Respuestas a Preguntas del Evangelio Volumen 2

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El Don de Lenguas


Pregunta: “El séptimo artículo de fe es el siguiente: ‘Creemos en el don de lenguas, profecía, revelación, visiones, sanidades, interpretación de lenguas, etc.’ Todos estos dones han estado en la Iglesia desde su organización, excepto el don de lenguas. En los primeros tiempos de la Iglesia se practicaba el don de lenguas, pero durante muchos años no hemos oído nada acerca de este don. ¿Ha dejado de existir en la Iglesia y, de ser así, por qué?”

Respuesta: No ha habido ninguna cesación del don de lenguas. Quizás la idea de algunos miembros de la Iglesia sea que este don pertenece a las reuniones de testimonios del día de ayuno. Es cierto que se han dado mensajes en tales reuniones y que, cuando esto ocurría, evidentemente era para el beneficio de una parte de la congregación que pudiera tener el don de interpretación. Manifestaciones de este carácter son, y deben ser, raras, porque éste no es el verdadero propósito de este gran don. El don de lenguas no es algo para el entretenimiento de los miembros, ni tiene el propósito de crear asombro o aumentar la fe de quienes son débiles. El don de lenguas y la interpretación de lenguas se dan con el propósito de ayudar a edificar y fortalecer el reino de Dios.

CONSEJO DEL SEÑOR

El Señor dio a la Iglesia un importante consejo cuando dijo:

Pero se os manda en todas las cosas pedir a Dios, que da liberalmente; y aquello que el Espíritu os testifique, eso quisiera yo que hicieseis con toda santidad de corazón, andando rectamente delante de mí, considerando el fin de vuestra salvación, haciendo todas las cosas con oración y acción de gracias, para que no seáis seducidos por espíritus malos, ni por doctrinas de demonios, ni por mandamientos de hombres; porque algunos son de hombres, y otros de demonios.

Por tanto, guardaos para que no seáis engañados; y para que no seáis engañados, buscad diligentemente los mejores dones, recordando siempre para qué son dados;

Porque de cierto os digo que son dados para el beneficio de los que me aman y guardan todos mis mandamientos, y de aquel que procura hacerlo; para que todos sean beneficiados, los que buscan o los que me piden, que piden y no para una señal, para consumirla en sus concupiscencias.

Y además, de cierto os digo que quisiera que siempre recordaseis y siempre retuvieseis en vuestra mente cuáles son esos dones que son dados a la iglesia. (D. y C. 46:7–10.)

Después de revelar esta advertencia y consejo, el Señor enumeró los diversos dones que se dan a los miembros de la Iglesia, entre ellos el don de lenguas, y luego dice:

UN DON PARA OCASIONES EXCEPCIONALES

“Y todos estos dones vienen de Dios para el beneficio de los hijos de Dios.”

Si esto es cierto, entonces el don de hablar e interpretar lenguas en las reuniones por parte de los miembros de la Iglesia debe manifestarse en ocasiones excepcionales, cuando exista una verdadera necesidad de tales cosas. Pablo escribió lo siguiente:

Seguid el amor; y procurad los dones espirituales, pero sobre todo que profeticéis.

Porque el que habla en lengua desconocida no habla a los hombres, sino a Dios; porque nadie le entiende, aunque por el Espíritu habla misterios.

Pero el que profetiza habla a los hombres para edificación, exhortación y consolación.

El que habla en lengua desconocida, a sí mismo se edifica; pero el que profetiza edifica a la iglesia.

Así que, quisiera que todos vosotros hablaseis en lenguas, pero más que profetizaseis; porque mayor es el que profetiza que el que habla en lenguas, a menos que las interprete, para que la iglesia reciba edificación.

Ahora pues, hermanos, si yo voy a vosotros hablando en lenguas, ¿qué os aprovecharé, si no os hablo con revelación, o con conocimiento, o con profecía, o con doctrina?

Ciertamente las cosas inanimadas que producen sonidos, como la flauta o la cítara, si no dan distinción de sonidos, ¿cómo se sabrá lo que se toca con la flauta o con la cítara?

Y si la trompeta da un sonido incierto, ¿quién se preparará para la batalla?

Así también vosotros, si por la lengua no pronunciáis palabras fáciles de entender, ¿cómo se sabrá lo que decís? Porque hablaréis al aire.

Tantas clases de idiomas hay, probablemente, en el mundo, y ninguno de ellos carece de significado.

Pero si yo ignoro el significado de las palabras, seré extranjero para el que habla, y el que habla será extranjero para mí. . . .

Sin embargo, en la iglesia prefiero hablar cinco palabras con mi entendimiento, para enseñar también a otros, que diez mil palabras en lengua desconocida.

Hermanos, no seáis niños en el entendimiento; sed niños en la malicia, pero maduros en el entendimiento.

En la ley está escrito: Con hombres de otras lenguas y con otros labios hablaré a este pueblo; y ni aun así me oirán, dice el Señor.

Así que las lenguas son por señal, no para los creyentes, sino para los incrédulos; pero la profecía no es para los incrédulos, sino para los creyentes. (1 Corintios 14:1–11, 19–22.)

LOS MISIONEROS RECIBEN EL DON DE LENGUAS

El verdadero don de lenguas se manifiesta en la Iglesia con más abundancia, quizás, que cualquier otro don espiritual. Todo misionero que sale a predicar el evangelio en un idioma extranjero, si es fiel y ora con sinceridad, recibe este don. Esta es la idea contenida en las palabras de Pablo: “Así que, las lenguas son por señal, no a los creyentes, sino a los incrédulos”. Ésta fue la naturaleza del don en el día de Pentecostés, cuando Pedro y los apóstoles hablaron a los judíos reunidos que habían venido a Jerusalén desde tierras extranjeras para asistir a la fiesta. Cada uno entendía en su propia lengua. Existen cientos de testimonios de élderes que han llevado el evangelio a tierras extranjeras, semejantes a lo ocurrido en el día de Pentecostés.

El profeta José Smith declaró el verdadero significado del don de lenguas con las siguientes palabras:

Leí el capítulo 13 de Primera de Corintios, así como parte del capítulo 14, y observé que el don de lenguas era necesario en la Iglesia; pero que si Satanás no pudiera hablar en lenguas, no podría tentar a un holandés ni a ninguna otra nación aparte de los ingleses, pues puede tentar al inglés, porque me ha tentado a mí, y yo soy inglés; pero el don de lenguas por el poder del Espíritu Santo en la Iglesia es para beneficio de los siervos de Dios, a fin de predicar a los incrédulos, como en el día de Pentecostés. Cuando hombres devotos de toda nación se reúnan para escuchar las cosas de Dios, que los élderes les prediquen en su propia lengua materna, ya sea alemán, francés, español o irlandés, o cualquier otra, y que interpreten aquellos que entiendan el idioma hablado, en su propia lengua materna; y esto es lo que el Apóstol quiso decir en 1 Corintios 14:27. (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 195.)

También dijo a las hermanas de la Sociedad de Socorro que nada de lo hablado en lenguas debía recibirse como doctrina. (Ibíd., pág. 229.)

El presidente Joseph F. Smith dijo:

El mismo diablo puede aparecer como un ángel de luz. Han surgido falsos profetas y falsos maestros en el mundo. Quizás no haya ningún don del Espíritu de Dios que el diablo pueda imitar con mayor facilidad que el don de lenguas. Donde dos hombres o mujeres ejercen este don por inspiración del Espíritu de Dios, probablemente haya una docena que lo hagan por inspiración del diablo. Benditas sean sus almas, los apóstatas hablan en lenguas, los apóstatas profetizan, los apóstatas afirman tener manifestaciones maravillosas, ¿y qué significa eso para nosotros? . . .

Creo en el don del Espíritu Santo para los hombres, pero no deseo el don de lenguas a menos que lo necesite. Yo necesité el don de lenguas una vez, y el Señor me lo concedió. Estaba en una tierra extranjera enviado a predicar el evangelio a un pueblo cuyo idioma no podía comprender. Entonces busqué diligentemente el don de lenguas y, mediante ese don y el estudio, cien días después de haber llegado a aquellas islas podía hablar con la gente en su idioma como ahora hablo con ustedes en mi lengua materna. Ése fue un don digno del evangelio. Había un propósito en ello. Había algo en ello que fortalecía mi fe, me animaba y me ayudaba en mi ministerio. (Doctrina del Evangelio, capítulo 10, pág. 201.)

EXPERIENCIAS DEL PRESIDENTE DAVID O. McKAY

Otros dos ejemplos, entre los muchos que muestran que este don se nos concede hoy, serán suficientes. El primero son las experiencias del presidente David O. McKay:

Uno de los acontecimientos más importantes de mi gira mundial por las misiones de la Iglesia fue el don de interpretación del idioma inglés concedido a los santos de Nueva Zelanda, en una sesión de su conferencia celebrada el 23 de abril de 1921, en Puketapu, Huntley, Waikato.

La reunión se llevó a cabo en una gran carpa, bajo cuya sombra se congregaron centenares de hombres y mujeres sinceros, llenos de expectativa por ver y escuchar a un apóstol de la Iglesia, el primero que visitaba aquella tierra.

Cuando contemplé aquella vasta congregación y consideré las grandes expectativas que llenaban el corazón de todos los reunidos, comprendí cuán insuficientemente podría satisfacer los ardientes deseos de sus almas, y anhelé con toda sinceridad el don de lenguas para poder hablarles en su idioma nativo.

Hasta ese momento no había pensado seriamente en el don de lenguas, pero en aquella ocasión deseé con todo mi corazón ser digno de ese poder divino.

En otras misiones había hablado por medio de intérpretes, pero, por capaces que fueran, siempre me sentía limitado y, en cierto modo, inhibido al presentar mi mensaje.

Ahora me encontraba ante una audiencia que se había reunido con expectativas extraordinarias, y entonces comprendí, como nunca antes, la gran responsabilidad de mi oficio. Desde lo más profundo de mi alma oré por ayuda divina.

Cuando me levanté para dirigirme a ellos, dije al hermano Stuart Meha, nuestro intérprete, que hablaría sin que él tradujera frase por frase lo que dijera; luego continué dirigiéndome a la audiencia:

“¡Cómo quisiera, cuánto quisiera tener el poder de hablarles en su propia lengua para expresarles lo que hay en mi corazón! Pero puesto que no tengo ese don, oro y les pido que ustedes también oren para que tengan el espíritu de interpretación y discernimiento, a fin de que comprendan al menos el espíritu de mis palabras mientras hablo, y después recibirán las palabras y las ideas cuando el hermano Meha las interprete.”

Mi discurso duró cuarenta minutos, y nunca me he dirigido a una audiencia más atenta ni más respetuosa. Mis oyentes estaban en perfecta armonía conmigo; lo sabía al ver las lágrimas en sus ojos. Algunos de ellos, quizá la mayoría, aunque no entendían inglés, recibieron el don de interpretación.

El hermano Sidney Christie, nativo de Nueva Zelanda y estudiante de la Universidad Brigham Young, al finalizar mi discurso me susurró:

“Hermano McKay, ellos entendieron su mensaje.”

“Sí”, respondí, “creo que así fue; pero para beneficio de algunos que quizás no hayan entendido, pediremos al hermano Meha que haga un resumen en maorí.”

Durante la traducción, algunos de los maoríes lo corrigieron en ciertos puntos, demostrando que habían comprendido claramente lo que se había dicho en inglés.

Dos experiencias posteriores, una de las cuales ocurrió durante aquella memorable gira mundial, me permitieron comprender con mayor claridad cómo puede venir el espíritu de interpretación.

En una ocasión, mientras me dirigía a una audiencia en Aintab, Siria, percibí que el élder J. Wilford Booth, quien traducía al turco, había interpretado incorrectamente una idea que yo había expresado; y aunque entonces —y aún hoy— no entiendo una sola palabra de turco, detuve al hermano Booth y le dije:

“Esa fue una interpretación incorrecta, hermano Booth.”

Entonces repetí mi frase.

“¿Cómo lo supo, hermano McKay?”, preguntó él. “Di exactamente el significado contrario.”

Más tarde, cuando fui llamado a presidir la Misión Europea, me encontraba un día hablando a una congregación en Rotterdam. El hermano Cornelius Zappey estaba interpretando y, en aquella ocasión, tuve una experiencia idéntica a la que había tenido con el hermano Booth. Cuando llamé la atención del hermano Zappey sobre lo que sentía que no era la interpretación correcta, él dijo riendo a la congregación, antes de corregirse:

“No hay necesidad de que yo interprete; el hermano McKay entiende holandés.” (Manuscrito, Oficina del Historiador.)

EXPERIENCIA DEL ÉLDER ALONZO A. HINCKLEY

Ésta es una experiencia relatada por el hermano Alonzo A. Hinckley:

Un día, mientras me encontraba solo visitando a la gente en Rotterdam, tenía el deber de regresar a las casas donde había dejado folletos y recoger la literatura. Mientras avanzaba reuniendo los folletos, un poder que no puedo comprender se apoderó de mí hasta el punto de que temblaba y me estremecía. Me detuve y contemplé la casa a la que debía llamar, sintiendo como si no pudiera acercarme a la puerta. Pero conocía mi deber y, con valor y determinación, me dirigí a la casa, levanté el llamador y lo dejé caer.

Casi instantáneamente la puerta se abrió y salió una mujer furiosa, cerrándola detrás de sí. Comenzó a hablar en voz muy alta y aguda, reprendiéndome con gran severidad.

No me di cuenta por un momento de que estaba entendiendo el holandés con tanta claridad como si hubiera hablado en inglés. No sentí ningún poder, influencia o sensación sobrenatural. Simplemente comprendía cada palabra que decía. Hablaba tan fuerte que un carpintero que trabajaba al otro lado de la calle, construyendo un porche para una pequeña tienda, la oyó y, supongo, pensó que yo estaba maltratando a la mujer; por lo tanto, se acercó al lugar donde estábamos y trajo consigo a su hijo y, para mi gran alarma, llevaba un hacha de hoja ancha. El hombre se colocó cerca de mí y escuchó a la mujer, que continuaba su diatriba en voz alta.

No me enojé por los insultos de la mujer, pero mi alma se llenó de un ardiente deseo de hablar su idioma y testificar de la divinidad del evangelio del Señor Jesucristo. Pensé que si tan solo pudiera explicarle la importancia de mi mensaje y el bien que podría hacerle, ella no me reprendería como lo estaba haciendo.

Pocos momentos después cesó sus insultos, y entonces comencé a hablar. Hablé en el idioma holandés. Defendí la verdad y di testimonio de la restauración del Evangelio.

Había olvidado al hombre corpulento que estaba junto a mí con su hacha. Miré a la mujer y le entregué mi mensaje de verdad; entonces él puso su brazo sobre mis hombros y, mirando a la mujer a los ojos, dijo:

“La Iglesia Mormona puede tener sus ovejas negras, pero éste es un hombre de Dios.”

La mujer respondió:

“Yo lo sé.”

Después de nuestra conversación, regresé a casa casi sin tocar el suelo. Entonces comprendí que las oraciones que había ofrecido y, quizás en parte como resultado del arduo estudio que había realizado y de las oraciones de quienes estaban en casa, habían sido contestadas en un instante, porque había hablado el idioma holandés inteligentemente por primera vez en mi vida.

Lleno de éxtasis, corrí a casa para contárselo al hermano Thatcher en la oficina y al presidente de la misión; pero cuando intenté hablar, para mi gran consternación, estaba igual que antes: no podía entender ni hablar el idioma.

El presidente Farrell me preguntó si asistiría a la reunión esa noche.

“Sí, presidente Farrell”, respondí. “Después de que el Señor ha bendecido a un hombre como me ha bendecido a mí, iré con gusto; pero le ruego que no me pida hablar, aunque alguien traduzca lo que yo diga.”

“Muy bien”, dijo él, “le prometo, hermano Hinckley, que si asiste no se le pedirá que hable.”

Fui a la reunión y todo marchó bien, según pensaba, hasta que el hermano DeBry, presidente de la rama, se levantó y, contrariamente a la promesa del presidente Farrell, dijo:

“Ahora escucharemos al élder Hinckley.”

El presidente Farrell se adelantó, visiblemente avergonzado, y preguntó:

“Hermano Hinckley, ¿quiere que interprete por usted?”

Sentí un poder que no puedo describir.

“Espere, presidente Farrell”, dije mientras me ponía de pie.

Entonces comencé a hablar, no en mi lengua materna, sino en el idioma holandés. Y allí mismo pronuncié el primer discurso de mi vida en la lengua de la misión. A la mañana siguiente fui enviado a presidir el Distrito de Ámsterdam. (Manuscrito, Oficina del Historiador. La notable experiencia del élder Alonzo A. Hinckley ocurrió en la Misión de los Países Bajos.)