Epílogo:
Loor al Profeta
Hay más evidencias del ministerio profético del profeta José Smith que del de cualquier otro profeta que haya vivido, salvo Jesús. ¡Entre las principales evidencias que podrían citarse se encuentran las doctrinas que enseñó! Un profeta es, ante todo, un testigo de Dios. Su competencia como testigo se basa en el conocimiento, es decir, en el grado en que descorre el velo de los cielos y revela la intención y la voluntad del Todopoderoso. También es un revelador y un maestro; revela y enseña los principios de salvación. El mensaje no es suyo, sino del Padre que lo envió. Sin embargo, el profeta debe ser un vaso puro para que el mensaje no se contamine. Acerca de lo que enseñaba, José Smith dijo: «Esta es buena doctrina. Tiene buen sabor. Puedo saborear los principios de vida eterna, y vosotros también podéis. Me son dados por las revelaciones de Jesucristo; y sé que cuando os digo estas palabras de vida eterna tal como me son dadas, vosotros las saboreáis, y sé que las creéis. Decís que la miel es dulce, y yo también lo digo. También puedo saborear el espíritu de vida eterna. Sé que es bueno; y cuando os hablo de estas cosas que me fueron dadas por inspiración del Espíritu Santo, no podéis menos que recibirlas como dulces y regocijaros más y más» (Enseñanzas, pág. 355).
Es en esas enseñanzas en lo que nos regocijamos. Al estudiarlas, enseñarlas y escribir sobre ellas, nos encontramos regocijándonos «más y más». Su sabor es dulce. Son luz y verdad. Elevan el alma y ensanchan la mente. Llevan en sí mismas, como toda verdad, la evidencia de su propia veracidad. Por separado y en conjunto, testifican que José Smith fue un profeta. Este libro se ha dividido en tres secciones, cada una de las cuales es un testigo del llamamiento divino del Profeta. La Parte I trata de José como Profeta y Maestro. Cada uno de sus doce capítulos testifica de su oficio profético. La Parte II trata del Profeta como administrador legítimo, alguien que poseía las llaves, los poderes y la autoridad del sacerdocio. Cada uno de sus doce capítulos testifica que instituyó el orden del cielo y que fue escogido divinamente, preparado por ministros angélicos e investido con poder de lo alto. La Parte III trata de la función de José Smith como hombre de visiones: un vidente, alguien que restaura el conocimiento tanto del pasado como del futuro e invita a todo buscador sincero de la verdad a contemplar con él las escenas de la eternidad. Cada uno de sus doce capítulos atestigua que vio con ojos ungidos y que, cuando el manto de vidente descansaba sobre él, podía hablar del pasado, del presente y del futuro como si fueran uno.
De todo lo que enseñó el Profeta, solo podemos decir: Tiene buen sabor; eleva el alma e ilumina la mente. El presidente Brigham Young dijo que, cuando José Smith enseñaba los principios del Evangelio, «unía el cielo con la tierra» (en Diario de discursos 4:54). Sin embargo, el mensaje del Profeta no es más que un eco distante del pasado con el que nuestro corazón se reencuentra como lo haría con un amigo perdido desde hace mucho tiempo. Las verdades que restauró llegan a nosotros como el calor del sol después de la noche invernal. Dan sentido, aportan propósito e inspiran esperanza, fe y valor. No conocemos otros principios que los igualen. De hecho, no conocemos ninguno que merezca ocupar un lugar siquiera a su sombra. Esperamos que todos escojan deleitarse en ellos, «porque, ¿en qué se beneficia el hombre a quien se confiere un don, si no lo recibe? He aquí, ni se regocija con lo que le es dado, ni se regocija en aquel que es el donador» (Doctrina y Convenios 88:33).
Como testimonio final, citemos una vez más doce testigos doctrinales —cada uno un principio de luz— que testifican que José Smith verdaderamente unió el cielo y la tierra.
1. Gracias a José Smith, sabemos que Dios es un ser personal, que somos Sus hijos espirituales, que es un Padre amoroso y que podemos acercarnos a Él. «Dios mismo fue una vez como nosotros somos ahora», declaró el Profeta, «y es un hombre exaltado, ¡y está sentado sobre Su trono allá en los cielos! Ese es el gran secreto. Si el velo se rasgara hoy, y el gran Dios que conserva este mundo en su órbita y sostiene todos los mundos y todas las cosas por Su poder se manifestara, digo que, si lo vierais hoy, lo veríais en la forma de un hombre, así como vosotros os halláis en toda la persona, imagen y forma misma de un hombre; porque Adán fue creado a la misma forma, imagen y semejanza de Dios, y recibió instrucciones de Él, y anduvo, habló y conversó con Él, como un hombre habla y se comunica con otro» (Enseñanzas, pág. 345). Además, declaró: «Todos los que guardan los mandamientos [de Dios] crecerán de gracia en gracia y llegarán a ser herederos del reino celestial y coherederos con Jesucristo; poseyendo la misma mente, siendo transformados a la misma imagen o semejanza, sí, a la imagen misma de Aquel que lo llena todo en todos; siendo llenos de la plenitud de Su gloria y llegando a ser uno en Él, así como el Padre, el Hijo y el Santo Espíritu son uno» (Discursos sobre la fe 5:2).
2. Gracias a José Smith, conocemos la naturaleza y el propósito de nuestra condición caída. La Biblia nos relata la historia de la Caída, pero debemos acudir al Libro de Mormón y a las demás revelaciones de la Restauración para aprender por qué cayeron Adán y Eva. El padre Lehi declaró: «Pues he aquí, si Adán no hubiese transgredido, no habría caído, sino que habría permanecido en el Jardín de Edén. Y todas las cosas que fueron creadas habrían permanecido en el mismo estado en que se hallaban después de ser creadas; y habrían permanecido para siempre, sin tener fin. Y no hubieran tenido hijos; por consiguiente, habrían permanecido en un estado de inocencia, sin sentir gozo, porque no conocían la miseria; sin hacer lo bueno, porque no conocían el pecado. Pero he aquí, todas las cosas han sido hechas según la sabiduría de aquel que todo lo sabe. Adán cayó para que los hombres existiesen; y existen los hombres para que tengan gozo» (2 Nefi 2:22–25).
La madre Eva lo expresó así: «De no haber sido por nuestra transgresión, nunca habríamos tenido posteridad, ni hubiéramos conocido jamás el bien y el mal, ni el gozo de nuestra redención, ni la vida eterna que Dios concede a todos los que son obedientes» (Moisés 5:11). Enoc testificó: «Por motivo de que Adán cayó, nosotros existimos; y por su caída vino la muerte; y somos hechos partícipes de miseria y angustia. He aquí, Satanás ha venido entre los hijos de los hombres, y los tienta para que lo adoren; y los hombres se han vuelto carnales, sensuales y diabólicos, y son desterrados de la presencia de Dios» (Moisés 6:48–49). En este estado caído estamos sujetos a la muerte, al deterioro y al pecado. Todas las cosas avanzan hacia la desintegración. Sin ayuda, somos absolutamente incapaces e impotentes; sin asistencia divina, permaneceremos sin redención y sin alcanzar nuestra plenitud. Abandonados a nosotros mismos, permanecemos perdidos y caídos, incapaces de generar suficiente fuerza de voluntad para cambiar nuestra naturaleza y suficiente determinación para luchar contra las tentaciones de la carne. En palabras de Aarón, hijo del rey Mosíah: «Ya que el hombre había caído, este no podía merecer nada de sí mismo; mas los padecimientos y muerte de Cristo expían sus pecados» (Alma 22:14).
3. Gracias a José Smith, comprendemos la verdadera naturaleza de la gracia tanto del Padre como del Hijo y cómo podemos ser redimidos de los efectos de la caída de Adán. Por ejemplo, sabemos:
- Que Dios condescendió a engendrar un hijo en la carne con una mujer mortal para que este Hijo tuviera tanto la capacidad de dar Su vida, que recibió de Su madre, como el poder de volverla a tomar, que recibió de Su Padre divino.
- Que el Hijo condescendió a dejar las cortes reales de lo alto, venir a la tierra, descender debajo de todas las cosas y padecer «la muerte en la carne; por tanto, sufrió el dolor de todos los hombres, a fin de que todo hombre pudiese arrepentirse y venir a él» (Doctrina y Convenios 18:11).
- Que la resurrección es corporal y que, en Cristo y por medio de Él, todos los seres vivientes disfrutarán de una unión inseparable de cuerpo y espíritu. Solo en este estado resucitado pueden recibir «una plenitud de gozo» (Doctrina y Convenios 93:33; véase también 138:50); sin ella, habrían llegado a ser hijos de perdición (véase 2 Nefi 9:9).
- Que en la expiación de Cristo y por medio de ella podemos ser perfeccionados (véase Doctrina y Convenios 76:69), llegar a ser iguales a Él «en poder, en fuerza y en dominio» (Doctrina y Convenios 76:95), y así recibir la plenitud del Padre (véase Doctrina y Convenios 93:19–20) y disfrutar de la continuación de la unidad familiar (véase Doctrina y Convenios 132:22).
4. Gracias a José Smith, sabemos que somos miembros de la casa de Israel y herederos de todas las bendiciones prometidas a Abraham, Isaac y Jacob. José Smith hizo más que restaurar una iglesia del Nuevo Testamento. De hecho, la sabiduría de la Restauración se encuentra en el Antiguo Testamento. Se centra en el convenio que Dios hizo con el padre Abraham. El corazón del Evangelio restaurado gira en torno a la restauración del conocimiento de los términos y las condiciones de ese convenio. Es este convenio el que requiere el recogimiento de Israel, o la gran actividad misional de los últimos días. En este convenio se encuentra la promesa de que las personas de toda nación, tribu y lengua tendrán la oportunidad de oír el Evangelio antes de la gran escena final. En este convenio se encuentra la promesa de la continuación de la unidad familiar. En este convenio encontramos el propósito pleno y completo de los templos y de las llaves y la autoridad que nos han restaurado los antiguos profetas. Sin la restauración de este conocimiento, por ejemplo, la naturaleza y el propósito de las bendiciones patriarcales —que nos declaran descendientes literales de Abraham y herederos legítimos de las bendiciones prometidas a su posteridad— carecerían de significado. Por revelación sabemos que somos un «resto de Jacob» y «herederos según el convenio» (Doctrina y Convenios 52:2).
5. Gracias a José Smith, sabemos que, mediante la sangre expiatoria del Salvador y por la obediencia a las leyes y ordenanzas del Evangelio, podemos llegar a ser nuevas criaturas en Cristo. Como verdaderos seguidores de Cristo, podemos vencer la tentación, dominar nuestro temperamento, desechar la ira y la amargura, abandonar la duda y el cinismo, y amar a nuestros hermanos y hermanas con un amor puro. El Evangelio, o plan de salvación, tiene por objeto hacer más que convertirnos en buenas personas. El Evangelio es «poder de Dios para salvación» (Romanos 1:16), el poder mediante el cual el Señor puede hacer de la tierra un cielo y del hombre un dios. Podemos, como los nefitas, desarrollarnos hasta el punto en que no tengamos «más disposición a obrar mal, sino a hacer lo bueno continuamente» (véase Mosíah 5:1–2), en que no podamos ver el pecado sino con aborrecimiento (véase Alma 13:12). Podemos llegar al punto en que todos los hombres y las mujeres busquen el bienestar de su prójimo y hagan «todas las cosas con la mira puesta únicamente en la gloria de Dios» (Doctrina y Convenios 82:19).
6. Gracias a José Smith, sabemos que la revelación no ha cesado, que los cielos pueden abrirse y los misterios de Dios desplegarse ante nuestro entendimiento. El cabeza de esta dispensación no hizo esfuerzo alguno por monopolizar el conocimiento de la mente de Dios; por el contrario, el Profeta de la Restauración testificó constante y sistemáticamente que todo hombre y toda mujer pueden llegar a ver, sentir y conocer las cosas de Dios. De hecho, el Señor restableció Su iglesia y reino en esta última época «para que todo hombre hable en el nombre de Dios el Señor, el Salvador del mundo; para que también la fe aumente en la tierra» (Doctrina y Convenios 1:20–21). «Si pides», atestigua una revelación moderna, «recibirás revelación tras revelación, conocimiento sobre conocimiento, a fin de que puedas conocer los misterios y las cosas apacibles, aquello que trae gozo, aquello que trae la vida eterna» (Doctrina y Convenios 42:61). Todos los que han sido bautizados y disfrutan de la compañía del Espíritu Santo también han recibido la promesa de que se les concederá un don especial del Espíritu mediante el cual podrán elevar y edificar a aquellos con quienes han sido llamados a trabajar (véase Doctrina y Convenios 46). Con el tiempo, «toda alma que deseche sus pecados y venga a mí», declaró Cristo, «e invoque mi nombre, obedezca mi voz y guarde mis mandamientos, verá mi faz y sabrá que yo soy» (Doctrina y Convenios 93:1). Esta promesa no se refiere a mundos futuros, sino a nuestra esfera de existencia actual.
7. Gracias a José Smith, sabemos que la vida no comenzó en esta tierra, que existimos en forma espiritual durante incontables edades, preparándonos para nuestra experiencia en la vida terrenal y para los estados que la siguen. Sabemos que vivimos antes de venir aquí, que nuestros espíritus se asemejaban a los cuerpos físicos que vinimos a obtener en esta vida y que estamos aquí para continuar el progreso hacia la condición de dioses que comenzamos allá. Sabemos que Dios instituyó un plan mediante el cual pudiéramos ser salvos. En aquella existencia preterrenal conocíamos a nuestros Padres Celestiales, los amábamos y éramos amados por Ellos, y de Ellos heredamos capacidades divinas y el deseo de llegar a ser como Ellos son. Sabemos que vinimos a la tierra para obtener un cuerpo físico, crecer mediante la experiencia y ser probados para ver si haríamos lo que el Señor ha mandado. Sabemos que venimos a la tierra para ser probados y examinados en circunstancias diferentes de las que existían antes de nuestro nacimiento físico; para aprender a vencer la carne y someter los impulsos del cuerpo físico y nuestras poderosas emociones a la voluntad de Dios; y para formar y perpetuar relaciones humanas, establecer la unidad más importante en el tiempo o en la eternidad y hallar gozo en ella: la familia. Sabemos que la vida continúa después de la muerte, que en un mundo de los espíritus posterior a la vida terrenal nos arrepentimos, nos refinamos, mejoramos, aprendemos, crecemos y nos preparamos para la gloriosa resurrección. Por medio de la revelación moderna, sabemos que saldremos del sepulcro con un cuerpo físico resucitado, adaptado y adecuado a un reino de gloria. Quienes se esfuercen con todas sus fuerzas por vivir la ley del reino celestial en esta vida recibirán, en la resurrección, «de la misma, sí, una plenitud» (Doctrina y Convenios 88:29).
8. Gracias a José Smith, sabemos que la vida tiene un propósito, que Dios tiene un plan para nuestra felicidad y plenitud. Nuestra alma rebosa de gozo al saber que esta vida tiene un propósito, incluso las experiencias dolorosas. Sabemos que nuestra vida no está gobernada por el azar, que las experiencias tienen un propósito y que el carácter, la integridad y la virtud cristiana se forjan en nuestra alma mediante las cosas que padecemos (véase Doctrina y Convenios 122:7). Sabemos que Aquel que es omnisciente y conoce todas las cosas desde el principio hasta el fin tiene el poder y la perspectiva exaltada para disponer los acontecimientos de nuestra vida de tal manera que se quebrante nuestro corazón cuando se endurezca, seamos humillados cuando corresponda, recibamos ánimo por medio de amigos sensibles y solícitos, y seamos consolados cuando nos sintamos solos e indignos. Puesto que sabemos que Dios no es simplemente una fuerza cósmica ni una Deidad vengativa y distante, puesto que sabemos que es nuestro Padre Eterno, sabemos que nos ama infinitamente y hará todo lo que esté en Su poder para purificar nuestro corazón, limpiar nuestras motivaciones y dirigir nuestra atención hacia los demás. Nos regocijamos en el gran plan del Dios Eterno, el plan de redención, el plan de salvación, el gran plan de felicidad.
9. Gracias a José Smith, disfrutamos de una comprensión significativa del mundo venidero, de la naturaleza de sus relaciones sociales, de su gloria y de su propósito. En primer lugar, sabemos que la resurrección es corporal, que consiste en la unión inseparable del cuerpo y el espíritu (véase Alma 11:43–45). El mundo en el que aún viviremos es un mundo material (Doctrina y Convenios 131:7–8). Los hombres continuarán siendo hombres y las mujeres continuarán siendo mujeres. Los deberes sagrados relacionados con las diferencias entre los sexos son divinos y eternos. La unidad familiar continuará, y «la misma sociabilidad que existe entre nosotros aquí, existirá entre nosotros allá; pero la acompañará una gloria eterna que ahora no conocemos» (Doctrina y Convenios 130:2). Por tanto, la promesa que se da a quienes entran en el nuevo y sempiterno convenio del matrimonio y viven dignos del convenio que han hecho es que recibirán de la plenitud y la gloria del Padre y serán «dioses, porque no tendrán fin; por consiguiente, existirán de eternidad en eternidad, porque continuarán; entonces estarán sobre todo, porque todas las cosas les estarán sujetas. Entonces serán dioses, porque tendrán todo poder, y los ángeles estarán sujetos a ellos» (Doctrina y Convenios 132:20; véase también 76:58–60).
10. Gracias a José Smith, sabemos que el poder de Dios ha sido delegado a los hombres sobre la tierra para bendecir a toda la humanidad. José Smith fue un administrador legítimo, además de un revelador de la verdad. Los sacerdocios, las llaves y las autoridades han sido entregados una vez más a los mortales. Sabemos que el sacerdocio es el poder mediante el cual se hicieron los mundos, se mueven los montes y se desvían los ríos de su curso, se sana a los enfermos, se consuela y se da sosiego a quienes han sufrido maltrato y se levanta a los muertos. Hemos participado de estas bendiciones y las hemos recibido, y sabemos de lo que hablamos. Estas cosas son reales. Los mismos poderes mediante los cuales Moisés dividió el mar Rojo o Elías el Profeta selló los cielos nos son conocidos hoy. Por ese mismo poder, nuestros padres pioneros dominaron los elementos y establecieron el Reino de la Gran Cuenca, y por ese poder llevaremos el mensaje de salvación hasta los confines de la tierra. Por ese poder, los fieles de todas las épocas serán preparados para estar en la presencia de Dios, aun mientras estén en la carne. (Véanse Doctrina y Convenios 84:19–20; 107:18).
Como el hombre que está a la cabeza de la dispensación del cumplimiento de los tiempos, José Smith es el principal testigo profético de Cristo y el conducto por el cual recibimos todo principio salvador y la autoridad correspondiente para efectuar toda ordenanza salvadora. A él, el Señor dijo: «He conferido sobre ti las llaves y el poder del sacerdocio, por medio de lo cual restauro todas las cosas y te hago saber todas las cosas en el debido tiempo. Y de cierto, de cierto te digo, que cuanto selles en la tierra será sellado en los cielos; y lo que ates en la tierra, en mi nombre y por mi palabra, dice el Señor, será eternamente atado en los cielos; y los pecados de cualquiera que remitas en la tierra serán eternamente remitidos en los cielos; y los pecados de cualquiera que retengas en la tierra serán retenidos en los cielos» (Doctrina y Convenios 132:45–46).
11. Gracias a José Smith, sabemos que los principios salvadores del Evangelio se enseñarán a todos los que murieron sin tener la oportunidad de oírlos mientras estaban en la carne, y que en los santos templos se pueden efectuar en su favor las ordenanzas esenciales para su salvación. Ninguna otra iglesia sobre la faz de la tierra hace provisión para quienes murieron sin la oportunidad de oír y aceptar los principios de salvación en esta vida. El Evangelio ha de enseñarse en el mundo de los espíritus, y quienes habrían aceptado sus verdades en esta vida las aceptarán allí. Quienes habrían sido leales y fieles aquí serán recompensados según los deseos de su corazón. Todas las bendiciones del Evangelio serán suyas. Solo en los principios restaurados por el profeta José Smith se puede encontrar a un Dios que verdaderamente sea un Dios de misericordia y justicia. Quienes aceptan el Evangelio en el mundo de los espíritus pueden recibir las ordenanzas de salvación efectuadas en su favor por los vivos, que actúan como representantes de ellos en los templos del Señor.
12. Gracias a José Smith y a la autoridad que se le restauró, sabemos que la unidad familiar se preservará a lo largo de las eternidades, que el amor verdaderamente llega a ser eterno y que los privilegios de la paternidad y la maternidad continúan a través de todas las generaciones del tiempo. José Smith puso todas las cosas en perspectiva. Nos ayudó a ver que algunas cosas importan más que otras, que la vida familiar, las relaciones familiares y el amor familiar importan más que la fama y la fortuna, más que el reconocimiento intelectual, más que la adquisición de los bienes de este mundo. El élder Parley P. Pratt escribió:
Fue en esa época [en Filadelfia, en 1839] cuando recibí de [José Smith] la primera idea de la organización familiar eterna y de la unión eterna de los sexos en esas relaciones tan inefablemente entrañables que solo las personas de gran entendimiento, refinadas y puras de corazón saben apreciar, y que se hallan en el fundamento mismo de todo lo que merece llamarse felicidad.
Hasta entonces había aprendido a estimar los afectos y las simpatías familiares como algo que pertenecía únicamente a este estado transitorio, como algo de lo que el corazón debía desprenderse por completo para estar preparado para su estado celestial.
Fue José Smith quien me enseñó a valorar las entrañables relaciones de padre y madre, esposo y esposa, hermano y hermana, hijo e hija.
De él aprendí que la esposa de mi corazón podía quedar unida a mí por el tiempo y por toda la eternidad; y que las simpatías y los afectos refinados que nos hacían amarnos el uno al otro emanaban de la fuente del amor divino y eterno. De él aprendí que podíamos cultivar esos afectos y crecer y aumentar en ellos por toda la eternidad. […]
Había amado antes, pero no sabía por qué. Ahora, en cambio, amaba con una pureza y una intensidad de sentimientos elevados y exaltados que levantarían mi alma de las cosas transitorias de esta humilde esfera y la ensancharían como el océano. Sentía que Dios era verdaderamente mi Padre Celestial; que Jesús era mi hermano; y que la esposa de mi corazón era una compañera inmortal y eterna, un bondadoso ángel ministrante que me había sido dado como consuelo y como corona de gloria por siempre jamás. En una palabra, ahora podía amar con el espíritu y también con el entendimiento. (Autobiografía de Parley P. Pratt, págs. 259–260).
Gracias a José Smith, tenemos una esperanza nacida del Espíritu y fortalecida por la declaración profética de que la fidelidad de los padres a sus convenios del templo puede asegurar a sus hijos para siempre. «Cuando se coloca un sello sobre el padre y la madre», dijo el Vidente escogido, «este asegura a su posteridad, de modo que no pueden perderse, sino que serán salvos en virtud del convenio de su padre y su madre» (Enseñanzas, pág. 321). En palabras del élder Orson F. Whitney:
El profeta José Smith declaró —y nunca enseñó una doctrina más consoladora— que los sellamientos eternos de los padres fieles y las promesas divinas que se les hicieron por su valeroso servicio en la Causa de la Verdad los salvarían no solo a ellos, sino también a su posteridad. Aunque algunas ovejas se descarríen, el ojo del Pastor está sobre ellas, y tarde o temprano sentirán que los brazos de la Divina Providencia se extienden hacia ellas y las atraen de regreso al redil. Ya sea en esta vida o en la venidera, volverán. Tendrán que pagar su deuda a la justicia; sufrirán por sus pecados y quizás recorran una senda espinosa; pero si esta las lleva finalmente, como al pródigo arrepentido, al corazón y al hogar de un padre amoroso y dispuesto a perdonar, la dolorosa experiencia no habrá sido en vano. Oren por sus hijos descuidados y desobedientes; aférrense a ellos con su fe. Sigan esperando, sigan confiando, hasta que vean la salvación de Dios.
¿Quiénes son estas ovejas descarriadas, estos hijos e hijas rebeldes? Son hijos del Convenio, herederos de las promesas, y han recibido, si están bautizados, el don del Espíritu Santo, que manifiesta las cosas de Dios. ¿Podría todo eso resultar inútil? (En Informe de la Conferencia, abril de 1929, págs. 110–111).
Como autores, compartimos un gran amor por el profeta José Smith. Procuramos honrar su nombre y su ministerio. Deseamos con todo el corazón serle leales. Por medio de él hemos llegado a conocer a nuestro Señor y Salvador y a experimentar los dulces frutos que solo se reciben al vivir el Evangelio. Fue el propio Señor Jesús quien dijo al Profeta que «los extremos de la tierra indagarán tu nombre, y los necios se burlarán de ti y el infierno se encolerizará en tu contra; en tanto que los puros de corazón, y los sabios, y los nobles, y los virtuosos buscarán consejo, y autoridad y bendiciones de tu mano constantemente» (Doctrina y Convenios 122:1–2). Deseamos ser contados siempre entre quienes han buscado consejo, autoridad y bendiciones de su mano. No deseamos que se nos malinterprete. No adoramos a José Smith, pues nuestra adoración está reservada para los Dioses del cielo, que son la fuente de la salvación. Pero con gusto cantamos loores y expresamos gratitud imperecedera por el testimonio profético preeminente de aquel que ha hecho más por la salvación de los hombres y las mujeres, salvo Jesús, que cualquier otro hombre que haya vivido (véase Doctrina y Convenios 135:3).
El nuestro es un canto de loor al hombre ordenado desde la eternidad pasada para descorrer el velo y abrir los cielos, pues por medio de él la plenitud de la verdad y la plenitud de los poderes del sacerdocio han vuelto a la tierra. Testificamos que José Smith fue y es un profeta del Dios viviente. Testificamos que el Padre y el Hijo se le aparecieron en la Arboleda Sagrada en la primavera de 1820. Testificamos que se aparecieron ángeles para instruirlo e investirlo con poder. Testificamos además que el espíritu del hermano José está con los líderes de esta Iglesia hoy. De esto no tenemos duda alguna. El presidente Joseph F. Smith declaró una vez:
Tengo plena confianza en que los ojos de José el Profeta, y de los mártires de esta dispensación, y de Brigham, John y Wilford, y de aquellos hombres fieles que estuvieron asociados con ellos en su ministerio sobre la tierra, velan cuidadosamente por los intereses del Reino de Dios en el que trabajaron y por el que se esforzaron durante su vida terrenal. Creo que están tan profundamente interesados en nuestro bienestar hoy, si no con mayor capacidad y con mucho más interés detrás del velo, de lo que estaban cuando vivían en la carne. Creo que saben más; creo que sus mentes se han ensanchado más allá de lo que comprendían en la vida terrenal, y que ha aumentado su interés en la obra del Señor a la cual dedicaron su vida y su mejor servicio. […] Tengo en el corazón el sentimiento de que estoy en la presencia no solo del Padre y del Hijo, sino también de aquellos a quienes Dios comisionó, levantó e inspiró para poner los cimientos de la obra en la que estamos ocupados. (En Clark, Mensajes de la Primera Presidencia 5:6).
Sabemos que la lealtad a José Smith y a la Restauración producirá abundantes recompensas para cada miembro de la Iglesia y dará como resultado conversiones milagrosas por toda la tierra. Parley P. Pratt escribió:
Mientras visitaba al hermano José en Filadelfia, se puso a su disposición una iglesia muy grande para que predicara en ella, y unas tres mil personas se reunieron para escucharlo. El hermano Rigdon habló primero y se extendió sobre el Evangelio, ilustrando su doctrina con la Biblia. Cuando terminó, el hermano José se levantó como un león a punto de rugir y, lleno del Espíritu Santo, habló con gran poder, dando testimonio de las visiones que había visto, de la ministración de ángeles de la que había disfrutado y de cómo había encontrado las planchas del Libro de Mormón y las había traducido por el don y el poder de Dios. Comenzó diciendo que, «si nadie más tenía el valor de testificar de un mensaje tan glorioso del Cielo y del hallazgo de un registro tan glorioso, él se sentía impulsado a hacerlo por justicia al pueblo y a dejar el resultado en manos de Dios».
Toda la congregación quedó asombrada, como electrizada, y sobrecogida por la percepción de la verdad y el poder con que hablaba y de las maravillas que relataba. Se produjo una impresión duradera; muchas almas fueron recogidas en el redil. Y doy testimonio de que él, mediante su testimonio fiel y poderoso, limpió sus vestidos de la sangre de ellos. Multitudes se bautizaron en Filadelfia y en las regiones circundantes; al mismo tiempo, surgían ramas en Pensilvania, en Jersey y en diversas direcciones. (Autobiografía de Parley P. Pratt, págs. 298–299).
Escogemos las palabras del élder Pratt para concluir este volumen, un tributo que también señala nuestro deber de edificar sobre el fundamento sólido y eterno que colocó el cabeza de esta dispensación.
Él ha organizado el reino de Dios. Nosotros extenderemos su dominio.
Él ha restaurado la plenitud del Evangelio. Nosotros la difundiremos.
Él ha puesto los cimientos de Nauvoo. Nosotros la edificaremos.
Él ha puesto los cimientos del Templo. Nosotros colocaremos la piedra de coronamiento con aclamaciones.
Él ha encendido un fuego. Nosotros avivaremos la llama.
Él ha hecho despuntar el alba de un día de gloria. Nosotros lo llevaremos a su esplendor meridiano.
Él era un «pequeño» y llegó a ser mil. Nosotros somos pocos y llegaremos a ser una nación poderosa.
En resumen, él extrajo la piedra del monte; nosotros haremos que se convierta en un gran monte y llene toda la tierra. (Estrella Milenaria 5:151–152).
Que el Señor nos bendiga a todos para ser leales a la obra que puso en marcha José Smith, el Vidente escogido, y que siempre estemos en armonía con sus sucesores en la presidencia de la Iglesia restaurada —y, por tanto, con Aquel a quien pertenece esta iglesia— es nuestra sincera oración.


























