Capítulo 6
El significado y la fuente de la verdad
El Espíritu habla la verdad, y no miente. Por tanto, habla de las cosas como realmente son, y de las cosas como realmente serán. —Jacob 4:13
José Smith enseñó que venimos a la tierra para que nos sea “aumentad[o]” (véase Abraham 3:26): para obtener un cuerpo físico, aprender a dominar nuestros deseos y pasiones, desarrollar relaciones eternas y aumentar en luz y verdad. “En el conocimiento hay poder”, explicó. “Dios tiene más poder que todos los demás seres porque tiene mayor conocimiento; y, por consiguiente, sabe cómo sujetar a todos los demás seres a Él. Tiene poder sobre todos” (Enseñanzas, pág. 288). Además: “El hombre no se salva más rápidamente de lo que adquiere conocimiento, porque, si no adquiere conocimiento, será llevado cautivo por algún poder maligno en el otro mundo, ya que los espíritus malos tendrán más conocimiento y, por consiguiente, más poder que muchos hombres que están sobre la tierra”. Sin embargo, el Profeta no se refería al saber de los hombres. Más bien, necesitamos “revelación que nos ayude y nos dé conocimiento de las cosas de Dios” (ibíd., pág. 217). “La gloria de Dios es la inteligencia, o en otras palabras, luz y verdad”, registró José Smith en mayo de 1833. “La luz y la verdad desechan a aquel inicuo” (Doctrina y Convenios 93:36–37).
Crecer en la verdad
En nuestro primer estado —un período que duró eones— nos preparamos para la vida en la tierra. En aquel estado sin cuerpo físico aprendimos tanto por la observación como por la fe (véase Alma 13:3). En aquel mundo era necesario que estudiáramos y aprendiéramos y, por lo que se ha revelado, suponemos que el entorno favorecía tal aprendizaje y crecimiento. Por tanto, nuestra mente y nuestro espíritu están preparados para aprender, abiertos a adquirir nuevas perspectivas y dispuestos a recibir instrucción. El Profeta observó: “La organización de los mundos espirituales y celestiales, y de los seres espirituales y celestiales, estaba de acuerdo con el orden y la armonía más perfectos; sus límites y linderos se habían fijado irrevocablemente, y ellos mismos los habían aceptado voluntariamente en su estado celestial, y nuestros primeros padres los aceptaron sobre la tierra. De ahí la importancia de que todos los hombres sobre la tierra que esperan alcanzar la vida eterna abracen y acepten los principios de la verdad eterna” (Enseñanzas, pág. 325).
El profeta José señaló que la verdad abarca el tiempo y la eternidad, que lo que es verdadero en el presente era verdadero hace siglos y seguirá siendo verdadero dentro de eones. “La verdad es el conocimiento de las cosas como son, como eran y como han de ser” (Doctrina y Convenios 93:24). En cierto sentido, crecer en la verdad es crecer en el conocimiento de Cristo. “El Espíritu de verdad es de Dios. Yo soy el Espíritu de verdad” (Doctrina y Convenios 93:26), dijo el Maestro. Podemos llegar a saber acerca del Señor mediante el estudio. Solo llegamos a conocer al Señor cuando ese estudio se combina con la fe. Cristo no solo trajo luz a un mundo oscurecido y caído; Él es la Luz (véase 3 Nefi 11:11). No solo nos mostró el camino; Él es el Camino (véase Juan 14:6). No solo hizo posible la resurrección; Él es la Resurrección (véase Juan 11:25). Y Jesús de Nazaret no solo reveló y enseñó la verdad; Él es la Verdad (véase Juan 14:6). Poseer tal verdad es poseer un conocimiento de las cosas eternas, pues, como proclamó Jacob, “el Espíritu habla la verdad, y no miente. Por tanto, habla de las cosas como realmente son, y de las cosas como realmente serán; por tanto, estas cosas nos son manifestadas claramente para la salvación de nuestras almas” (Jacob 4:13).
Ciertamente, se nos ha puesto aquí en la tierra para aprender cuanto podamos de las ciencias, las artes, los idiomas, la historia y las culturas extranjeras, entre otras cosas. Y, en la medida en que lleguemos a ser competentes en algunos de estos campos, estaremos mejor preparados para presentar el Evangelio y sus verdades de una manera que resulte aceptable para un número cada vez mayor de personas.
Enseñaos diligentemente, y mi gracia os acompañará, para que seáis más perfectamente instruidos en teoría, en principio, en doctrina, en la ley del evangelio, en todas las cosas que pertenecen al reino de Dios, que os conviene comprender; de cosas tanto en el cielo como en la tierra, y debajo de la tierra; cosas que han sido, que son y que pronto han de acontecer; cosas que existen en el país, cosas que existen en el extranjero; las guerras y perplejidades de las naciones, y los juicios que se ciernen sobre el país; y también el conocimiento de los países y de los reinos, a fin de que estéis preparados en todas las cosas, cuando de nuevo os envíe a magnificar el llamamiento al cual os he nombrado y la misión con la que os he comisionado (Doctrina y Convenios 88:78–80; compárese con 90:15; 93:53).
Pero no todas las verdades tienen el mismo valor. Es valioso conocer la gravedad o las leyes del movimiento; es vital conocer la realidad de un Redentor. Es útil conocer las leyes de la termodinámica; es esencial saber cómo arrepentirse e invocar a Dios en el nombre de Su Hijo para recibir perdón. Además, algunas cosas son relativas; su composición o nuestra perspectiva sobre ellas pueden cambiar con nuevos descubrimientos o nuevas orientaciones. Las tendencias y modas sociales o las nuevas visiones del mundo pueden constituir tales “verdades”. Otras cosas son absolutas: están establecidas para siempre, son inmutables e inalterables. Su veracidad inherente no está determinada por la popularidad ni por el consenso. Las normas, los procedimientos y las prácticas pueden modificarse para satisfacer las necesidades de un mundo cambiante y de una Iglesia viviente: “Este es el principio por el cual se rige el gobierno del cielo: por revelación adaptada a las circunstancias en que se encuentran los hijos del reino” (Enseñanzas, pág. 256). Pero las doctrinas y los preceptos del plan de salvación —las verdades, las ordenanzas y los poderes salvadores por los cuales se creó el mundo, por los cuales los hombres y las mujeres son regenerados y renovados en Cristo, y por los cuales son levantados de entre los muertos y preparados para un reino de gloria— son absolutos y eternos.
Por el momento, podemos valorar los descubrimientos de la ciencia y las impresiones de los hombres, pero nos aferramos firmemente a la palabra revelada. Hugh Nibley nos ha recordado:
Las palabras de los profetas no pueden quedar sujetas a las pruebas provisionales y defectuosas que los hombres han ideado para ellas. La ciencia, la filosofía y el sentido común tienen derecho a ser escuchados ante el tribunal. Pero no tienen la última palabra. Cada vez que los hombres, en su sabiduría, han pronunciado la última palabra, pronto han seguido otras palabras. La última palabra es un testimonio del Evangelio que solo viene por revelación directa. Nuestro Padre Celestial la pronuncia, y si concordara perfectamente con la ciencia de hoy, seguramente estaría en desacuerdo con la ciencia de mañana. Por tanto, no procuremos sujetar a Dios a las opiniones eruditas del momento cuando Él habla el lenguaje de la eternidad (El mundo y los profetas, pág. 134).
Amplitud y certeza
El profeta José Smith logró el delicado equilibrio entre la aceptación de buena gana de la verdad que se encuentra en el mundo y la certeza inspirada por el Espíritu que acompaña al conocimiento de las cosas eternas. Por una parte, el Profeta tenía una mente y un corazón que, al igual que los de Enoc, se “ensa[ncharon] como la eternidad” (Moisés 7:41). Buscaba, reconocía y acogía la verdad, cualquiera que fuera su fuente. “¿Tienen alguna verdad los presbiterianos?”, preguntó. “Sí. ¿Tienen alguna verdad los bautistas, los metodistas, etc.? Sí. Todos tienen un poco de verdad mezclada con error. Debemos recoger todos los principios buenos y verdaderos que hay en el mundo y atesorarlos, o no llegaremos a ser verdaderos ‘mormones’” (Enseñanzas, pág. 316). “Uno de los grandes principios fundamentales del ‘mormonismo’ es recibir la verdad, venga de donde venga” (ibíd., pág. 313). Abrazar la fe de los Santos de los Últimos Días no exigía que se desechara la verdad; por el contrario, llegar a la plenitud de la verdad daba como resultado un aprecio aún más profundo por toda verdad. “No pedimos a ninguna persona que deseche el bien que posee; solo le pedimos que venga y obtenga más. ¿Qué sucedería si todo el mundo abrazara este Evangelio? Entonces todos estarían de acuerdo, y las bendiciones de Dios se derramarían sobre el pueblo, lo cual es el deseo de toda mi alma” (ibíd., pág. 275).
Por otra parte, José Smith testificaba con valentía que la obra que había llegado por medio de él era verdadera, provenía de Dios y era absolutamente esencial para la salvación de todos los hombres y las mujeres. Acerca de su propia experiencia en la Arboleda Sagrada, afirmó: “Efectivamente había visto una luz, y en medio de la luz vi a dos Personajes, los cuales en realidad me hablaron. […] Había visto una visión; yo lo sabía, y sabía que Dios lo sabía; y no podía negarlo, ni osaría hacerlo; por lo menos, sabía que haciéndolo, ofendería a Dios y caería bajo condenación” (José Smith—Historia 1:25). El Profeta se regocijó: “La verdad es el ‘mormonismo’. Dios es su autor. Él es nuestro escudo. Por Él recibimos nuestro nacimiento. Fue por Su voz que fuimos llamados a una dispensación de Su Evangelio al principio del cumplimiento de los tiempos. Por Él recibimos el Libro de Mormón; y por Él permanecemos hasta el día de hoy; y por Él permaneceremos, si ha de ser para nuestra gloria” (Enseñanzas, pág. 139).
José sabía que, aunque debe apreciarse la verdad que proviene de todos los ámbitos de la vida, en realidad hay “un Señor, una fe, un bautismo” (Efesios 4:5). En Su prefacio a Doctrina y Convenios, el Señor se refirió a la Iglesia restaurada como “la única iglesia verdadera y viviente sobre la faz de toda la tierra, con la cual yo, el Señor, estoy bien complacido” (Doctrina y Convenios 1:30). De igual manera, en una revelación a Sidney Rigdon, el Señor declaró: “Y no hay quien haga lo bueno sino los que están dispuestos a recibir la plenitud de mi evangelio, el cual he enviado a esta generación” (Doctrina y Convenios 35:12). Después de hablar del poder de la luz de Cristo para conducir a los hombres y a las mujeres al Evangelio del convenio, el Salvador declaró: “Y todo el mundo yace en el pecado, y gime bajo la obscuridad y la servidumbre del pecado. Y por esto sabréis que están bajo la servidumbre del pecado, porque no vienen a mí” (Doctrina y Convenios 84:49–50). En suma, el Profeta y los santos sabían y testificaban que La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días era la Iglesia del Señor, que era la depositaria de la plenitud del Evangelio sempiterno y que estaba preparando a un pueblo para la segunda venida del Hijo del Hombre.
La doctrina de la “única iglesia verdadera y viviente” ciertamente causó disensiones y dificultades a los primeros santos, tal como ocurre en nuestros días. “¿No deberíamos entonces hacer una concesión”, preguntó un apóstol moderno,
y dejar de lado esta doctrina? ¿No sería mejor que más personas aceptaran lo que quedara del Evangelio, en lugar de las relativamente pocas que se convierten ahora? […]
Algunos han recomendado que nos limitemos estrictamente a las evidencias del Evangelio: una vida familiar feliz, una vida moderada, etcétera.
¿No podríamos utilizar las palabras mejor o la mejor? La palabra única realmente no es la manera más atractiva de comenzar una conversación sobre el Evangelio.
Si pensáramos únicamente en términos de diplomacia o popularidad, ciertamente deberíamos cambiar de rumbo.
Pero debemos aferrarnos firmemente a ella, aunque algunos se aparten. […]
Sabemos que hay personas decentes, respetables y humildes en muchas iglesias, cristianas y de otras religiones. A su vez, lamentablemente, hay quienes se llaman Santos de los Últimos Días que, en comparación, no son tan dignos, pues no guardan sus convenios.
Pero no se trata de comparar a las personas. No somos bautizados colectivamente ni seremos juzgados colectivamente.
La buena conducta sin las ordenanzas del Evangelio no redimirá ni exaltará a la humanidad; los convenios y las ordenanzas son esenciales. Se nos requiere que enseñemos las doctrinas, incluso las impopulares.
Si se cede en esta doctrina, no se puede justificar la Restauración. La doctrina es verdadera; es lógica. Lo contrario no lo es (Boyd K. Packer, en Informe de la Conferencia, octubre de 1985, págs. 104, 105).
El presidente Gordon B. Hinckley expresó una advertencia semejante: “Si los Santos de los Últimos Días, individualmente, alguna vez pierden esa certeza, la Iglesia menguará como lo han hecho tantas otras iglesias”. Luego añadió una nota de esperanzado optimismo: “Pero no tengo temor de ello. Confío en que un número cada vez mayor de miembros buscará y encontrará esa convicción personal que llamamos testimonio, que viene por el poder del Espíritu Santo y que puede resistir las tormentas de la adversidad” (La fe, la esencia de la religión verdadera, págs. 5–6).
Aprender por la fe
Aprendemos muchas de las cosas que pertenecen a este mundo mediante la prueba y la experiencia. Por medio de los sentidos físicos captamos realidades gracias a lo que tocamos, oímos, vemos, saboreamos y olemos. Estas cosas las conocemos. El mensaje de la Restauración es que las cosas de Dios también pueden conocerse, aunque por medio de sentidos diferentes, pero con la misma certeza. “Las cosas de Dios son de profunda importancia”, escribió el Profeta desde la cárcel de Liberty, “y solo el tiempo, la experiencia y los pensamientos cuidadosos, profundos y solemnes pueden descubrirlas” (Enseñanzas, pág. 137).
Hay una disciplina mediante la cual llegamos a comprender lo temporal y una disciplina mediante la cual llegamos a comprender lo espiritual. Ambas están relacionadas, pero se adquieren de maneras diferentes. El Profeta sabía por experiencia, y así lo enseñó a los santos, que llegar a comprender las cosas de Dios abre el camino a un aprecio más profundo por todas las actividades que valen la pena. “Consideramos que Dios ha creado al hombre con una mente capaz de recibir instrucción y con una facultad que puede ampliarse en proporción a la atención y diligencia que preste a la luz que se comunica desde el cielo al intelecto; y que, cuanto más se acerca el hombre a la perfección, tanto más claras son sus ideas y mayores sus satisfacciones, hasta que haya vencido los males de su vida y perdido todo deseo de pecar; y, al igual que los antiguos, llegue a ese punto de fe en el que queda envuelto en el poder y la gloria de su Hacedor y es arrebatado para morar con Él” (ibíd., pág. 51). A la Escuela de los Profetas, José Smith enseñó que “después de que cualquier parte de la familia humana llega a conocer el importante hecho de que existe un Dios que ha creado y sostiene todas las cosas, el alcance de su conocimiento respecto de Su carácter y gloria dependerá de su diligencia y fidelidad al buscarlo” (Discursos sobre la fe, 2:55).
La verdad es el fundamento de la fe, y la fe se edifica sobre la evidencia. La fe no viene solo por señales o manifestaciones externas (véase Doctrina y Convenios 63:7–12), aunque las evidencias tangibles pueden avivar la llama de la fe de una persona. La fe viene, ante todo, al oír o recibir la palabra de Dios tal como la comunican los administradores legítimos del Señor, un testimonio que “siempre va acompañado del espíritu de profecía y revelación” (Enseñanzas, pág. 148; véase también Romanos 10:17). La evidencia interior viene por medio del poder del Espíritu, pues, como escribió el apóstol Pablo, las cosas de Dios solo se conocen por el poder del Espíritu de Dios (véase 1 Corintios 2:11–14); es decir, Dios y Sus caminos se revelan o permanecen para siempre desconocidos. Alma sabía, por ejemplo, no porque un ángel lo hubiera derribado, sino por el espíritu de revelación que recibió después mediante su propio ayuno y oración (véase Alma 5:45–47). Brigham Young dio testimonio de su propia conversión:
Si se me hubiera enviado todo el talento, el tacto, la sabiduría y el refinamiento del mundo con el Libro de Mormón, y se hubiera declarado su veracidad con la más elevada elocuencia terrenal, procurando demostrarla mediante el saber y la sabiduría del mundo, habría sido para mí como el humo que se eleva solo para desvanecerse. Pero cuando vi a un hombre sin elocuencia ni talento para hablar en público, que solo podía decir: “Sé, por el poder del Espíritu Santo, que el Libro de Mormón es verdadero y que José Smith es un profeta del Señor”, el Espíritu Santo que procedía de aquel hombre iluminó mi entendimiento. […] Supe por mí mismo que el testimonio de aquel hombre era verdadero (en Diario de discursos, 1:90).
Muy a menudo, adquirir verdades espirituales es menos un proceso de aprender que de volver a aprender o de reconocer. “Mis ovejas oyen mi voz” (Juan 10:27; compárese con Mosíah 26:21), explicó el Buen Pastor. A los primeros misioneros de esta dispensación se les dijo: “Sois llamados para efectuar el recogimiento de mis escogidos; porque estos escuchan mi voz y no endurecen su corazón” (Doctrina y Convenios 29:7). El presidente Joseph F. Smith, sobrino del profeta José, escribió: “Todas esas verdades sobresalientes que llegan con tanta fuerza a la mente y al corazón parecen no ser sino el despertar de los recuerdos del espíritu. ¿Podemos saber aquí algo que no supiéramos antes de venir? […] Al venir aquí, lo olvidamos todo, para que nuestro albedrío fuera verdaderamente libre para escoger el bien o el mal, y para que pudiéramos merecer la recompensa de nuestra propia elección y conducta. Pero por el poder del Espíritu, en la redención de Cristo, mediante la obediencia, a menudo captamos una chispa de los recuerdos despertados del alma inmortal, la cual ilumina todo nuestro ser como con la gloria de nuestro hogar anterior” (Doctrina del Evangelio, págs. 13–14). En una ocasión, el élder John Taylor instruyó a una mujer acerca de dónde había venido, por qué estaba aquí y adónde iría después de la muerte. En cuanto a esta vida, se le dijo que estaría “sujeta a la enfermedad, al dolor, a las lágrimas, al duelo, a la tristeza y a la muerte. Pero cuando la verdad toque las cuerdas de tu corazón, estas vibrarán; entonces la inteligencia iluminará tu mente y derramará su resplandor en tu alma, y comenzarás a comprender las cosas que una vez supiste, pero que se habían apartado de ti; entonces comenzarás a comprender y conocer el objeto de tu creación” (en Lundwall, La visión, pág. 147).
El profeta José Smith enseñó que la fe tiene su propia clase de disciplina. La disciplina de la fe, el esfuerzo concentrado y consagrado por dedicarse por entero a Dios, tiene su propia recompensa, una recompensa que incluye la expansión de la mente y la adquisición de la verdad salvadora. En una revelación dada en Kirtland, Ohio, después de instruir a los santos que convocaran una asamblea solemne, el Señor continuó: “Y por cuanto no todos tienen fe, buscad diligentemente y enseñaos el uno al otro palabras de sabiduría; […] buscad conocimiento, tanto por el estudio como por la fe” (Doctrina y Convenios 88:118). Observamos que el consejo de buscar conocimiento en los mejores libros va precedido de la cláusula negativa: “Y por cuanto no todos tienen fe […]” (énfasis añadido). Cabe preguntarse si el Maestro quiso decir algo semejante a lo siguiente: Puesto que no todos tienen suficiente fe, deben buscar conocimiento por el estudio, o por el uso exclusivo de los procesos racionales. En otras palabras, si todos tuvieran la fe necesaria, ¿qué sucedería entonces? Quizás el aprendizaje mediante el estudio de los mejores libros se vería entonces grandemente enriquecido por la revelación. Los buscadores sinceros de la verdad aprenderían de esta manera cosas que de otro modo no podrían conocer.
El vidente escogido señaló que “la mejor manera de obtener verdad y sabiduría no es pedirlas a los libros, sino acudir a Dios en oración y obtener enseñanza divina” (Enseñanzas, pág. 191). Ciertamente, en este mismo contexto cobra sentido otra de las declaraciones del Profeta: “Si pudieran contemplar el cielo durante cinco minutos”, declaró, “sabrían más de lo que sabrían al leer todo lo que se haya escrito sobre el tema” de la vida después de la muerte (ibíd., pág. 324). “Creo en el estudio”, declaró el presidente Marion G. Romney. “Creo que los hombres aprenden mucho mediante el estudio. De hecho, he observado que aprenden poco acerca de las cosas como son, como eran o como han de ser sin estudiar. Sin embargo, también creo, y sé, que el aprendizaje mediante el estudio se acelera grandemente por la fe” (Aprender para las eternidades, pág. 72).
Como comentario profético sobre este pasaje de la sección 88 de Doctrina y Convenios, el presidente Harold B. Lee expresó lo siguiente: “Adquirir conocimiento por la fe no es un camino fácil hacia el aprendizaje. Exigirá un esfuerzo intenso y una lucha constante por medio de la fe. En suma, aprender por la fe no es tarea para un hombre perezoso. Alguien ha dicho, en esencia, que ‘tal proceso requiere la entrega de toda el alma, recurrir a las profundidades de la mente humana y vincular a la persona con Dios. Debe establecerse la conexión correcta; solo entonces viene el conocimiento por la fe, una clase de conocimiento que va más allá del aprendizaje secular, que penetra en los ámbitos de lo desconocido y hace grandes ante los ojos del Señor a quienes siguen ese camino’” (“Sé leal a la realeza que hay en ti”, pág. 91). En otra ocasión, el presidente Lee enseñó que “aprender por la fe requiere la entrega de toda el alma mediante una vida digna para ponerse en armonía con el Santo Espíritu del Señor, recurrir a las profundidades de la propia búsqueda mental y unir nuestros propios esfuerzos para recibir el testimonio verdadero del Espíritu” (Las enseñanzas de Harold B. Lee, págs. 92–93).
Aprender por la fe parece implicar también algo más. Un episodio del Libro de Mormón destaca un principio muy importante. “Y aconteció”, escribe Mormón, “que había muchos de los de la nueva generación que no pudieron entender las palabras del rey Benjamín, pues eran niños pequeños cuando él habló a su pueblo; y no creían en la tradición de sus padres. No creían lo que se había dicho tocante a la resurrección de los muertos, ni tampoco creían lo concerniente a la venida de Cristo”. Y ahora observen esta poderosa declaración: “Y por causa de su incredulidad no podían entender la palabra de Dios; y se endurecieron sus corazones” (Mosíah 26:1–3). Por causa de su incredulidad —su negativa a creer, a aceptar lo verdadero aunque no se viera, a entregarse y someterse a Dios—, se privaron del derecho a comprender. “Los hombres tienen la costumbre”, observó el Profeta, “cuando los siervos de Dios exponen la verdad, de decir: Todo es un misterio; han hablado en parábolas y, por tanto, no se les puede entender. Es cierto que tienen ojos para ver y no ven, pero no hay peor ciego que el que no quiere ver” (Enseñanzas, pág. 96). Quien se acerque a la lectura del Libro de Mormón, por ejemplo, con una actitud cínica, difícilmente extraerá sus perlas doctrinales u obtendrá un testimonio de su veracidad; debe haber una suspensión voluntaria de la incredulidad, una inclinación a aceptar la verdad cuando se presente y una apertura a la posibilidad de que algo realmente pueda ser verdadero.
Por ello, una revelación moderna nos aconseja: “Escudriñad diligentemente, orad siempre, y sed creyentes”, con la promesa de que, después de ello, todas las cosas obrarán juntamente para nuestro bien (Doctrina y Convenios 90:24; énfasis añadido; compárese con 100:15; Romanos 8:28). Los profetas han enseñado que ni la ignorancia ni la obediencia ciega fortalecen el reino. Más bien, el Omnisciente simplemente pide a Sus santos que crean y que estén dispuestos a confiar en Él, en Su plan y en quienes dirigen el destino de Su Iglesia. Cierto conocimiento puede venir por el estudio, pero la inteligencia, o la gloria de Dios, requiere “diligencia y obediencia” (Doctrina y Convenios 130:19). La pureza, la paciencia y la humildad —no solo el intelecto— son los requisitos principales para el conocimiento de Dios. El conocimiento que puede obtenerse independientemente de la pureza o la humildad carece del poder de la salvación. Solo el conocimiento que viene de Dios por medio del Santo Espíritu tiene el poder de santificar el alma y preparar a la persona para estar en la presencia divina. En una revelación al presidente Brigham Young, el Salvador explicó: “Aprenda sabiduría el ignorante, humillándose e invocando al Señor su Dios, a fin de que sean abiertos sus ojos para que vea, y sean destapados sus oídos para que oiga” (Doctrina y Convenios 136:32). Tal es el Espíritu de verdad, un espíritu “al cual el mundo no puede recibir” (Juan 14:17). Verdaderamente, quienes guardan los mandamientos del Señor reciben luz y verdad hasta que, en aquel “día perfecto” que conocemos como la resurrección, son glorificados en la verdad y conocen todas las cosas (Doctrina y Convenios 50:24; véase también 93:28).
Conclusión
José Smith, un joven campesino sin instrucción formal, fue llamado por Dios y ordenado para restaurar a la tierra las verdades de la salvación. Su fortaleza y su confianza estaban en su Maestro, pues en Él están todo el poder y todo el conocimiento. El Profeta constituye un poderoso ejemplo de cómo se obtiene el conocimiento. Nadie, salvo Jesús, puede igualarlo en cuanto al conocimiento que salva y exalta las almas humanas. Su entendimiento no provino de cursos universitarios, ni de una formación teológica formal, ni de otros hombres, sino de Dios en el cielo. El cabeza de esta dispensación era un indagador de la verdad, un buscador y un investigador, alguien que estudiaba y aprendía acerca de las cosas de esta tierra. Pero también conocía la fuente de las verdades atemporales y sempiternas. El Evangelio restaurado de Jesucristo contiene las verdades y los poderes necesarios para instruir, edificar y facultar a los hombres y a las mujeres, para hacer de la tierra un cielo y del hombre un dios. La religión de Jesucristo está edificada sobre la verdad, una verdad diamantina, una verdad infinita, eterna y absoluta. Tal verdad —aquello que el ojo no iluminado no ha visto ni el oído no inspirado ha oído (véase 1 Corintios 2:9)— no puede descubrirse en laboratorios ni darse a conocer mediante encuestas. El élder Bruce R. McConkie testificó:
La religión verdadera trata de cosas espirituales. No llegamos al conocimiento de Dios y de Sus leyes por medio del intelecto, ni de la investigación, ni de la razón. […]
[…] En comparación con los dones espirituales, [los logros intelectuales] tienen un valor escaso y pasajero. Desde una perspectiva eterna, lo que cada uno de nosotros necesita es un doctorado en fe y rectitud. Las cosas que nos beneficiarán eternamente no son el poder de razonar, sino la capacidad de recibir revelación; no las verdades aprendidas por el estudio, sino el conocimiento adquirido por la fe; no lo que sabemos acerca de las cosas del mundo, sino nuestro conocimiento de Dios y de Sus leyes (en Informe de la Conferencia, abril de 1971, pág. 99).
Los miembros de la familia de la fe, el pueblo del convenio, no conocen todas las cosas, pues aún hay “muchos grandes e importantes asuntos” que han de revelarse (Artículos de Fe 1:9). Pero sabemos lo que sabemos. Se han revelado muchos asuntos de importancia vital, y esas cosas las atesoramos y las predicamos con certeza. Se dan para bendecir y elevar al mundo. “Si considero que la humanidad está en error”, señaló el profeta mormón, “¿debo abatirla? No. La elevaré, y también a su manera, si no puedo persuadirla de que la mía es mejor; y no procuraré obligar a ningún hombre a creer como yo, sino únicamente por la fuerza del razonamiento, porque la verdad se abrirá su propio camino” (Enseñanzas, pág. 313).


























