Respuestas a Preguntas del Evangelio Volumen 2

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Inmortalidad y Vida Eterna


Pregunta: “¿Reciben todos los que entran en cualquiera de los tres reinos —telestial, terrestre y celestial— el don de la vida eterna? Algunos de los miembros de nuestra clase del sacerdocio sostienen que sí. Yo dije que solamente aquellos que son fieles y viven de acuerdo con todos los mandamientos serán dignos de obtener la vida eterna. Los demás recibirán el don de la inmortalidad y vivirán para siempre después de la resurrección, pero no la gloria celestial, que es la vida eterna. Ellos dicen que una persona que obtiene la inmortalidad también tiene vida eterna porque vive para siempre. Yo cité la escritura: “Porque he aquí, ésta es mi obra y mi gloria…” Sin embargo, ellos argumentan que la inmortalidad y la vida eterna son la misma cosa. Yo no creo que el Señor hablara de ellas como cosas separadas. ¿Es correcta esta conclusión?”

Respuesta: La inmortalidad, tal como se define en las Escrituras, es el don de Dios, por medio de la expiación de Jesucristo, para toda criatura. Debe venir la resurrección universal. Si una sola alma dejara de recibir la resurrección, la victoria del Salvador sobre la muerte no estaría completa. Fue por medio de la caída de Adán que la muerte entró en el mundo, y puesto que la posteridad de Adán no fue responsable de la muerte, tanto la justicia de nuestro Padre como Su misericordia exigían que la ley quebrantada que introdujo la muerte en el mundo fuese reparada y que la vida fuera dada, mediante la expiación, a toda alma. Esta restauración se llama inmortalidad. Es cierto que la inmortalidad y el poder de vivir eternamente son sinónimos, pero el Señor ha dado Su propia interpretación a este gran don que restaura a todos y lo ha llamado inmortalidad. Hay numerosos pasajes en nuestras Escrituras que hacen muy clara esta interpretación; por ejemplo, Pablo, al escribir a los miembros de la Iglesia en Corinto, dijo:

Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre vino la resurrección de los muertos.
Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados.
Pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida.
Luego el fin, cuando entregue el reino al Dios y Padre, cuando haya suprimido todo dominio, toda autoridad y potencia.
Porque es preciso que él reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies.
Y el último enemigo que será destruido es la muerte. (1 Corintios 15:21–26.)

LA EXPLICACIÓN DE AMULEK SOBRE LA INMORTALIDAD

El espíritu y el cuerpo serán reunidos otra vez en su forma perfecta; tanto miembro como coyuntura serán restaurados a su debido estado, tal como estamos ahora en este momento; y seremos llevados a comparecer ante Dios, conociendo tal como ahora conocemos, y teniendo un vivo recuerdo de toda nuestra culpa.
Ahora bien, esta restauración vendrá sobre todos, tanto viejos como jóvenes, tanto esclavos como libres, tanto hombres como mujeres, tanto los inicuos como los justos; y ni siquiera un cabello de sus cabezas se perderá; antes bien, todo será restaurado a su perfecta forma, tal como está ahora, o sea, en el cuerpo; y serán llevados y comparecerán ante el tribunal de Cristo, el Hijo, y Dios el Padre, y el Espíritu Santo, que son un solo Dios Eterno, para ser juzgados según sus obras, sean buenas o sean malas. (Alma 11:43–44.)

Esta declaración se refiere a la inmortalidad.

La expresión que usted ha citado de Moisés 1:39 es muy significativa e indica que, en el lenguaje del Señor, la inmortalidad y la vida eterna se refieren a diferentes clases de resurrección. Esto se ve reforzado por la palabra del Señor al profeta José Smith:

Y así yo, el Señor Dios, señalé al hombre los días de su probación, para que por su muerte natural fuese levantado en inmortalidad para vida eterna, cuantos creyesen;
Y los que no creyesen, para condenación eterna; porque no pueden ser redimidos de su caída espiritual, ya que no se arrepienten. (D. y C. 29:43–44.)

LA VIDA ETERNA ES EL MAYOR DON DE DIOS

La vida eterna, por lo tanto, es el mayor don de Dios, muy por encima del don de la inmortalidad. (Ibíd., 6:13 y 14:7.) Por consiguiente, aquel que es bendecido con la vida eterna será bendecido con la plenitud del reino del Padre. Está escrito acerca de ellos:

Son aquellos que recibieron el testimonio de Jesús, y creyeron en su nombre, y fueron bautizados según la manera de su sepultura, siendo sepultados en el agua en su nombre, y esto de acuerdo con el mandamiento que él ha dado;
Para que, guardando los mandamientos, pudiesen ser lavados y limpiados de todos sus pecados, y recibir el Espíritu Santo por la imposición de las manos de aquel que es ordenado y sellado para este poder;
Y que vencen por la fe, y son sellados por el Santo Espíritu de la promesa, que el Padre derrama sobre todos los que son justos y verdaderos.
Éstos son los que pertenecen a la iglesia del Primogénito.
Éstos son aquellos en cuyas manos el Padre ha entregado todas las cosas;
Éstos son los que son sacerdotes y reyes, que han recibido de su plenitud y de su gloria;
Y son sacerdotes del Altísimo, según el orden de Melquisedec, que fue según el orden de Enoc, que fue según el orden del Unigénito Hijo;
Por lo tanto, como está escrito, son dioses, sí, los hijos de Dios;
Por lo tanto, todas las cosas son de ellos, sea vida o muerte, o cosas presentes o cosas futuras; todas son de ellos, y ellos son de Cristo, y Cristo es de Dios.
Y vencerán todas las cosas. (Ibíd., 76:51–60.)

Aquellos que obtienen la vida eterna morarán con el Padre y el Hijo. Llegan a ser coherederos con Jesucristo al recibir la plenitud del reino del Padre. (Romanos 8:14–17.) El Salvador, al reprender a los judíos, hizo esta distinción entre la vida eterna y la inmortalidad cuando dijo:

Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo;
Y también le dio autoridad de hacer juicio, por cuanto es el Hijo del Hombre.
No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz;
Y saldrán: los que hicieron lo bueno, a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación. (Juan 5:26–29.)