Respuestas a Preguntas del Evangelio Volumen 2

30
La Autoridad de Jesús


Pregunta: “¿Dónde y de quién obtuvo Jesús la autoridad del Santo Sacerdocio? ¿La trajo consigo? Si no fue así, ¿quién lo ordenó?”

Respuesta: Esta pregunta se ha recibido varias veces, y se informa que ha sido discutida muchas veces en las clases del sacerdocio y en las organizaciones auxiliares, lo cual ha sido una pérdida de tiempo valioso.

¿Cuánto tiempo más van a seguir los miembros de la Iglesia desperdiciando su tiempo en preguntas tan innecesarias? ¿Acaso algún miembro de cualquiera de estas clases pone en duda la autoridad divina de nuestro Salvador? ¿No es Él el Unigénito del Padre en la carne? ¿No fue Él quien, por autoridad del sacerdocio, edificó mundos mucho antes de nacer en Belén y recibir un cuerpo físico? ¿No es nuestro Redentor quien, antes de nacer en la carne, dirigió a Israel y dio la ley y la autoridad a Moisés y a los profetas de la antigüedad? ¿Cuál fue el testimonio que Juan el Apóstol dio de Él?

En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.

Este era en el principio con Dios.

Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho.

En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.

Y la luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron. (Juan 1:1–5. Véase también Hebreos 1:1–2; Moisés 1:32–33.)

Jesús le dijo: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.

Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente.

¿Crees esto? (Ibid., 11:25–26.)

EL SACERDOCIO PROVIENE DE CRISTO

Pues bien, si Cristo es Dios, entonces el sacerdocio proviene de Él; está centrado en Él. ¿Qué hombre tenía autoridad para conferir a Dios el Santo Sacerdocio? Jesús dijo, en respuesta a la pregunta de Tomás: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí”. (Ibid., 14:6.) Nuevamente, el Salvador declaró al profeta José Smith:

De cierto, así dice el Señor: Acontecerá que toda alma que abandone sus pecados y venga a mí, e invoque mi nombre, y obedezca mi voz y guarde mis mandamientos, verá mi faz y sabrá que yo soy;

Y que yo soy la luz verdadera que alumbra a todo hombre que viene al mundo;

Y que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí, y el Padre y yo somos uno:

El Padre porque me dio de su plenitud, y el Hijo porque estuve en el mundo e hice de la carne mi tabernáculo, y habité entre los hijos de los hombres.

Estuve en el mundo y recibí de mi Padre, y las obras de él fueron claramente manifestadas. (D. y C. 93:1–5. Véase también la sección 88:4–13.)