Apéndice C
La carta a Wentworth
La carta a Wentworth fue escrita por el profeta José en respuesta a una solicitud de información acerca de los orígenes del mormonismo. Se publicó en el número del 1 de marzo de 1842 de Tiempos y Estaciones.
Nací en el pueblo de Sharon, condado de Windsor, Vermont, el 23 de diciembre del año de nuestro Señor de 1805. Cuando tenía diez años, mis padres se trasladaron a Palmyra, Nueva York, donde residimos unos cuatro años, y de allí nos mudamos al pueblo de Manchester.
Mi padre era agricultor y me enseñó el arte de cultivar la tierra. Cuando tenía unos catorce años, comencé a reflexionar sobre la importancia de estar preparado para un estado futuro y, al indagar acerca del plan de salvación, descubrí que existía un gran conflicto de opiniones religiosas. Si acudía a una sociedad, me remitían a un plan, y si acudía a otra, a otro; cada una señalaba su propio credo particular como el sumo bien de la perfección. Considerando que no todas podían tener razón y que Dios no podía ser el autor de tanta confusión, decidí investigar el asunto más a fondo, creyendo que, si Dios tenía una Iglesia, esta no estaría dividida en facciones, y que, si enseñaba a una sociedad a adorar de una manera y a administrar cierto conjunto de ordenanzas, no enseñaría a otra principios diametralmente opuestos. Como creía en la palabra de Dios, tenía confianza en la declaración de Santiago: «Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, quien da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada». Me retiré a un lugar apartado en una arboleda y comencé a invocar al Señor. Mientras me entregaba fervientemente a la súplica, mi mente fue apartada de los objetos que me rodeaban, y fui envuelto en una visión celestial y vi a dos personajes gloriosos que se parecían exactamente el uno al otro en sus rasgos y semejanza, rodeados de una luz brillante que eclipsaba al sol del mediodía. Me dijeron que todas las denominaciones religiosas creían en doctrinas incorrectas y que ninguna de ellas era reconocida por Dios como Su Iglesia y reino. Y se me mandó expresamente que «no las siguiera», al mismo tiempo que recibía la promesa de que en algún momento futuro se me daría a conocer la plenitud del Evangelio.
La noche del 21 de septiembre del año de nuestro Señor de 1823, mientras oraba a Dios y procuraba ejercer fe en las preciosas promesas de las Escrituras, de pronto irrumpió en la habitación una luz semejante a la del día, pero de una apariencia y un brillo mucho más puros y gloriosos. En verdad, a primera vista parecía como si la casa estuviera llena de un fuego consumidor; la aparición produjo una conmoción que afectó todo mi cuerpo. En un instante, un personaje se presentó ante mí, rodeado de una gloria aún mayor que aquella que ya me rodeaba. Este mensajero se identificó como un ángel de Dios enviado para traer las gozosas nuevas de que estaba próximo a cumplirse el convenio que Dios había hecho con el antiguo Israel; que la obra preparatoria para la segunda venida del Mesías comenzaría pronto; que estaba cerca el tiempo en que el Evangelio, en toda su plenitud, se predicaría con poder a todas las naciones, a fin de preparar a un pueblo para el reinado milenario.
Se me informó que había sido escogido para ser un instrumento en las manos de Dios a fin de llevar a cabo algunos de Sus propósitos en esta gloriosa dispensación.
También se me informó acerca de los habitantes aborígenes de este país y se me mostró quiénes eran y de dónde habían venido. Se me dio a conocer un breve bosquejo de su origen, progreso, civilización, leyes y gobiernos, de su rectitud e iniquidad y de cómo finalmente les fueron retiradas las bendiciones de Dios como pueblo. También se me dijo dónde estaban depositadas unas planchas sobre las cuales se había grabado un compendio de los anales de los antiguos profetas que habían existido en este continente. El ángel se me apareció tres veces esa misma noche y me explicó las mismas cosas. Después de haber recibido muchas visitas de los ángeles de Dios, que me explicaron la majestad y la gloria de los acontecimientos que habrían de ocurrir en los últimos días, la mañana del 22 de septiembre del año de nuestro Señor de 1827, el ángel del Señor entregó los anales en mis manos.
Estos anales estaban grabados sobre planchas que tenían la apariencia del oro; cada plancha medía seis pulgadas de ancho y ocho de largo, y era un poco más delgada que la hojalata común. Estaban llenas de grabados en caracteres egipcios y unidas en un volumen, como las hojas de un libro, mediante tres anillos que atravesaban el conjunto. El volumen tenía un grosor de unas seis pulgadas, y una parte de él estaba sellada. Los caracteres de la parte no sellada eran pequeños y estaban bellamente grabados. Todo el libro mostraba muchas señales de antigüedad en su elaboración y gran destreza en el arte del grabado. Junto con los anales se encontró un instrumento singular que los antiguos llamaban «Urim y Tumim», el cual consistía en dos piedras transparentes colocadas en la montura de un arco sujeto a un pectoral.
Por medio del Urim y Tumim traduje los anales por el don y el poder de Dios.
En este importante e interesante libro se expone la historia de la América antigua, desde su primer poblamiento por una colonia que vino de la torre de Babel, en la confusión de las lenguas, hasta principios del siglo quinto de la era cristiana. Estos anales nos informan que América estuvo habitada en tiempos antiguos por dos razas distintas de personas. A la primera se la llamaba jareditas, y vino directamente de la torre de Babel. La segunda raza vino directamente de la ciudad de Jerusalén, unos seiscientos años antes de Cristo. Eran principalmente israelitas, descendientes de José. Los jareditas fueron destruidos aproximadamente cuando llegaron de Jerusalén los israelitas, quienes los sucedieron en la posesión del país. La principal nación de la segunda raza cayó en batalla hacia finales del siglo cuarto. El resto son los indígenas que ahora habitan este país. Este libro también nos dice que nuestro Salvador se apareció en este continente después de Su resurrección; que estableció aquí el Evangelio en toda su plenitud, riqueza, poder y bendición; que tenían apóstoles, profetas, pastores, maestros y evangelistas; el mismo orden, el mismo sacerdocio, las mismas ordenanzas, dones, poderes y bendiciones de que se disfrutaba en el continente oriental; que el pueblo fue desarraigado a consecuencia de sus transgresiones; que al último de los profetas que existió entre ellos se le mandó escribir un compendio de sus profecías, historia, etc., y esconderlo en la tierra, y que este saldría a luz y se uniría a la Biblia para el cumplimiento de los propósitos de Dios en los últimos días. Para un relato más detallado, remitiría al Libro de Mormón, que puede adquirirse en Nauvoo o de cualquiera de nuestros élderes viajantes.
En cuanto se dio a conocer la noticia de este descubrimiento, informes falsos, tergiversaciones y calumnias volaron como en alas del viento en todas direcciones. La casa fue asediada con frecuencia por populachos y personas de malas intenciones; varias veces me dispararon y escapé por muy poco, y se recurrió a toda clase de artimañas para quitarme las planchas. Pero el poder y la bendición de Dios me acompañaron, y varios comenzaron a creer en mi testimonio.
El 6 de abril de 1830 se organizó por primera vez la «Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días» en el pueblo de Manchester, condado de Ontario, estado de Nueva York.1 Unos pocos fueron llamados y ordenados por el espíritu de revelación y profecía, y comenzaron a predicar según el Espíritu les concedía expresarse; y aunque eran débiles, fueron fortalecidos por el poder de Dios, y muchos fueron llevados al arrepentimiento, fueron sumergidos en el agua y fueron llenos del Espíritu Santo mediante la imposición de manos. Vieron visiones y profetizaron, se expulsaron demonios y se sanó a los enfermos mediante la imposición de manos. Desde entonces, la obra avanzó con asombrosa rapidez, y pronto se formaron iglesias en los estados de Nueva York, Pensilvania, Ohio, Indiana, Illinois y Misuri. En este último estado se estableció un asentamiento considerable en el condado de Jackson; muchos se unieron a la Iglesia y aumentábamos rápidamente. Hicimos grandes compras de tierras, nuestras granjas rebosaban de abundancia y se disfrutaba de paz y felicidad en nuestro círculo familiar y en todo nuestro vecindario. Pero como no podíamos unirnos a nuestros vecinos —muchos de los cuales eran hombres de la peor clase que habían huido de la sociedad civilizada a las regiones fronterizas para escapar de la justicia— en sus juergas de medianoche, su quebrantamiento del día de reposo, sus carreras de caballos y sus juegos de azar, comenzaron primero a ridiculizarnos, luego a perseguirnos y, finalmente, se reunió un populacho organizado que quemó nuestras casas, cubrió de brea y plumas y azotó a muchos de nuestros hermanos, y por último los expulsó de sus viviendas. Sin techo y sin hogar, contrariamente a la ley, la justicia y la humanidad, tuvieron que vagar por las desoladas praderas hasta que los niños dejaron las huellas de su sangre sobre ellas. Esto ocurrió en el mes de noviembre, y no tenían otra cubierta que la bóveda del cielo en aquella inclemente estación del año. El gobierno toleró este proceder y, aunque teníamos títulos de propiedad con garantía sobre nuestras tierras y no habíamos violado ninguna ley, no pudimos obtener reparación alguna.
Había muchos enfermos que fueron expulsados de sus casas de esta manera inhumana y tuvieron que soportar todos estos abusos y buscar hogar donde pudieran encontrarlo. El resultado fue que muchísimos de ellos, privados de las comodidades de la vida y de los cuidados necesarios, murieron; muchos niños quedaron huérfanos; muchas esposas, viudas; y muchos esposos, viudos. El populacho se apoderó de nuestras granjas; se llevaron muchos miles de cabezas de ganado vacuno, ovejas, caballos y cerdos, y nuestros enseres domésticos, mercancías, imprenta y tipos fueron destrozados, robados o destruidos de otras maneras.
Muchos de nuestros hermanos se trasladaron a Clay, donde permanecieron tres años, hasta 1836. No se ejerció violencia contra ellos, pero hubo amenazas de violencia. Sin embargo, en el verano de 1836, estas amenazas comenzaron a adquirir un carácter más grave. De las amenazas se pasó a convocar reuniones públicas, se aprobaron resoluciones, se amenazó con venganza y destrucción, y los asuntos volvieron a tomar un cariz alarmante. El condado de Jackson constituía un precedente suficiente y, como las autoridades de aquel condado no habían intervenido, se jactaban de que tampoco lo harían en este; al acudir a las autoridades, descubrimos que esto era muy cierto. Después de mucha violencia, privaciones y pérdida de bienes, fuimos expulsados nuevamente de nuestros hogares.
Después nos establecimos en los condados de Caldwell y Daviess, donde fundamos asentamientos grandes y extensos, pensando liberarnos del poder de la opresión al establecernos en condados nuevos con muy pocos habitantes. Pero tampoco allí se nos permitió vivir en paz, sino que en 1838 fuimos atacados nuevamente por populachos. El gobernador Boggs expidió una orden de exterminio y, al amparo de la ley, una banda organizada de bandidos recorrió el país y nos robó nuestro ganado vacuno, ovejas, cerdos, etc. Muchos de los nuestros fueron asesinados a sangre fría, se ultrajó la castidad de nuestras mujeres y se nos obligó, a punta de espada, a firmar la cesión de nuestras propiedades. Después de soportar toda indignidad que pudiera infligirnos una banda inhumana e impía de saqueadores, entre doce mil y quince mil almas —hombres, mujeres y niños— fueron expulsadas de sus hogares y de tierras sobre las cuales poseían títulos de propiedad con garantía, sin techo, sin amigos y sin hogar, en pleno invierno, para vagar como exiliados sobre la tierra o buscar asilo en un clima más benigno y entre un pueblo menos bárbaro.
Muchos enfermaron y murieron a consecuencia del frío y de las penalidades que tuvieron que soportar; muchas esposas quedaron viudas, y muchos niños, huérfanos y desamparados. Haría falta más tiempo del que se me concede aquí para describir la injusticia, los agravios, los asesinatos, el derramamiento de sangre, el robo, la miseria y la angustia que han causado las actuaciones bárbaras, inhumanas e ilegales del estado de Misuri.
En la situación antes descrita, llegamos al estado de Illinois en 1839, donde encontramos un pueblo hospitalario y un hogar acogedor; un pueblo dispuesto a regirse por los principios de la ley y de la humanidad. Hemos comenzado a edificar una ciudad llamada «Nauvoo» en el condado de Hancock. Aquí somos entre seis mil y ocho mil, además de muchísimos otros que viven en el condado circundante y en casi todos los condados del estado. Se nos ha concedido una carta constitutiva para la ciudad y otra para una legión cuyas tropas suman ahora mil quinientos hombres. También tenemos una carta constitutiva para una universidad y otra para una sociedad agrícola y manufacturera; tenemos nuestras propias leyes y administradores, y poseemos todos los privilegios de que disfrutan otros ciudadanos libres e ilustrados.
La persecución no ha detenido el progreso de la verdad, sino que solo ha añadido combustible a la llama; esta se ha extendido con creciente rapidez. Orgullosos de la causa que han abrazado y conscientes de su inocencia y de la verdad de su sistema, en medio de calumnias y oprobios, los élderes de esta Iglesia han salido y han establecido el Evangelio en casi todos los estados de la Unión. Ha penetrado en nuestras ciudades, se ha extendido por nuestras aldeas y ha llevado a miles de nuestros ciudadanos inteligentes, nobles y patriotas a obedecer sus mandatos divinos y a regirse por sus verdades sagradas. También se ha extendido a Inglaterra, Irlanda, Escocia y Gales. En el año de 1839, cuando se enviaron unos pocos de nuestros misioneros, más de cinco mil se unieron al estandarte de la verdad; ahora hay muchos que se unen en todas las tierras.
Nuestros misioneros están saliendo a diferentes naciones, y en Alemania, Palestina, Nueva Holanda, las Indias Orientales y otros lugares se ha enarbolado el estandarte de la verdad. Ninguna mano impía puede detener el progreso de la obra; podrán rugir las persecuciones, combinarse los populachos, reunirse los ejércitos y difamar la calumnia, pero la verdad de Dios seguirá adelante valerosa, noble e independientemente, hasta que haya penetrado en todo continente, visitado toda región, abarcado todo país y resonado en todo oído, hasta que se cumplan los propósitos de Dios y el gran Jehová diga que la obra está concluida.
Nosotros creemos en Dios el Eterno Padre, y en Su Hijo Jesucristo, y en el Espíritu Santo.
Creemos que los hombres serán castigados por sus propios pecados, y no por la transgresión de Adán.
Creemos que por la Expiación de Cristo, todo el género humano puede salvarse, mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del Evangelio.
Creemos que estas ordenanzas son: primero, Fe en el Señor Jesucristo; segundo, Arrepentimiento; tercero, Bautismo por inmersión para la remisión de los pecados; cuarto, Imposición de manos para comunicar el don del Espíritu Santo.
Creemos que el hombre debe ser llamado por Dios, por «profecía y la imposición de manos», por aquellos que tienen la autoridad, a fin de que pueda predicar el evangelio y administrar sus ordenanzas.
Creemos en la misma organización que existió en la Iglesia Primitiva, esto es, apóstoles, profetas, pastores, maestros, evangelistas, etc.
Creemos en el don de lenguas, profecía, revelación, visiones, sanidades, interpretación de lenguas, etc.
Creemos que la Biblia es la palabra de Dios hasta donde esté traducida correctamente; también creemos que el Libro de Mormón es la palabra de Dios.
Creemos todo lo que Dios ha revelado, todo lo que actualmente revela, y creemos que aún revelará muchos grandes e importantes asuntos pertenecientes al reino de Dios.
Creemos en la congregación literal del pueblo de Israel y en la restauración de las Diez Tribus. Que Sion será edificada sobre este continente [el americano]. Que Cristo reinará personalmente sobre la tierra, y que la tierra será renovada y recibirá su gloria paradisíaca.
Reclamamos el derecho de adorar a Dios Todopoderoso conforme a los dictados de nuestra propia conciencia, y concedemos a todos los hombres el mismo privilegio: que adoren cómo, dónde o lo que deseen.
Creemos en estar sujetos a los reyes, presidentes, gobernantes y magistrados; en obedecer, honrar y sostener la ley.
Creemos en ser honrados, verídicos, castos, benevolentes, virtuosos y en hacer el bien a todos los hombres; en verdad, podemos decir que seguimos la admonición de Pablo: «Todo lo creemos, todo lo esperamos»; hemos sufrido muchas cosas, y esperamos poder sufrir todas las cosas. Si hay algo virtuoso, o bello, o de buena reputación, o digno de alabanza, a esto aspiramos. Respetuosamente, etc.,
José Smith
- Nota: La ortografía, las supresiones y las inserciones de los apéndices siguen los manuscritos originales tal como se reproducen en Los documentos de José Smith, editado por Dean C. Jessee.


























