Joseph Smith El Vidente Escogido

Parte 1

José Smith: un revelador de la verdad


La verdad es el “mormonismo”. Dios es su autor. Él es nuestro escudo. Por Él recibimos nuestro nacimiento. Fue por Su voz que fuimos llamados a una dispensación de Su Evangelio al principio del cumplimiento de los tiempos. Por Él recibimos el Libro de Mormón; y por Él permanecemos hasta el día de hoy; y por Él permaneceremos, si ha de ser para nuestra gloria. —José Smith (Enseñanzas, pág. 139)


Un profeta es un maestro. Su tema es Cristo y el plan de salvación. La medida de su grandeza se encuentra en la amplitud y profundidad de lo que enseña. El Señor mismo dio la prueba mediante la cual hemos de evaluar el ministerio de todos los que profesan trabajar en Su nombre: “Así que, por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:20; véase también 3 Nefi 14:16). Las mejores evidencias del ministerio profético de José Smith son las doctrinas que enseñó. Fue el mayor revelador o maestro de Cristo que el mundo haya conocido jamás. Por medio de él hemos aprendido más acerca del plan de salvación que por medio de cualquier otro hombre que haya vivido, con la sola excepción de Jesús. Todas esas doctrinas llevan en sí mismas un testimonio de su origen divino. Consideren estas palabras escritas por el Profeta: “Porque la palabra del Señor es verdad, y lo que es verdad es luz, y lo que es luz es Espíritu, a saber, el Espíritu de Jesucristo. Y el Espíritu da luz a todo hombre que viene al mundo; y el Espíritu ilumina a todo hombre en el mundo que escucha la voz del Espíritu” (Doctrina y Convenios 84:45–46).

En esos versículos se nos enseña que todos los seres humanos nacen con la capacidad de conocer y reconocer las verdades de la salvación. ¡Tales verdades no son misterios incomprensibles! Todos los hijos de Dios han de conocerlas, sentirlas y creer en ellas. Su comprensión está al alcance de toda alma que desee conocerlas. Nadie tiene justificación para rechazar las revelaciones del cielo. Todas las revelaciones llevan en sí mismas la evidencia de su autenticidad, y todos los hijos de Dios —sea elevada o humilde su posición, sean jóvenes o ancianos— están dotados divinamente de la capacidad de ver la luz y sentir su calor.

Además, la luz que proviene de la palabra de Dios aumenta en proporción a la atención y diligencia que se le presten. “Lo que es de Dios es luz; y el que recibe luz y persevera en Dios, recibe más luz, y esa luz se hace más y más resplandeciente hasta el día perfecto” (Doctrina y Convenios 50:24). Por tanto, solo quienes viven los principios correspondientes ven la plenitud de la luz de la verdad del Evangelio. La verdadera profesión de fe debe estar sustentada por las obras de la fe. Vivir un principio es tan inseparable de comprenderlo como lo es la fe de las obras, según declaró Santiago (véase Santiago 2:14–26).

Los principios revelados por medio del profeta José Smith invitan a todos los que los escuchan a permanecer en la luz. Son principios acompañados de una promesa. No se pueden vivir sin llegar a saber que son verdaderos. “Hay una ley, irrevocablemente decretada en el cielo antes de la fundación de este mundo, sobre la cual todas las bendiciones se basan; y cuando recibimos una bendición de Dios, es porque se obedece aquella ley sobre la cual se basa” (Doctrina y Convenios 130:20–21).

La evidencia perfecta de que José Smith fue y es un profeta de Dios se encuentra en las doctrinas que enseñó. En esta sección recurrimos a doce de esas evidencias o doctrinas restauradas a la tierra por medio de su ministerio. Cada doctrina contiene una luz propia que da fe de su veracidad, y cada una contiene la promesa de que, al vivir el principio correspondiente, se hallará una luz aún mayor.


Capítulo 1

La apertura de los cielos

La mejor manera de obtener verdad y sabiduría no es pedirlas a los libros, sino acudir a Dios en oración y obtener enseñanza divina. —José Smith (Enseñanzas, pág. 191)
Si pudieran contemplar el cielo durante cinco minutos, sabrían más de lo que sabrían al leer todo lo que se haya escrito sobre el tema. —José Smith (Enseñanzas, pág. 324)


Si hemos de creer en la Biblia, entonces, durante un período de cuatro mil años, desde la época de Adán hasta la de los Apóstoles del meridiano de los tiempos, el Dios del cielo conversó libremente con los hombres. El testimonio de las Santas Escrituras es que, si el Señor tenía un pueblo al que reconocía como Suyo, le revelaba Su voluntad y Sus propósitos por medio de profetas y Apóstoles. Tras la muerte de los Doce del meridiano de los tiempos, Dios guardó silencio y, según la tradición cristiana, desde entonces no se ha vuelto a oír Su voz. Tenemos la Biblia, nos dicen, y eso es suficiente.

Aunque mantenemos los más profundos sentimientos de reverencia por la Biblia, aun así nos sentimos obligados a preguntar: “¿Pueden la Iglesia y el reino de Dios ser gobernados por un libro?”. Curiosamente, la Biblia misma no contiene siquiera la más vaga insinuación de que ella, en lugar de los profetas y Apóstoles vivientes, deba asumir la función de portavoz de Dios. De hecho, ninguna exhortación aparece con mayor frecuencia en sus páginas que la sencilla instrucción de que continuemos comunicándonos directamente con los cielos y sostengamos a aquellos a quienes Dios ha escogido para ministrar y hablar en Su nombre.

El espíritu de revelación

El argumento de quienes han escogido ser gobernados por un libro es que el Espíritu de Dios les habla por medio del texto antiguo, manteniéndolo así siempre vigente. El argumento no carece de cierta validez. Ciertamente, cuando las Escrituras se leen bajo la guía del Espíritu, su mensaje puede volver a arder en nuestro corazón, sin importar cuánto tiempo haya transcurrido desde que se escribió; y, sin duda, el Espíritu puede revestir un texto antiguo de una aplicación apropiada para la actualidad. Sin embargo, esto no constituye un argumento a favor de la doctrina de que la Biblia es suficiente. No respalda la idea de que los ángeles ya no puedan ministrar a los hombres, de que Dios ya no nos hable directamente, de que no haya profetas, de que los hombres y las mujeres humildes y temerosos de Dios ya no puedan tener sus propios sueños ni ver visiones, de que ya no puedan escribirse Escrituras, de que los padres rectos ya no puedan profetizar a sus hijos e hijas, ni de que una madre ya no pueda hablar a sus hijos por el espíritu de revelación para bendecirlos y protegerlos. No puede presentarse ningún texto bíblico que respalde tales conclusiones.

Quizás la mayor revelación de nuestra dispensación sea la revelación de que la revelación nunca ha de cesar. Nadie lo ha enseñado con mayor claridad que Nefi, el profeta del Libro de Mormón, cuando dijo: “Sí, ¡ay de aquel que diga: Hemos recibido, y no necesitamos más! […] Porque he aquí, así dice el Señor Dios: Daré a los hijos de los hombres línea por línea, precepto por precepto, un poco aquí y un poco allí; y benditos son aquellos que escuchan mis preceptos y prestan atención a mis consejos, porque aprenderán sabiduría; pues a quien reciba, le daré más; y a los que digan: Tenemos bastante, les será quitado aun lo que tuvieren” (2 Nefi 28:27, 30).

La primera gran revelación de esta dispensación fue la revelación que condujo a José Smith a la Arboleda Sagrada. Provino de la Biblia, pero no se detuvo en la Biblia. José Smith leyó las palabras de Santiago que invitan a todos los que tienen falta de sabiduría a pedirla a Dios (véase Santiago 1:5). Santiago no instó a quienes buscaban sabiduría a encontrarla en las Santas Escrituras ni a buscarla en las experiencias de quienes habían vivido en épocas pasadas; más bien, los dirigió a encontrarla en los cielos. Es posible que Santiago mismo nunca hubiera poseído un libro de Escrituras. Sin embargo, había llegado a saber cómo obtener el conocimiento del cielo. Acerca de la exhortación de Santiago de buscar sabiduría pidiéndola a Dios, José Smith dijo: “Ningún pasaje de las Escrituras jamás penetró el corazón de un hombre con más fuerza que este en esta ocasión, el mío” (José Smith—Historia 1:12). Aquí tenemos el ejemplo perfecto de un texto antiguo que habla de nuevo por el poder de la revelación; sin embargo, Santiago no está dando fe de que un libro sea suficiente. Nos está dirigiendo a la fuente original de todos los libros inspirados. ¡Ciertamente, el mayor valor de la Biblia no está en las respuestas que da, sino en su certeza de que Dios da respuestas! La Biblia es una historia de personas que poseían las verdades de la salvación. Su testimonio es que la religión verdadera es tanto inmediata como personal. El bautismo de Cristo a manos de Juan el Bautista abrió los cielos para Él. Se nos dice que cumplió toda justicia en esa sagrada ordenanza (véanse Mateo 3:15; 2 Nefi 31:6–7). Sin embargo, el bautismo de Cristo no nos remite ni un solo pecado. Debemos recibir nuestro propio bautismo. Debemos abrir los cielos mediante nuestra propia rectitud. Mientras traducían el Libro de Mormón, José Smith y Oliver Cowdery aprendieron cómo Cristo había restablecido la ordenanza del bautismo entre los nefitas. José y Oliver no supusieron que recibieran alguna gracia salvadora por leer acerca del bautismo de otras personas; más bien, se retiraron al bosque para preguntar al Señor cómo podían ser bautizados ellos también y, al igual que Juan y Jesús, fueron testigos de la apertura de los cielos.

Volviendo a la promesa de Santiago, José Smith dijo: “Pareció introducirse con inmenso poder en cada fibra de mi corazón” (José Smith—Historia 1:12). Esta es una descripción perfecta del espíritu de revelación. Una de las maneras en que Dios nos habla es por medio de nuestros sentimientos. La revelación no tiene que incluir el uso de palabras. La verdad debe sentirse en lo más profundo de nuestra alma antes de que pueda obrar debidamente en nuestra mente. Estos sentimientos del corazón no añaden nada al canon de las Escrituras; sencillamente amplían su alcance. Sin embargo, lo que nunca hacen es exigir que cerremos nuestro corazón a la voz audible de Dios.

“Lo medité repetidas veces [la invitación a pedir a Dios]”, dijo José Smith, “sabiendo que si alguien necesitaba sabiduría de Dios, esa persona era yo; porque no sabía cómo proceder, y a menos que obtuviera mayor conocimiento del que hasta entonces tenía, jamás llegaría a saber; porque los maestros religiosos de las diferentes sectas interpretaban los mismos pasajes de las Escrituras de un modo tan distinto, que destruían toda esperanza de resolver el problema recurriendo a la Biblia” (ibíd.). Tal fue la revelación que abrió por primera vez los cielos en nuestra dispensación. Fue una revelación privada y personal. No contenía palabras y, sin embargo, su manifestación fue clara e innegable. Como todas las revelaciones verdaderas, no era sino una preparación para otras revelaciones mayores que vendrían después. “Lo que es de Dios es luz; y el que recibe luz y persevera en Dios, recibe más luz, y esa luz se hace más y más resplandeciente hasta el día perfecto” (Doctrina y Convenios 50:24).

Así fue como el joven José Smith, guiado por el espíritu de revelación, buscó consejo de Dios conforme a la promesa de Santiago. Según un antiguo relato periodístico, José dijo: “Inmediatamente salí al bosque donde mi padre tenía un claro, y fui hasta el tocón en el que había dejado clavada mi hacha al terminar de trabajar” (citado en Milton V. Backman, hijo, La Primera Visión de José Smith, pág. 176; para consultar los relatos de 1832, 1835 y la carta a Wentworth, véase el apéndice de este libro). “Después de haberme retirado al lugar que previamente había designado, mirando a mi derredor y encontrándome solo, me arrodillé y empecé a elevar a Dios el deseo de mi corazón” (José Smith—Historia 1:15). El joven José acudió sin exigencias. No tenía ideas preconcebidas acerca de cuál debía ser la respuesta. Acudió revestido de la pureza, la inocencia y la fe inquebrantable propias de la juventud. De la descripción que José hizo de los acontecimientos posteriores, aprendemos que, antes de quedar inmerso en la luz del cielo, se enfrentó a los poderes de las tinieblas. En esto vemos un modelo común a prácticamente todos los que buscan las verdades del cielo.

José apenas había comenzado a orar cuando fue “dominado” por un poder que, según dijo, “me sujetó por completo, y surtió tan asombrosa influencia en mí que se me trabó la lengua de modo que no pude hablar. Una espesa obscuridad se cernió sobre mí, y por un tiempo me pareció que estaba destinado a una destrucción repentina. Mas esforzándome con todo mi aliento para pedirle a Dios que me librara del poder de este enemigo que se había apoderado de mí, y en el momento preciso en que estaba para hundirme en la desesperación y entregarme a la destrucción —no a una ruina imaginaria, sino al poder de un ser efectivo del mundo invisible que ejercía tan asombroso dominio sobre mí como yo nunca había sentido en ningún otro ser—, precisamente en este momento de tan grande alarma vi una columna de luz, más brillante que el sol, directamente arriba de mi cabeza; y esta luz gradualmente descendió hasta descansar sobre mí” (José Smith—Historia 1:15–16).

Solo la luz del cielo podía liberarlo de los poderes de las tinieblas que lo tenían sujeto. Aunque aquella luz descendió sobre él de manera gradual o natural, su gloria superaba todo lo terrenal. La describió como una “columna de luz” (José Smith—Historia 1:16) que “eclipsaba al sol del mediodía” (Los documentos de José Smith, 1:430). En aquella luz vio a “dos Personajes, cuyo fulgor y gloria no admiten descripción, en el aire arriba de mí” (José Smith—Historia 1:17), y “que se parecían exactamente el uno al otro en sus rasgos y apariencia” (Backman, La Primera Visión de José Smith, pág. 169). También dijo que “vio a muchos ángeles en esta visión” (Documentos, 1:127).

Llamando a José por su nombre, uno de aquellos Personajes dijo, “señalando al otro: Este es mi Hijo Amado: ¡Escúchalo!”. José preguntó a cuál de todas las iglesias debía unirse, y se le respondió que “no debía unirme a ninguna, porque todas estaban en error; y el Personaje que me habló dijo que todos sus credos eran una abominación a su vista; que todos aquellos profesores se habían pervertido; que: ‘con sus labios me honran, pero su corazón lejos está de mí; enseñan como doctrinas los mandamientos de los hombres, teniendo apariencia de piedad, mas negando la eficacia de ella’” (José Smith—Historia 1:17, 19).

Testimonio competente

En el mundo religioso existen dos objeciones fundamentales a que José Smith o cualquier otro hombre reciba revelación que vaya más allá de lo que ahora se encuentra en la Biblia. La primera objeción es que ninguna revelación privada puede demostrarse a los demás. La segunda es que admitir que Dios podría aparecerse a alguien crea la posibilidad de ser engañados por el desvarío moral o intelectual de quien profesa haber recibido tal manifestación. Las experiencias de José Smith dan respuesta a ambas inquietudes. En primer lugar, se invita a todos a hacer lo que él hizo; es decir, a pedir a Dios. No es necesario que se repita la teofanía de la Arboleda Sagrada, pero puede esperarse que el Espíritu confirme, de maneras reconocibles e inequívocas, la veracidad de lo que José afirmó. Este proceso no exige del creyente —que tenga fe— más de lo que exige la Biblia.

En cuanto a la segunda inquietud, la de no aceptar crédulamente lo que equivale a una u otra forma de desvarío, se argumenta que solo una señal de conocimiento o poder milagrosos podría dar credibilidad a la afirmación de alguien de haber abierto los cielos. No tenemos objeción alguna a tal conclusión. Si Dios era un Dios de milagros en la antigüedad, debe serlo también hoy. En efecto, corresponde que haya un milagro tangible, y ¿qué mejor manera de responder a esa necesidad que con un libro entregado por un ángel y que contiene enseñanzas directamente pertinentes para nuestra época? El libro debe salir a luz en circunstancias que descarten la posibilidad de que haya sido inventado, a fin de que constituya una evidencia indiscutible del llamamiento divino de quien lo da a conocer. Las circunstancias en que salió a luz el Libro de Mormón responden perfectamente a este requisito. Aquí tenemos a un joven prácticamente carente de instrucción que traduce una historia sumamente compleja mientras, al mismo tiempo, establece una estructura doctrinal que confunde las nociones doctrinales de la época y coloca un fundamento que sostiene sin dificultad todas las revelaciones de esta, la dispensación del cumplimiento de los tiempos.

José Smith ha respaldado su afirmación de poseer el oficio profético conforme al orden antiguo de las cosas: por boca de dos o más testigos. Primero vino un tomo de Escrituras que contiene el testimonio de los antiguos. Después vino el tomo de Escrituras que registra las revelaciones de nuestros días. Cada tomo constituye una confirmación de todas las verdades bíblicas, al tiempo que las ilumina con una maravillosa luz adicional. Nunca ha conocido la tierra a un profeta para cuyo oficio profético exista tanta evidencia como la que existe para el profeta José Smith.

En un tribunal de justicia, la competencia de una persona como testigo se basa en su conocimiento. Si no sabe nada, no puede testificar de nada. El valor de un testimonio se mide por la cantidad de luz que arroja sobre el asunto que debe resolverse. Así sucede en el ámbito de las cosas espirituales. Los testigos son testigos competentes de Cristo y de Su Evangelio solo en la medida en que permanecen en la luz del cielo. Lo que está en cuestión es lo que saben y lo que están preparados para enseñar. Para que tenga valor, su testimonio no puede ser de oídas. Su conocimiento debe ser de primera mano. Debe estar arraigado en el cielo. Su fuente debe ser la apertura de los cielos. Nadie ha enseñado ese principio mejor que José Smith. “La mejor manera de obtener verdad y sabiduría no es pedirlas a los libros”, dijo, “sino acudir a Dios en oración y obtener enseñanza divina” (Enseñanzas, pág. 191). Y también: “Si pudieran contemplar el cielo durante cinco minutos, sabrían más de lo que sabrían al leer todo lo que se haya escrito sobre el tema” (ibíd., pág. 324).

No conocemos a ninguna persona en la historia de la tierra, salvo nuestro Señor mismo, que estuviera tan familiarizada con las doctrinas del cielo como el profeta José Smith. Por el poder de su sacerdocio, Noé hizo descender las lluvias del cielo para limpiar una tierra corrupta de todo lo impuro. Por ese mismo poder, José Smith hizo descender las lluvias de revelación, verdades que también cubrirán la tierra, tal como profetizó Isaías cuando dijo que “la tierra estará llena del conocimiento de Jehová, como las aguas cubren el mar” (Isaías 11:9). Si la estatura de un profeta se mide por el conocimiento que obtenemos de él, José Smith no tiene igual entre los profetas de la historia de la tierra. Él está a la cabeza de la dispensación del cumplimiento de los tiempos. Este es el período de la historia de la tierra en el que la plenitud de todas las dispensaciones anteriores, junto con una multitud de gloriosas verdades desconocidas en cualquier dispensación, ha de ser impartida desde los cielos en un poderoso torrente de luz en el que los puros de corazón serán bautizados o sumergidos en el Espíritu de verdad.

Al hablar de esta gran obra de restauración realizada por la mano del profeta José Smith, el Señor dijo: “Y así he enviado mi convenio sempiterno al mundo, a fin de que sea una luz al mundo y un estandarte a mi pueblo, y para que lo busquen los gentiles, y para que sea un mensajero delante de mi faz, preparando el camino delante de mí” (Doctrina y Convenios 45:9). Son las verdades salvadoras del Evangelio las que constituyen el mensajero que prepara el camino delante del Señor. Cuando la profecía declaró que, en los últimos días, el Señor vendría súbitamente a Su templo, no se refería simplemente a un edificio de mortero y piedra. El testimonio de que Cristo es el Hijo de Dios también debe aparecer en el corazón y en la mente de los hombres, pues solo este es el templo que perdurará a través de los mundos eternos.

La tierra no ha presenciado un diluvio de revelación mayor que el que ocurrió desde la primavera de 1820 hasta la muerte del Profeta en junio de 1844. Nunca, en un período tan breve, se han registrado tantas revelaciones, se han restaurado tantos manuscritos de la antigüedad ni han aparecido tantos mensajeros del mundo invisible para impartir instrucción y conferir sacerdocio, llaves y poder. ¿Qué estudiante de la Biblia no se ha maravillado ante las doctrinas enseñadas y los prodigios realizados por los profetas y Apóstoles de épocas pasadas? Sin embargo, el conjunto de tales experiencias no puede superar los acontecimientos que establecieron el fundamento de esta, la mayor de todas las dispensaciones del Evangelio. Nuestra dispensación proyecta la sombra bajo la cual los profetas bíblicos anhelaban estar.

En una visión maravillosa y extensa, Enoc vio nuestros días y los describió como una época en la que el Señor enviaría “justicia” desde los cielos y en la que la “verdad” brotaría de la tierra. Esta unión del cielo y de la tierra habría de dar testimonio del Unigénito, de Su resurrección y, por tanto, de la resurrección de todos los hombres. Esta maravillosa unión de justicia y verdad, nos dijo Enoc, barrería entonces la tierra como con un diluvio para recoger a los escogidos de cada uno de sus extremos en un lugar que Dios prepararía, “una Ciudad Santa, a fin de que mi pueblo ciña sus lomos y espere el tiempo de mi venida; porque allí estará mi tabernáculo, y se llamará Sion, una Nueva Jerusalén” (Moisés 7:62).

Fue José Smith quien inició la apertura de los cielos de la que habló Enoc; fue José Smith quien sacó a luz la “verdad” que por largo tiempo había permanecido sellada en la tierra para testificar del Unigénito; y fue José Smith quien puso los cimientos de Sion, nos enseñó acerca de la Nueva Jerusalén y comenzó la gran labor de recoger a Israel de los cuatro extremos de la tierra. José Smith no profesó ninguna doctrina que no tuviera su origen en la revelación. Además, enseñó que ninguna doctrina podía enseñarse a menos que se enseñara por el espíritu de revelación, pues ese era el Espíritu por el cual había llegado (véase Doctrina y Convenios 50:10–25). Por lo tanto, es natural que prácticamente toda crítica de esta gran obra de restauración se reduzca a la negativa del crítico a admitir que Dios puede hablar y que esta generación puede gozar de comunión con los cielos, como lo hicieron los antiguos.

Conclusión

La cuestión está claramente planteada. La gran pregunta que debe responderse en esta última era de gracia es: ¿Fue José Smith llamado por Dios? Si José Smith es el profeta llamado por Dios para estar a la cabeza de la mayor de todas las dispensaciones del Evangelio, entonces debe haber recibido revelaciones, y esas revelaciones deben contener las doctrinas, el Espíritu y el poder del cielo. Su testimonio es lo que enseñó. Su condición de profeta debe descansar en la fuerza y el poder del mensaje que proclamó. En este tomo lo juzgaremos conforme a esa norma. Lo que sus críticos dijeron de él no nos importa más que lo que los críticos de Jesús de Nazaret dijeron de Él. No fuimos testigos de los milagros de Cristo, ni tuvimos el privilegio de seguirlo y escucharlo, pero tenemos Sus enseñanzas —al menos una parte de ellas— y conocemos el Espíritu por el cual se enseñaron y el fruto que producen. Tal fue la norma de juicio que el Salvador nos instó a seguir cuando dijo: “Así que, por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:20). Se invita ahora al lector a deleitarse con el fruto de la doctrina que nos fue restaurada por conducto del profeta José Smith.

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