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Los Espíritus de los Muertos
Regresan al Hogar
Pregunta: “¿Tendría la bondad de explicar la declaración de Alma registrada en Alma capítulo 40, versículos 11 al 14? Mi entendimiento ha sido que todos los espíritus, al morir, eran asignados a un mundo espiritual preparado para ellos donde esperaban la resurrección, y que no entraban en la presencia del Padre hasta después de la resurrección. Si lo que dice Alma es cierto, entonces ¿por qué Jesús dijo a María: ‘No me toques, porque aún no he subido a mi Padre’? ¿O es el caso del Salvador una excepción?”
Respuesta: Estas palabras fueron pronunciadas por Alma cuando daba sus últimas instrucciones a su hijo Coriantón. Coriantón, que había sido algo descarriado, se preguntaba acerca de la justicia de Dios, y Alma lo aconsejó que se apartara del mal y sirviera al Señor, consejo que él aceptó. Para comprender plenamente el significado de las palabras de Alma, debemos citar los versículos:
Ahora bien, concerniente al estado del alma entre la muerte y la resurrección: He aquí, me ha sido dado a conocer por un ángel que los espíritus de todos los hombres, tan pronto como salen de este cuerpo mortal, sí, los espíritus de todos los hombres, sean buenos o malos, son llevados de regreso a ese Dios que les dio la vida.
Y entonces acontecerá que los espíritus de los que son justos serán recibidos en un estado de felicidad, que se llama paraíso, un estado de descanso, un estado de paz, donde descansarán de todas sus aflicciones, preocupaciones y penas.
Y entonces acontecerá que los espíritus de los inicuos, sí, de los malos —porque he aquí, no tienen parte ni porción del Espíritu del Señor; porque escogieron las malas obras en lugar de las buenas; por tanto, el espíritu del diablo entró en ellos y tomó posesión de su casa— serán arrojados a las tinieblas de afuera; allí habrá llanto, lamento y crujir de dientes, y esto a causa de su propia iniquidad, siendo llevados cautivos por la voluntad del diablo.
Ahora bien, este es el estado de las almas de los inicuos, sí, en tinieblas, y en un estado de terrible y espantosa expectación de la ardiente indignación de la ira de Dios sobre ellos; y así permanecen en este estado, así como los justos en el paraíso, hasta el tiempo de su resurrección.
LOS MUERTOS REGRESAN AL MUNDO DE LOS ESPÍRITUS
Estas palabras de Alma, según las entiendo, no tienen la intención de transmitir la idea de que todos los espíritus regresan a la presencia de Dios para recibir una asignación a un lugar de paz o a un lugar de castigo, ni que delante de Él reciban su sentencia individual. La expresión “llevados de regreso a Dios” (compárese con Eclesiastés 12:7) simplemente significa que su existencia mortal ha llegado a su fin y que han regresado al mundo de los espíritus, donde son asignados a un lugar de acuerdo con sus obras, ya sea con los justos o con los injustos, para esperar allí la resurrección.
“Regresar a Dios” es una expresión que encuentra equivalentes en muchas otras situaciones bien conocidas. Por ejemplo, un hombre pasa un período determinado sirviendo en algún campo misional extranjero. Cuando es relevado y regresa a los Estados Unidos, puede decir: “Es maravilloso estar de regreso en casa”; sin embargo, su hogar puede estar en Utah, Idaho o alguna otra parte del oeste del país.
En cuanto a la cuestión de los espíritus que regresan a Dios, el presidente George Q. Cannon hizo el siguiente comentario:
Alma, cuando dice que “los espíritus de todos los hombres, tan pronto como salen de este cuerpo mortal… son llevados de regreso a ese Dios que les dio la vida”, tenía sin duda en mente la idea de que nuestro Dios es omnipresente, no en su propia persona, sino por medio de su ministro, el Espíritu Santo.
No tiene la intención de transmitir la idea de que son introducidos inmediatamente en la presencia personal de Dios. Evidentemente utiliza esa expresión en un sentido limitado o calificado. . . . Salomón hace una declaración semejante: “Y el polvo vuelva a la tierra, como era, y el espíritu vuelva a Dios que lo dio.” La misma idea es expresada con frecuencia por los Santos de los Últimos Días. (Gospel Truths, p. 73.)
Paraíso es un término que, según el profeta José Smith, significa un lugar de espíritus desencarnados. “Hades, en griego, o Seol, en hebreo, estas dos expresiones significan un mundo de espíritus.” (Enseñanzas del Profeta José Smith, p. 310.) Antes de la resurrección de Cristo, los inicuos estaban encerrados en tinieblas y no eran visitados. En esta terrible condición sufrían el tormento de sus conciencias sin saber cuál sería su destino, tal como Alma lo describe. Recibimos más luz acerca de la condición de los inicuos en este mundo espiritual mediante las palabras del Señor a Enoc:
Pero he aquí, sus pecados estarán sobre las cabezas de sus padres; Satanás será su padre, y la miseria será su destino; y todos los cielos llorarán por ellos, sí, toda la obra de mis manos; por tanto, ¿cómo no han de llorar los cielos, viendo que estos sufrirán?
Pero he aquí, aquellos sobre quienes ahora pones tus ojos perecerán en las aguas del diluvio; y he aquí, los encerraré; una prisión he preparado para ellos.
Y Aquel que he escogido ha intercedido ante mi faz. Por tanto, él sufrirá por sus pecados; y si se arrepienten el día en que mi Escogido vuelva a mí, serán liberados; y hasta ese día estarán en tormento. Por tanto, por esta causa llorarán los cielos, sí, y toda la obra de mis manos. (Moisés 7:37–40.)
LA EXIGENCIA DE LA JUSTICIA
De estos párrafos aprendemos que el Señor no se deleita en el castigo; sin embargo, existe la exigencia de la justicia que debe satisfacerse, y por lo tanto los inicuos son obligados a sufrir. Este sufrimiento ayuda a limpiarlos de sus pecados. Antes de la visita de nuestro Salvador al mundo de los espíritus, existía una gran sima que separaba a los justos de los inicuos, y estos últimos evidentemente no tenían conocimiento de cuál sería el destino que les aguardaba (Lucas 16:19–31).
Después de su crucifixión, el Salvador tendió un puente sobre esa sima, y el evangelio fue llevado a aquellos que se hallaban sentados en esas tinieblas. Mediante la instrucción de quienes poseían el sacerdocio, estos espíritus afligidos recibieron la enseñanza del evangelio. Se les concedió cierta medida de bendición de acuerdo con sus obras en la tierra y según las oportunidades que tuvieron —o no tuvieron— de escuchar el evangelio mientras vivían en la tierra, y de aceptarlo posteriormente en el mundo de los espíritus.
Parece evidente, por las palabras que dirigió a María junto al sepulcro, que Jesús no había ascendido ni había estado en la presencia de su Padre entre el momento de su crucifixión y su resurrección. Estas palabras del Salvador a María parecen indicar la condición que enfrenta toda persona que muere, en el período comprendido entre la muerte y la resurrección.

























