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La Oración y el Ayuno
Pregunta: “¿Qué tan antigua es la ley de la oración y el ayuno? Sabemos que la oración y el ayuno se practicaban en los días de nuestro Salvador. ¿Era también una ley en el antiguo Israel? ¿Cuándo fue introducida como mandamiento en esta dispensación, y cuándo y por qué se cambió el día de jueves al primer domingo de cada mes? Hemos discutido estas preguntas, y hay diferencia de opinión.”
Respuesta: Bien podemos asumir que el ayuno es una costumbre religiosa que ha descendido desde el principio de los tiempos, y siempre asociada con la oración. Existen numerosas costumbres y prácticas que fueron dadas antiguamente, acerca de las cuales el conocimiento llegó a ser tan común que su origen se ha perdido en la antigüedad; por lo tanto, no podemos dar el tiempo ni el lugar donde fue dado el primer mandamiento sobre el ayuno. Era común en los tiempos más antiguos, y hay numerosos incidentes registrados en el Antiguo Testamento que indican que estaba bien establecido no solamente entre los verdaderos adoradores de la Deidad, sino también entre las naciones paganas. Todo esto indica la antigüedad del ayuno, el cual podemos presumir que fue revelado a Adán.
Podemos obtener la comprensión de los escritos de Isaías de que el ayuno y la oración fueron mandados por el Señor. Por su perversión de esta doctrina, Isaías reprende a Israel y procura hacerlos volver al sendero de la obediencia fiel. Sus palabras y mandamiento son los siguientes:
Clama a voz en cuello, no te detengas; alza tu voz como trompeta, y anuncia a mi pueblo su rebelión, y a la casa de Jacob sus pecados.
Sin embargo, me buscan cada día y desean conocer mis caminos, como gente que hubiese hecho justicia y que no hubiese dejado la ley de su Dios; me piden justos juicios y quieren acercarse a Dios.
¿Por qué, dicen, ayunamos, y no hiciste caso; humillamos nuestras almas, y no te diste por entendido? He aquí que en el día de vuestro ayuno buscáis vuestro propio gusto y oprimís a todos vuestros trabajadores.
He aquí que para contiendas y debates ayunáis, y para herir con el puño inicuamente; no ayunéis como hoy, para que vuestra voz sea oída en lo alto.
¿Es tal el ayuno que yo escogí, que de día aflija el hombre su alma, que incline su cabeza como junco y haga cama de cilicio y de ceniza? ¿Llamaréis a esto ayuno y día agradable a Jehová?
¿No es más bien el ayuno que yo escogí: desatar las ligaduras de impiedad, soltar las cargas de opresión y dejar ir libres a los quebrantados, y que rompáis todo yugo?
¿No es que partas tu pan con el hambriento y a los pobres errantes albergues en casa; que cuando veas al desnudo, lo cubras y no te escondas de tu hermano? (Isaías 58:1–7.)
UN ESPÍRITU CONTRITO Y UN CORAZÓN HUMILLADO
Aquí Isaías señala claramente el propósito del ayuno. Debía observarse con un espíritu contrito y un corazón humillado delante del Señor. El mal debía ser abandonado, y debían ofrecerse oración y súplica junto con el convenio de alimentar al hambriento, vestir al desnudo y dejar libres a los oprimidos. Si hacían esto, entonces, dijo el Señor: “entonces nacerá tu luz como el alba, y tu salvación se dejará ver pronto; e irá tu justicia delante de ti, y la gloria de Jehová será tu retaguardia”. (Ibíd., 58:8.) Isaías señala claramente el verdadero propósito del ayuno. Debe observarse con espíritu de humildad y adoración. Debe recordarse y alimentarse a los pobres; debe vestirse a los desnudos; y deben aliviarse las cargas de los oprimidos. ¿Quién se atrevería a decir que el plan de bienestar no fue un mandamiento para el antiguo Israel? Sin embargo, el pueblo se había burlado de ello y por tanto merecía la reprensión de Isaías y del Señor.
A lo largo de todo el Antiguo Testamento encontramos evidencia de la observancia del ayuno y la oración. Dos de los mejores ejemplos merecen mencionarse aquí. El primero es la historia del libro de Ester. Esta historia debería ser familiar para todos. Brevemente, Amán, enemigo de los judíos, obligó al rey a emitir un decreto de que todos los judíos dentro del reino debían ser destruidos. La ley era una que no podía ser revocada. Ester, la reina, envió una petición a todos los judíos diciendo:
Ve y reúne a todos los judíos que se hallan en Susa, y ayunad por mí; y no comáis ni bebáis en tres días, ni de noche ni de día; yo también con mis doncellas ayunaré igualmente, y entonces entraré a ver al rey, aunque no sea conforme a la ley; y si perezco, que perezca. (Ester 4:16.)
Su petición ante el rey dio fruto, y aunque el rey no pudo cambiar el decreto, lo contrarrestó permitiendo que los judíos se armasen y se defendiesen. Otro ejemplo notable de ayuno se registra en el libro de Daniel. Cuando los conspiradores tramaron contra Daniel y lograron que fuera arrojado al foso de los leones de acuerdo con la ley inmutable, y cuando el rey deseó librarlo, los conspiradores dijeron: “Sepas, oh rey, que es ley de Media y de Persia que ningún decreto u ordenanza que el rey confirme puede ser cambiada”. (Daniel 6:15.) Entonces el rey se fue a su palacio y pasó la noche en ayuno: “ni instrumentos de música fueron traídos delante de él, y se le fue el sueño”. (Ibíd., 6:18.) Daniel también buscó al Señor con ayuno y oración al procurar el favor del Señor. (Ibíd., 10:1–3.)
REFERENCIAS DEL NUEVO TESTAMENTO SOBRE EL AYUNO Y LA ORACIÓN
En el Nuevo Testamento también hay numerosas referencias al ayuno y la oración cuando se necesitaban bendiciones del Señor. En este caso es suficiente referirse al mandamiento de nuestro Salvador enseñado en el gran Sermón del Monte, y a la sanidad del joven poseído por un espíritu malo. En el monte el Salvador dijo:
Y cuando ayunéis, no seáis austeros como los hipócritas, porque ellos desfiguran sus rostros para mostrar a los hombres que ayunan. De cierto os digo que ya tienen su recompensa.
Pero tú, cuando ayunes, unge tu cabeza y lava tu rostro, para no mostrar a los hombres que ayunas, sino a tu Padre que está en secreto; y tu Padre, que ve en secreto, te recompensará en público. (Mateo 6:16–18.)
El otro incidente es la expulsión del demonio del joven a quien los discípulos no pudieron sanar. Los discípulos preguntaron al Señor por qué habían fracasado. Él les informó que era por su falta de fe, porque si tuvieran fe aun el mover montañas sería posible para ellos; entonces añadió: “Pero este género no sale sino con oración y ayuno”. (Ibíd., 17:21.)
El ayuno y la oración en la dispensación actual han sido conservados desde los tiempos primitivos. Desde la organización de la Iglesia, el principio del ayuno en espíritu de oración ha sido un mandamiento del Señor. (D. y C. 59:8–13; 88:76, 119.) Con respecto a la elección de un día fijo del mes, tenemos este testimonio del presidente Brigham Young en un discurso en el antiguo tabernáculo de Salt Lake City, el 8 de diciembre de 1867:
. . . Sabéis que el primer jueves de cada mes lo observamos como día de ayuno. ¿Cuántos aquí conocen el origen de este día? Antes de que se pagara el diezmo, los pobres eran sostenidos por donaciones. Ellos acudieron a José [Smith el Profeta] y solicitaron ayuda en Kirtland, y él dijo que debía haber un día de ayuno, lo cual fue decidido. Debía celebrarse una vez al mes, como ahora, y todo lo que se habría comido ese día, ya fuese harina, carne, mantequilla, fruta o cualquier otra cosa, debía llevarse a la reunión de ayuno y ponerse en manos de una persona escogida con el propósito de cuidar de los pobres. Si hiciéramos esto fielmente ahora, ¿creéis que a los pobres les faltaría harina, mantequilla, queso, carne, azúcar o cualquier otra cosa que necesitaran para comer? ¡No! habría más de lo que todos los pobres entre nosotros podrían usar. Es economía para nosotros seguir este curso y hacer mejor por nuestros hermanos y hermanas pobres de lo que se ha hecho hasta ahora. Que esto sea publicado en nuestros periódicos. Que se haga llegar al pueblo, que en el primer jueves de cada mes, el día de ayuno, todo lo que habría de ser consumido por esposos, esposas, hijos y siervos sea puesto en manos del obispo para el sustento de los pobres. Estoy dispuesto a hacer mi parte así como el resto, y si no hay pobres en mi barrio, estoy dispuesto a compartir con aquellos barrios donde sí los haya. Si las hermanas procuran habitaciones para aquellas hermanas que necesiten ser cuidadas, y se aseguran de que se les provea, hallaréis que poseeremos más consuelo y más paz en nuestros corazones, y nuestros espíritus estarán llenos de gozo y paz. Los obispos deben, mediante sus maestros, asegurarse de que cada familia en sus barrios que pueda hacerlo, done a los pobres aquello que naturalmente consumirían en el día de ayuno. (J. of D., Vol. 12, p. 115.)
Esta costumbre de celebrar reuniones de ayuno en jueves continuó en Nauvoo y también después de la llegada de los miembros de la Iglesia a las Montañas Rocosas. Puedo recordar el tiempo cuando ciertos comercios cerraban sus puertas cada día de ayuno y colocaban en las puertas: “Cerrado por reunión de ayuno”. Parece que la gente era más fiel en aquellos días en la asistencia y disposición para permanecer hasta el final de una reunión de dos horas o aun más larga.
EL DÍA DE AYUNO EN EL PRIMER DOMINGO DE CADA MES
El cambio del primer jueves al primer domingo del mes ocurrió de la siguiente manera. Hyrum M. Smith, quien más tarde llegó a ser miembro del Consejo de los Doce, era misionero en Newcastle, Inglaterra, en el año 1896. El jueves de la reunión de ayuno, los miembros de la Iglesia en aquella tierra tenían que pedir permiso en sus trabajos con pérdida de salario. Algunos de ellos trabajaban en las minas de carbón. Cuando salían de las minas, debían ir a casa, bañarse y cambiarse de ropa. Esto significaba una pérdida tanto de tiempo como de compensación. Hyrum escribió a su padre, el presidente Joseph F. Smith, y preguntó por qué, bajo tales circunstancias, el día de ayuno tenía que ser jueves y no domingo. El presidente Smith llevó la carta a la reunión de la Primera Presidencia y los apóstoles y la presentó allí. Lo siguiente es un extracto de las actas de la reunión celebrada el 5 de noviembre de 1896:
El presidente Joseph F. Smith introdujo el tema de las reuniones de ayuno, sugiriendo que un cambio del tiempo del primer jueves al primer domingo de cada mes probablemente sería beneficioso. Esto fue apoyado por el presidente George Q. Cannon, y después de que otros hermanos hablaron sobre el tema, se decidió que los servicios del Tabernáculo fueran suspendidos el primer domingo de cada mes, y que los santos en esta ciudad así como en los barrios rurales, tuvieran el privilegio de reunirse en sus capillas a las 2 en punto de la tarde para observar el día de ayuno.
Quizás desafortunadamente, el horario de las reuniones de ayuno fue gradualmente cambiado a una hora más temprana en la mayoría de las estacas y barrios de la Iglesia, lo cual probablemente ha resultado en una pérdida de espiritualidad y de observancia del ayuno.

























