Capítulo 13
El Convenio del Señor con Abrahán
Jehová es mi nombre,. . . Y haré de ti una nación grande y te bendeciré sobremanera, y engrandeceré tu nombre entre todas las naciones, y serás una bendición para tu descendencia después de ti, para que en sus manos lleven este ministerio y sacerdocio a todas las naciones.—Abrahán 2:8-9.
Progenitor Espiritual de Adoradores del Dios Supremo
Juan Lord dice: “Abrahán se nos presenta, desde del transcurso de casi cuatro mil años, como el personaje más majestuoso de la historia… Es el padre de todas aquellas naciones, tribus y pueblos, que hoy reconocen, o que más tarde reconocerán a un Dios personal, supremo y eterno en el universo que él ha creado”. (Faros de la Historia, vol. 2, página 27.)
Preordenado Padre de los Fieles
Ambos, Abrahán y Moisés fueron llamados a sus deberes respectivos antes de que nacieran. No cabe duda que el Señor los colocó en sus posiciones a causa de características marcadas que les adaptaba particularmente para los tiempos en que vivieron. Adán fué llamado para estar a la cabeza de la familia humana y para ser príncipe sobre ella para siempre. Asimismo Noé fué honrado como el padre de la raza después del diluvio, y como tal llegó a ser su progenitor. Melquisedec, a causa de su justicia, fué grandemente honrado por haberse dado su nombre al Santo Sacerdocio. Se reservó para Abrahán el ser el progenitor del pueblo escogido de Dios. Recibió el título de “el amigo de Dios”, y fué llamado el padre de los fieles.
Una Edad de Idolatría y Sacrificio Humano
Abrahán era de la generación undécima de Noé. Varios cientos de años habían pasado desde el diluvio, y el pueblo se había multiplicado y esparcido sobre toda la faz de la tierra. Las civilizaciones de Egipto, Caldea, Asiria y las pequeñas naciones de Cainán se habían establecido. En medio de todo este esparcimiento la adoración verdadera del Padre casi se perdió. El sacrificio que fué instituido en los días de Adán y que continuaba en la práctica y en la enseñanza de Noé, a la semejanza del gran sacrificio del Hijo del Hombre, se había pervertido. En lugar de ofrecer animales limpios, tal como el cordero y el buey, las naciones apóstatas se habían degenerado hasta el grado que el sacrificio humano era ofrecido a sus dioses e ídolos.
Ur de Caldea, el hogar de Abrahán, era el foco de la iniquidad idólatra. En su propia casa estas malas prácticas existían, porque Thare, su padre, estaba empapado en la idolatría. Abrahán, por lo tanto, tuvo toda oportunidad de creer y practicar la religión pagana, pero rehuso hacer esto. De alguna manera que no se explica, tuvo acceso a los escritos de los patriarcas, y siendo estudioso, aprendió las doctrinas de los patriarcas y por tanto a adorar al Dios viviente.
El Magnífico Valor Moral de Abrahán
Todos sabemos algo del valor que se requiere para hacer frente en oposición a la costumbre y a la creencia general. A nadie le gusta ser ridiculizado. Pocos son los que pueden resistir la opinión popular cuando se sabe que es errónea, y es difícil comprender el valor magnífico que mostró Abrahán en su obediencia profunda a Jehová, en medio de su ambiente. Su valor moral, su fe implícita en Dios, su intrepidez en levantar su voz en oposición a la iniquidad que prevalecía, es casi incomparable. Sin duda todo esto tuvo su parte para que el Señor le diera la recompensa y las bendiciones a su posteridad hasta las últimas generaciones. Se han dado pocas bendiciones mayores que éstas al hombre mortal.
El relato de Abrahán de- su vida es muy breve. Dice él que sus padres se habían apartado de la justicia y de los santos mandamientos que el Señor les había dado, a la adoración de los dioses de los paganos, rehusando completamente a escuchar la del Señor.
Buscó las Bendiciones de los Patriarcas
En medio de estas condiciones idólatras Abrahán vió que tendría que buscar otro hogar. Buscó los derechos de los patriarcas. Deseaba ser un seguidor de la justicia y un heredero por derecho del Santo Sacerdocio. Esto le fué conferido. Dice, “Me fue conferido de los padres; descendió de los padres, desde que comenzó el tiempo, sí, aun desde el principio, o sea, antes de la fundación de la tierra hasta el tiempo presente, a saber, el derecho del primogénito, o sea, del primer hombre, el cual es Adán, nuestro primer padre, y por conducto de los padres hasta mí.
Busqué mi nombramiento en el sacerdocio conforme al nombramiento de Dios a los padres en lo que atañe a la descendencia”.—Abrahán 1:3-4.
La Prueba Extrema de su Fe
En respuesta a la oración, Abrahán fue guiado a una tierra nueva. Aquí le esperaban grandes bendiciones. Antes de que pudiera recibir estas bendiciones el Señor tuvo que probarle para ver si sería obediente a todas las cosas. .
Esta prueba extrema vino cuando se le mandó ofrecer a Isaac, su hijo de promesa, como sacrificio. Nunca conoceremos la angustia que vino sobre él. Abrahán sabía que el ofrecer sacrificios humanos era una abominación en la vista de Dios. El lo había condenado en Ur, y por hacerlo casi había perdido la vida. Comprendía plenamente la ley del sacrificio, porque se le había sido enseñando la plenitud del Evangelio. No sólo le habían ministrado ángeles pero también había hablado con Dios cara a cara. Abrahán tenía el “libro de memorias” el cual le había sido transmitido por los patriarcas, así que estaba completamente informado en cuanto a la verdad del Evangelio.
Su acto de ofrecer a Isaac no fué influido en ningún grado por las prácticas idólatras de su tiempo, sino que fué hecho simplemente en obediencia a un mandamiento del Todopoderoso. La fe de Abrahán era perfecta.
El Convenio del Señor con Abrahán
El convenio que el Señor hizo con Abrahán fué de propósito triple en el sentido de ser una bendición al género humano hasta las últimas generaciones. Aún hoy no podemos comprender su significado cabal. Por medio de la posteridad de Abrahán habían de descender el sacerdocio y sus poderes. Por su posteridad iba a venir Cristo, quien iba a ser una bendición para todas las naciones. Además, se hizo la promesa de que aparte de los descedientes directos de Abrahán, todos los que aceptaren el evangelio desde entonces en adelante, también serían de la simiente de Abrahán por adopción, y su sangre se mezclaría entre las naciones para leudarles con los privilegios del evangelio.
José Smith, en la Traducción Inspirada de las Escrituras, nos ha dado este relato:
Y Dios habló con él, diciendo: Mi pueblo se ha extraviado de mis preceptos, y no ha guardado mis ordenanzas, las cuales yo di a sus padres.
Y no han observado mi unción, ni la sepultura o bautismo que yo les mandé; Sino que se han apartado del mandamiento, y han tomado para sí el lavamiento de los niños, y la sangre para rociar.
Y han dicho que la sangre de Abel, el justo, se derramó por los pecados y no han sabido que por esto responderán ante mí.
Mas en cuanto a ti, he aquí, haré un pacto contigo, y serás padre de muchas naciones. . .
Y tendrás cuidado de guardar todos los convenios en los que he pactado con tus padres; y guardarás los mandamientos que por mi propia boca te he dado, y seré un Dios para ti, y tu simiente después de ti. . .
Y díjole Dios a Abraham: Por tanto, guardarás mi pacto, tú y tu simiente después de ti, por sus generaciones.
Y te haré excesivamente fecundo, y haré de ti naciones, y saldrán reyes de ti y de tu- simiente”.—Génesis 17:4-21.
Quizá la declaración más clara del convenio que el Señor hizo con Abrahán es dada por Abrahán mismo en el manuscrito traducido por el Profeta José Smith:
Y haré de ti una nación grande y te bendeciré sobremanera, y engrandeceré tu nombre entre todas las naciones, y serás una bendición para tu descendencia después de ti, para que en sus manos lleven este ministerio y sacerdocio a todas las naciones.
Y las bendeciré mediante tu nombre; pues cuantos reciban este evangelio serán llamados por tu nombre; y serán considerados tu descendencia, y se levantarán y te bendecirán como padre de ellos;
y bendeciré a los que te bendijeren, y maldeciré a los que te maldijeren; y en ti (es decir, en tu sacerdocio) y en tu descendencia (es decir, tu sacerdocio), pues te prometo que en ti continuará este derecho, y en tu descendencia después de ti (es decir, la descendencia literal, o sea, la descendencia corporal) serán bendecidas todas las familias de la tierra, sí, con las bendiciones del evangelio, que son las bendiciones de salvación, sí, de vida eterna.—Abrahán 2:9-11.
Hijos de Abrahán por Descendencia o por Adopción
Ninguna persona puede recibir el Evangelio sin llegar a ser de la simiente de Abrahán. Si no son de esta sangre por descendencia llegan a serlo por adopción. Esto es el significado de las palabras del Salvador a los Judíos: “Y os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán con Abrahán, e Isaac, y Jacob, en el reino de los cielos: Mas los hijos del reino serán echados a las tinieblas de afuera, allí será el lloro y el crujir de dientes”. (Mateo 8:11-12.) Además, el Señor reveló a José Smith que todos los que reciben los dos sacerdocios llegan a ser los hijos de Moisés y de Aarón, y “Llegan a ser los hijos de Moisés y de Aarón, y la descendencia de Abraham, y la iglesia y reino, y los elegidos de Dios”. (D. C. 84:34.) Esto se hace en virtud del convenio hecho con Abrahán, el cual fué renovado con Jacob y las tribus de Israel.
Convenios ahora se están cumpliendo
En el pasado los descendientes de Abrahán por medio de Israel, han sufrido grandemente por sus transgresiones, y las bendiciones que eran suyas por herencia, basadas en su fidelidad, han sido retiradas. Han sido “tirados y repelados” como dice Isaías de ellos, y odiados por todas las naciones. No obstante el Señor no se ha olvidado de ellos ni del convenio que hizo con sus padres. Las naciones que les oprimieron han sido destruidas, o están sentenciadas a tal destino; pero Israel ahora está siendo congregado y el Señor está renovando su convenio con ellos. Con el tiempo poseerán la tierra de su herencia y el Señor pondrá su santuario en medio de ellos para siempre jamás. Mucha de la obra que en la actualidad se están haciendo en los templos es el cumplimiento del convenio que el Señor hizo con Abrahán y sus hijos.
























