Respuestas a Preguntas del Evangelio Volumen 2

36
¿Estaba el Espíritu Santo
sobre la tierra antes de la
época de nuestro Salvador?


Pregunta: “En nuestra discusión de clase se expresó la idea de que el Espíritu Santo no estaba sobre la tierra antes ni durante la vida y ministerio del Salvador. Si es la función del Espíritu Santo enseñar, advertir y dar testimonio de la misión del Salvador, y ser recibido después del bautismo, y si creemos que el evangelio es el mismo ayer, hoy y para siempre, ¿cómo podemos explicar el hecho de que el Espíritu Santo no estuviera sobre la tierra hasta después de la muerte de Jesucristo? ¿No sería razonable que el Espíritu Santo estuviera sobre la tierra mientras el evangelio estuviera sobre ella?”

Respuesta: Es algo sorprendente que una clase entera que estudia el evangelio no tuviera ni un solo miembro que pudiera resolver definitivamente esta pregunta mediante las Escrituras. Si los miembros de la clase leen el Libro de Mormón, encontrarán que Lehi, Nefi y todos los profetas tenían el don del Espíritu Santo, y que por medio de ese Espíritu Nefi recibió visiones.

Si hubieran leído la Perla de Gran Precio, habrían visto que los antiguos profetas eran guiados por el Espíritu Santo y que cuando Adán fue bautizado, fue arrebatado por el Espíritu del Señor, y el Espíritu del Señor, o Espíritu Santo, descendió sobre él.

EL ESPÍRITU SANTO ESTABA PRESENTE EN LOS DÍAS DE ADÁN

Y aconteció que, cuando el Señor hubo hablado con Adán nuestro padre, Adán clamó al Señor, y fue arrebatado por el Espíritu del Señor, y fue llevado al agua, y fue sumergido bajo el agua y sacado de ella.

Y así fue bautizado, y el Espíritu de Dios descendió sobre él, y así nació del Espíritu y fue vivificado en el hombre interior. (Moisés 6:64–65).

Y en aquel día el Espíritu Santo descendió sobre Adán, el cual da testimonio del Padre y del Hijo, diciendo: Yo soy el Unigénito del Padre desde el principio, desde ahora y para siempre, para que, así como has caído, puedas ser redimido, y toda la humanidad también, cuantos quieran. (Ibíd., 5:9).

Fue por el don del Espíritu Santo que los antiguos profetas hablaron:

Porque la profecía no vino en tiempos antiguos por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo. (2 Pedro 1:21).

Lucas escribió que Elisabet fue llena del Espíritu Santo antes de la venida de Jesucristo:

Y aconteció que cuando Elisabet oyó la salutación de María, la criatura saltó en su vientre; y Elisabet fue llena del Espíritu Santo. (Lucas 1:41).

Simeón bendijo al Salvador siendo un niño y estaba lleno del Espíritu Santo:

Y he aquí había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; y este hombre era justo y piadoso, esperando la consolación de Israel; y el Espíritu Santo estaba sobre él.

Y le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. (Ibíd., 2:25–26).

TODOS LOS ANTIGUOS PROFETAS FUERON INSPIRADOS POR EL ESPÍRITU SANTO

Un poco de razonamiento ordinario nos revelaría el hecho de que los antiguos profetas no podrían haber hablado por profecía y revelación a menos que hubieran poseído este gran don. Isaías, Jeremías, Ezequiel y, de hecho, todos los profetas fueron inspirados y revelaron a la humanidad, y especialmente a Israel, los mandamientos del Señor. Fue por este don que José interpretó los sueños del copero y del panadero, y que Daniel recibió sus grandes visiones concernientes a Israel y a nuestros tiempos actuales.

Este error surge del hecho de que los discípulos de Jesús no recibieron el don del Espíritu Santo mientras Él estuvo con ellos. La razón de esto, al menos en parte, se debió a que tenían con ellos para guiarlos y enseñarles al segundo miembro de la Trinidad, es decir, a Jesucristo mismo. Mientras Él estuvo con ellos, no había necesidad de que tuvieran la compañía del Espíritu Santo. Antes de dejarlos, el Salvador les prometió enviarles al Consolador, o Espíritu Santo. Esta promesa fue dada apenas unas horas antes de su crucifixión, mientras estaba reunido con ellos durante la fiesta de la Pascua. En aquella ocasión dijo:

Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre;

El Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros y estará en vosotros. (Juan 14:16–17).

Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas y os recordará todo lo que yo os he dicho. (Ibíd., 14:26).

Estas son las palabras finales del Salvador a sus discípulos justo antes de su ascensión:

Pero recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo; y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra. (Hechos 1:8).