Apéndice B
Relato de la Primera Visión de 1835
En 1835, José Smith habló de su primera visión a un hombre llamado Matthias. Warren Cowdery registró este relato.
Lunes, 9 de noviembre. […] Mientras se encontraba sentado en su casa esta mañana, entre las diez y las once, entró un hombre y se presentó a él haciéndose llamar Josué, el ministro judío. Su apariencia era un tanto singular; tenía una barba de unos ocho centímetros de largo, bastante canosa. Su cabello también era largo y considerablemente plateado por la edad. Parecía tener unos cincuenta o cincuenta y cinco años. Era alto y erguido, de constitución delgada, ojos azules, rostro enjuto y tez clara. Vestía una levita verde y pantalones del mismo color. Llevaba un sombrero negro de piel, de ala estrecha. Al hablar, cerraba frecuentemente los ojos y mostraba una especie de ceño fruncido. Él [José] le hizo algunas preguntas acerca de su nombre, pero no recibió una respuesta concreta. La conversación pronto giró hacia el tema de la religión y, después de que el protagonista de esta narración hubo hecho algunos comentarios acerca de la Biblia, comenzó a relatarle las circunstancias relacionadas con la salida a luz del Libro de Mormón, que fueron aproximadamente las siguientes. Estando mi mente agitada con respecto al tema de la religión, y al contemplar los diferentes sistemas que se enseñaban a los hijos de los hombres, no sabía quién tenía razón ni quién estaba equivocado; pero consideraba de suma importancia para mí estar en lo correcto en asuntos de tanta trascendencia, asuntos que implicaban consecuencias eternas. Hallándome así perplejo, me retiré a la arboleda silenciosa y allí me incliné ante el Señor, plenamente consciente de que, si la Biblia era verdadera: Pedid, y se os dará; llamad, y se os abrirá; buscad, y hallaréis; y además, si alguno tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, quien da a todos abundantemente y sin reproche. Lo que más deseaba en ese momento era conocimiento y, con la firme determinación de obtenerlo, invoqué al Señor por primera vez en el lugar antes mencionado; o, en otras palabras, hice un intento infructuoso de orar. Mi lengua parecía estar hinchada dentro de mi boca, de modo que no podía hablar. Oí detrás de mí un ruido como de alguien que caminaba hacia mí. Me esforcé de nuevo por orar, pero no pude; el ruido de los pasos parecía acercarse. Me puse de pie de un salto y miré a mi alrededor, pero no vi a ninguna persona ni cosa que pudiera producir aquel ruido de pasos. Me arrodillé de nuevo; mi boca se abrió y mi lengua se soltó. Invoqué al Señor en ferviente oración. Una columna de fuego apareció sobre mi cabeza y poco después descendió y reposó sobre mí, y me llenó de un gozo inefable. Un personaje apareció en medio de esta columna de llamas, que se extendía por todas partes y, sin embargo, nada consumía. Pronto apareció otro personaje semejante al primero. Me dijo: Tus pecados te son perdonados. También me testificó que Jesucristo es el Hijo de Dios. Vi muchos ángeles en esta visión. Tenía unos catorce años cuando recibí esta primera comunicación. […]


























