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El pecado contra el Espíritu Santo
Pregunta: “¿Tendría la bondad de explicar el significado de los versículos 26 y 27 de Doctrina y Convenios, Sección 132? Algunos sostienen la opinión de que después que un hombre y una mujer son casados por el tiempo y toda la eternidad, nada puede impedirles recibir las bendiciones prometidas de exaltación excepto la blasfemia contra el Espíritu Santo o el derramamiento de sangre inocente. Otros sienten que tal doctrina tiende a anular las repetidas declaraciones en las escrituras de que todo hombre será juzgado y recompensado según sus obras.”
Respuesta: Su pregunta en relación con lo que está escrito en estos versículos es una que surge constantemente. Es motivo de gran pesar que tantos hombres bien intencionados sean engañados pensando que después de ser casados en el templo por el tiempo y toda la eternidad llegan a ser inmunes a las consecuencias de todo pecado excepto la blasfemia contra el Espíritu Santo o el derramamiento de sangre inocente. Según lo que está escrito, hay solamente un pecado imperdonable, y ése es el pecado contra el Espíritu Santo y el derramamiento de sangre inocente. Todos los demás pecados pueden ser perdonados, pero solamente bajo la condición de un arrepentimiento sincero y permanente. El derramamiento de sangre inocente se menciona en las escrituras como consentir en la muerte de Jesucristo y exponerlo a vituperio público. Para aquellos que han tenido el testimonio del Espíritu Santo, luchar con odio perverso contra sus siervos autorizados es lo mismo, porque si esto se hace contra ellos, también es contra Él. Para los hombres que han tenido la luz del Espíritu Santo y luego se apartan y combaten la verdad con odio asesino, y a aquellos que están autorizados para proclamarla, no hay perdón en este mundo ni en el venidero.
En el capítulo doce de Mateo, versículos 31–32, el Señor declara en esencia lo que se dice en los dos versículos de Doctrina y Convenios, Sección 132, mencionados anteriormente. La revisión de estos versículos hecha por el profeta José Smith es la siguiente:
“Por tanto os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres que me reciban y se arrepientan; mas la blasfemia contra el Espíritu Santo no será perdonada a los hombres.” (Cursiva del autor.)
“Y a cualquiera que hablare contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este mundo ni en el venidero.” (Versión Inspirada, Mateo 12:26–27.)
LA INFLUENCIA DEL ESPÍRITU SANTO ES ESPÍRITU HABLANDO A ESPÍRITU
La razón por la que la blasfemia contra el Hijo de Dios puede ser perdonada, aun si el Hijo se manifestara en una visión o un sueño, es que tal manifestación no impresiona el alma tan profundamente como lo hace el testimonio del Espíritu Santo. La influencia del Espíritu Santo es espíritu hablando a espíritu, y la impresión indeleble es una que trae conversión y convicción al alma como ninguna otra influencia puede hacerlo. El Espíritu Santo revela la verdad con una certeza en la cual no hay duda y por lo tanto es mucho más impresionante que una visión dada a los ojos.
En el libro de Hebreos está escrito:
“Porque es imposible que los que una vez fueron iluminados y gustaron del don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo,
“Y asimismo gustaron de la buena palabra de Dios y de los poderes del mundo venidero,
“Y recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndolo a vituperio público.” (Hebreos 6:4–6.)
Pedro también ha dado testimonio de esta verdad:
“Porque si después de haber escapado de las contaminaciones del mundo por el conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo, otra vez se enredan en ellas y son vencidos, su estado final viene a ser peor que el primero.
“Porque mejor les hubiera sido no haber conocido el camino de justicia, que después de haberlo conocido, apartarse del santo mandamiento que les fue dado.” (Versión Inspirada, 2 Pedro 2:20–21.)
Hemos oído de algunos que han declarado que un hombre no puede ser apóstol de Jesucristo a menos que haya visto al Señor. El hecho es que el testimonio del Espíritu es mucho más impresionante y duradero que una visión dada a los ojos. Esto lo sabía el Señor cuando dijo que la blasfemia contra Él puede ser perdonada, pero no la blasfemia contra el Espíritu Santo.
Juan, en sus escritos a los miembros de la Iglesia en el primer siglo de la era cristiana, les instruyó en asuntos de esta naturaleza:
“Si alguno viere a su hermano cometer pecado que no sea de muerte, pedirá, y Dios le dará vida; esto es para los que cometen pecado que no sea de muerte. Hay pecado de muerte, por el cual yo no digo que se pida.
“Toda injusticia es pecado; pero hay pecado que no es de muerte.” (Ibid., 1 Juan 5:16–17.)
EL PECADO DE MUERTE
El pecado de muerte es el pecado imperdonable que traerá sobre quienes participen de él el destierro con el diablo y sus ángeles y es llamado la segunda muerte. De estas palabras de Juan entendemos que cualquier pecado, excepto un pecado de muerte, puede ser perdonado mediante el verdadero arrepentimiento. Esto está en armonía con lo que está escrito en la visión de Doctrina y Convenios con respecto a los hijos de perdición:
“Así dice el Señor concerniente a todos los que conocen mi poder y han sido hechos partícipes de él, y se dejaron vencer por el poder del diablo, negando la verdad y desafiando mi poder:
“Éstos son los hijos de perdición, de quienes digo que mejor les hubiera sido no haber nacido;
“Porque son vasos de ira, destinados a sufrir la ira de Dios, con el diablo y sus ángeles en la eternidad;
“Con respecto a quienes he dicho que no hay perdón en este mundo ni en el venidero;
“Habiendo negado al Espíritu Santo después de haberlo recibido, y habiendo negado al Unigénito Hijo del Padre, crucificándolo para sí mismos y exponiéndolo a vituperio público.
“Éstos son los que irán al lago de fuego y azufre, con el diablo y sus ángeles—
“Y los únicos sobre quienes la segunda muerte tendrá poder.” (D. y C. 76:31–36.)
De esto parece que todo el resto de la humanidad, sin importar cuáles hayan sido sus pecados, finalmente heredará la redención del diablo y sus ángeles. No debemos perder de vista, sin embargo, el hecho de que todos los hombres serán juzgados según sus obras. Ser redimido de Satanás y sus ángeles no significa que todos encontrarán su camino hacia el reino celestial. Aunque redimidos de su poder, tendrán que ir al reino que merezcan según sus obras. Los versículos restantes de esta sección nos informan este hecho. Algunos, después de ser redimidos, irán al reino telestial. Ellos sufrirán la ira de Dios (Ibid., 76:98–107.), la cual continuará durante el Milenio y hasta el fin de la tierra cuando reciban su resurrección. Pablo dijo que el último enemigo en ser destruido es la muerte. (1 Corintios 15:24–26.) Aquellos que tengan derecho a la resurrección terrestre saldrán después de la venida de Jesucristo. (D. y C. 88:99.) La redención no significa, por lo tanto, que ellos recibirán vida eterna en el reino celestial.
ES POSIBLE PECAR MÁS ALLÁ DEL ARREPENTIMIENTO
El arrepentimiento es un don de Dios. Es posible que los hombres pequen más allá del poder del arrepentimiento. Ésta fue la condición de los nefitas en los días de Mormón. De ellos está escrito que estaban más allá del poder de la redención y pecaban deliberadamente. (Helamán 13:38; Mormón 2:13–14; 5:16.) Leemos que los demonios creen y tiemblan, pero no se arrepienten.
Ahora consideraremos el significado de estos dos versículos. Con respecto al castigo de los impenitentes, Moroni escribió:
“¿Negaréis aún al Cristo, o podéis contemplar al Cordero de Dios? ¿Suponéis que podríais morar con él teniendo conciencia de vuestra culpa? ¿Suponéis que podríais ser felices morando con ese Ser santo, cuando vuestras almas están atormentadas con la conciencia de haber violado siempre sus leyes?
“He aquí, os digo que seríais más miserables morando con un Dios santo y justo, teniendo conciencia de vuestra inmundicia ante él, que morando con las almas condenadas en el infierno.” (Mormón 9:3–4.)
Cuando el Señor dejó a sus discípulos nefitas les dijo:
“Y el que no persevera hasta el fin, ése es también cortado y echado al fuego, de donde ya no puede volver, por motivo de la justicia del Padre.
“Y ésta es la palabra que él ha dado a los hijos de los hombres. Y por esta causa cumple las palabras que ha dado, y no miente, sino que cumple todas sus palabras.
“Y ninguna cosa inmunda puede entrar en su reino; por tanto, nada entra en su reposo sino aquellos que han lavado sus vestidos en mi sangre, a causa de su fe y del arrepentimiento de todos sus pecados.” (3 Nefi 27:17–19.)
El Señor no se contradice. Por lo tanto debemos llegar a la conclusión de que ninguna bendición prometida es concedida a los hombres sin el requisito de fidelidad; o, en caso de transgresión, un arrepentimiento sincero y humilde. Aunque en los dos versículos bajo consideración no se menciona el arrepentimiento, éste está profundamente implícito y debe considerarse así a la luz de estas otras escrituras. ¡Cuán insensato es que alguien piense que el Señor le ha dado una bendición que no está basada en la fidelidad y que será recibida ya sea que se arrepienta o no!
PROMESAS BASADAS EN LA FIDELIDAD
Por lo tanto podemos decir con toda certeza que todos aquellos que son casados en el templo por el tiempo y toda la eternidad reciben sus bendiciones y entran en sus convenios con estas promesas basadas en su fidelidad. Si sucede que pecan y quebrantan sus convenios, pero no han cometido pecado de muerte, tendrán que arrepentirse completa y fielmente de todos sus pecados o jamás entrarán en la gloria celestial. Ninguna persona impenitente que permanezca en sus pecados entrará jamás en las glorias del reino celestial.
Veamos si podemos descubrir la verdadera intención de estos dos versículos. Como se ha dicho, las bendiciones están basadas en la fidelidad. Supongamos que un hombre viola sus convenios cometiendo un pecado grave y después humildemente y con oración lo abandona y busca el perdón con todo su corazón; no siendo el pecado uno de muerte, ¿qué se requerirá de él? La revelación declara que no obstante será “destruido en la carne, y entregado a los golpes de Satanás hasta el día de la redención, dice el Señor.” Ahora bien, ¿dónde hay un hombre que desee pagar tal precio? Si un hombre que no hubiera hecho tales convenios cometiera la misma clase de ofensa y luego se arrepintiera y recibiera la verdad con todo su corazón, no está escrito de él que tendría que pasar por una prueba tan terrible. Para él, su arrepentimiento podría ser suficiente sin el sufrimiento y tormento posteriores a su arrepentimiento. David cometió un crimen espantoso, y durante toda su vida buscó el perdón. Algunos de los Salmos describen la angustia de su alma; sin embargo, David todavía está pagando por su pecado. Él no recibió la resurrección en el tiempo de la resurrección de Jesucristo. Pedro declaró que su cuerpo todavía estaba en la tumba, y el profeta José Smith ha dicho: “David procuró cuidadosamente el arrepentimiento de la mano de Dios con lágrimas, por el asesinato de Urías; pero solamente pudo obtenerlo por medio del infierno: obtuvo la promesa de que su alma no sería dejada en el infierno.” (Enseñanzas del Profeta José Smith, p. 229.) Nuevamente preguntamos: ¿Quién desea pasar una temporada en el infierno con el diablo antes de ser limpiado del pecado? (Para una discusión adicional sobre el tema de pagar el precio por el pecado, véase Doctrines of Salvation, Vol. 1, pp. 133–138.)

























