final de los inicuos y la celestialización del planeta (Doctrina y Convenios 29:22; 43:31; 88:111). La tierra “deberá ser santificada de toda injusticia, a fin de estar preparada para la gloria celestial; porque después de haber cumplido la medida de su creación, será coronada de gloria, sí, con la presencia de Dios el Padre; para que los cuerpos que son del reino celestial puedan poseerla para siempre jamás; porque para este fin fue hecha y creada, y para este fin ellos son santificados” (Doctrina y Convenios 88:18–20).
Conclusión
La religión de los Santos de los Últimos Días no está limitada ni por el tiempo ni por la tierra; se extiende desde la eternidad pasada hasta la eternidad futura. A José Smith, el profeta y vidente, se le reveló una visión profunda y amplia de las cosas como eran, como son y como serán. Por la revelación moderna llegamos a saber, por ejemplo, que el humilde Nazareno a quien conocemos como Jesús es Señor y Dios sobre todo lo que creó, y que el Todopoderoso Elohim, nuestro Padre Celestial, vela y gobierna tanto en la eternidad como en el tiempo. Como pueblo estamos vinculados a las generaciones pasadas, y nuestra tierra, aunque ocupa un lugar importante en el plan general, no es más que uno de un número infinito de mundos habitados.
Con respecto a nuestra propia tierra, el presidente Brigham Young observó:
Supongo que Dios nunca organizó y pobló una tierra que haya sido reducida a un estado de tinieblas, pecado e ignorancia más bajo que este [véanse 2 Nefi 10:3; Moisés 7:36]. Supongo que este es uno de los reinos más bajos que el Señor Todopoderoso haya creado jamás y que, por esa razón, es capaz de ser exaltado hasta llegar a ser uno de los reinos más elevados que hayan recibido exaltación en todas las eternidades. En proporción a lo que ha sido rebajada, así será exaltada, junto con aquella parte de sus habitantes que, en su humillación, se haya aferrado a la rectitud y haya reconocido a Dios en todas las cosas. En proporción a nuestra caída por causa del pecado, así seremos exaltados en la presencia de nuestro Padre y Dios, por medio de Jesucristo y al vivir la rectitud de Su Evangelio (en Diario de discursos, 10:175).
Por medio del conocimiento que hemos recibido como parte del Evangelio restaurado, comenzamos a percibir nuestra relación con el universo, nuestro vínculo con aquellos seres organizados que han nacido, vivido, muerto, resucitado y sido glorificados en otros lugares. En verdad, si pudiéramos ir a Kólob en un abrir y cerrar de ojos, como proclamó William W. Phelps, “y luego continuar adelante, volando a esa misma velocidad” (“Si pudieras ir a Kólob”, Himnos, núm. 284), jamás encontraríamos, en toda la eternidad, un lugar donde los dioses comenzaran a existir o donde los dioses no gobiernen ni dirijan. “A todos los reinos se ha dado una ley; y hay muchos reinos; porque no hay espacio en el cual no haya reino” (Doctrina y Convenios 88:36–37).


























