Apéndice A:
Relato de la Primera Visión de 1832
*Este relato de 1832 fue dictado por el profeta José Smith a Frederick G. Williams entre el verano de 1832 y finales de noviembre de ese año.*
Una historia de la vida de José Smith, hijo, un relato de su maravillosa experiencia y de todos los hechos poderosos que realiza en el nombre de Jesucristo, el Hijo del Dios viviente, de quien da testimonio, y también un relato del surgimiento de la iglesia de Cristo en el atardecer de los tiempos, según el Señor la sacó a luz y la estableció por su mano; habiendo él recibido el testimonio de lo alto; segundo, la ministración de ángeles; tercero, la recepción del santo sacerdocio por la ministración de ángeles para administrar la letra del Evangelio y las ordenanzas; cuarto, una confirmación y recepción del sumo sacerdocio según el santo orden del Hijo del Dios viviente, poder y ordenanza de lo alto para predicar el Evangelio mediante la administración y demostración del Espíritu, habiéndosele conferido las llaves del reino de Dios y continuando sobre él las bendiciones de Dios, etc. Nací en el pueblo de Sharon, en Vermont, Norteamérica, el día veintitrés de diciembre del año de nuestro Señor de 1805, de buenos padres que no escatimaron esfuerzos para instruirme en la religión cristiana. Cuando tenía unos diez años, mi padre, Joseph Smith, padre, se trasladó a Palmyra, condado de Ontario, en el estado de Nueva York; y, como nos hallábamos en circunstancias de pobreza, nos vimos obligados a trabajar arduamente para sostener a una familia numerosa de nueve hijos. Puesto que se requerían los esfuerzos de todos los que podían prestar alguna ayuda para el sustento de la familia, nos vimos privados del beneficio de una educación. Baste decir que apenas fui instruido en lectura, escritura y los fundamentos de la aritmética, lo cual constituyó toda mi preparación académica. Aproximadamente a los doce años, mi mente comenzó a impresionarse profundamente con respecto a los asuntos de suma importancia relacionados con el bienestar de mi alma inmortal, lo que me llevó a escudriñar las Escrituras, creyendo, como se me había enseñado, que contenían la palabra de Dios. Al dedicarme así a ellas, y por mi trato cercano con personas de distintas denominaciones, llegué a maravillarme sobremanera, pues descubrí que, en lugar de adornar lo que profesaban con un andar santo y una conducta piadosa conforme a lo que encontraba en aquel depósito sagrado, no lo hacían, y esto afligía mi alma. Así, desde los doce hasta los quince años, medité muchas cosas en mi corazón acerca de la situación del mundo de los seres humanos, las contenciones y divisiones, la iniquidad y las abominaciones, y las tinieblas que invadían la mente del género humano. Mi mente llegó a angustiarse sobremanera, pues adquirí conciencia de mis pecados y, al escudriñar las Escrituras, descubrí que el género humano no acudía al Señor, sino que había apostatado de la fe verdadera y viviente, y que no había sociedad ni denominación que estuviera edificada sobre el Evangelio de Jesucristo tal como se registra en el Nuevo Testamento. Sentí el deseo de lamentarme por mis propios pecados y por los pecados del mundo, pues aprendí en las Escrituras que Dios era el mismo ayer, hoy y para siempre, que no hacía acepción de personas, porque era Dios. Pues contemplaba el sol, la gloriosa lumbrera de la tierra, y también la luna, que recorrían los cielos en su majestad, y también las estrellas que brillaban en sus cursos, y asimismo la tierra sobre la que me hallaba, las bestias del campo, las aves del cielo y los peces de las aguas, y también al hombre que caminaba sobre la faz de la tierra con majestad y con la fuerza de la hermosura, cuyo poder e inteligencia para gobernar las cosas son tan sumamente grandes y maravillosos, aun a semejanza de Aquel que lo creó. Y cuando consideraba estas cosas, mi corazón exclamaba: Bien ha dicho el sabio: «Dice el necio en su corazón: No hay Dios». Mi corazón exclamaba: Todas, todas estas cosas dan testimonio y manifiestan un poder omnipotente y omnipresente, un Ser que establece leyes y decreta y mantiene todas las cosas dentro de sus límites, que llena la eternidad, que fue, es y será de eternidad en eternidad. Y cuando consideré todas estas cosas, y que ese Ser busca que lo adoren quienes lo adoren en espíritu y en verdad, clamé al Señor pidiendo misericordia, pues no había nadie más a quien pudiera acudir para obtener misericordia. Y el Señor oyó mi clamor en el yermo, y mientras me encontraba en actitud de invocar al Señor,2 una columna de fuego, de luz más brillante que el sol al mediodía, descendió de lo alto y reposó sobre mí, y fui lleno del Espíritu de Dios. Y Él abrió los cielos ante mí, y vi al Señor, y me habló, diciendo: José, tus pecados te son perdonados. Sigue tu camino, anda en mis estatutos y guarda mis mandamientos. He aquí, yo soy el Señor de gloria. Fui crucificado por el mundo para que todos los que crean en mi nombre tengan vida eterna. El mundo yace en el pecado en este tiempo, y no hay quien haga lo bueno, no, ni uno. Se han apartado del Evangelio y no guardan mis mandamientos. Se acercan a mí con sus labios, mientras que su corazón está lejos de mí; y mi ira se enciende contra los habitantes de la tierra para visitarlos conforme a su impiedad y para llevar a cabo lo que se ha hablado por boca de los profetas y apóstoles. He aquí, vengo pronto, como está escrito de mí, en la nube, en la gloria de mi Padre. Y mi alma se llenó de amor, y durante muchos días pude regocijarme con gran gozo, y el Señor estaba conmigo, pero no pude encontrar a nadie que creyera en la visión celestial. No obstante, […] caí en transgresiones y pequé en muchas cosas que causaron una herida en mi alma, y ocurrieron muchas cosas que no pueden escribirse, y la familia de mi padre ha sufrido muchas persecuciones y aflicciones.


























