El Camino Hacia la Perfección

Capítulo 27

El derecho de escoger

Y si mal os parece servir a Jehová, escogeos hoy a quien sirváis. . .; que yo y mi casa serviremos a Jehová.

El escogimiento independiente es necesario

La acción independiente es esencial para el éxito o fracaso de todo hombre. Sin el libre albedrío que es dado a todos los hombres, no habría recompensas ni castigos. Si se le quitara al hombre la libertad de obrar, llegaría a ser una mera máquina sin responsabilidad. Lehi dijo: “Porque es necesario que haya una oposición en todas las cosas. Pues que de otro modo, no se realizaría la justicia, ni habría iniquidad, ni santidad, ni miseria, ni bien ni mal”. (2Nefi, 2:11.) El señor ha dicho:

He aquí, esto constituye el albedrío del hombre y la condenación del hombre; porque claramente les es manifestado lo que existió desde el principio, y no reciben la luz.
Y todo hombre cuyo espíritu no recibe la luz está bajo condenación. —D. C. 93:31-32.

Es fácil ver la condición triste en que estaría el mundo si el plan de Lucifer hubiera vencido. El caos hubiera reinado supremo. Cada alma hubiera llegado a ser nada; la individualidad hubiera sido destruida y toda justicia, misericordia y verdad, hubieran desvanecido para siempre, y esto hubiera traído destrucción al universo. Cuan ciertas son las palabras del Señor: “Toda verdad, así como toda inteligencia, queda en libertad de obrar por sí misma en aquella esfera en la que Dios la colocó: de otra manera, no hay existencia. — D. C. 93:30.

A Todo hombre se le da su Libre Albedrío

Cada alma ha recibido esta gran bendición— el derecho de escoger para sí mismo lo que será. El poeta lo ha expresado en las siguientes palabras:

El hombre tiene libertad
De escoger lo que será;
Mas Dios la ley eterna da,
Que él a nadie forzará.
El con cariño llamará,
Y luz en abundancia da;
Diversos dones mostrará,
Más fuerza nunca usará.
—William C. Gregg.

La Compulsión es Ajena al Reino de Dios

La compulsión es una cosa ajena al reino de Dios. Aun en el ejercicio del sacerdocio por seres mortales aquí hay un mandamiento estricto de que no puede ser usado, sino por bondad y conocimiento puro, lo que ennoblecerá grandemente el alma sin hipocresía y sin malicia, porque:

Ningún poder o influencia se puede ni se debe mantener en virtud del sacerdocio, sino por persuasión, por longanimidad, benignidad, mansedumbre y por amor sincero;. —D. C. 121:41.

Se nos informa que si un hombre trata de ejercer dominio o compulsión en virtud del poder del sacerdocio, “¡se acabó el sacerdocio de aquel hombre!”

La fuerza y la compulsión son principios que existen en el reino de Satanás. Sobre éstos su reino fué establecido y a causa de ellos su reino caerá.

El uso prudente del Albedrío Moral

El gran don del libre albedrío es como un fuego: si es controlado debidamente llega a ser una agencia de vida; si es usado indebidamente llega a ser la agencia de la muerte. El derecho de escoger que nos ha sido dado nos llevará a la exaltación si lo usamos prudentemente. Por medio de él podemos llegar a ser hijos de Dios, gozando de la plenitud de su reino. Si es usado indebidamente, llega a ser la agencia del destierro de la presencia de Dios a las tinieblas de afuera donde podemos llegar a ser hijos de Perdición, los esclavos del pecado. No obstante, es la bendición más grande, ya que hemos aprendido que sin él no hay existencia, y la vida eterna es el don más grande de Dios. El Señor dijo que es dado “para que todo hombre pueda obrar en doctrina y principio pertenecientes a lo futuro, de acuerdo con el albedrío moral que yo le he dado, para que cada hombre responda por sus propios pecados en el día del juicio.”—D. C. 101:78.

William E. Hinley, el poeta, era muy orgulloso de su libertad de obrar como lo son todos los hombres—pero como la mayoría de nosotros, faltó en comprender y unir a este don el de humildad el cual también viene de Dios. En su excelente poema Invictus, ha escrito las siguientes líneas:

No importa si es duro el camino,
Ni cuan llena de pesares la vida,
Soy el dueño de mi destino,
De mi alma el capitán.

Todo lo que es cierto. Todos somos los capitanes de nuestras propias almas, porque en substancia el Señor nos ha dicho: “Yo os haré mis hijos y mis hijas; podéis llegar a ser mis herederos y heredar todo lo que está en mi reino. Podéis llegar a ser semejantes a mí. Os doy la libertad y el derecho de escoger. Podéis aceptar o rechazar lo que yo os ofrezco. Si lo aceptáis, hay leyes y reglamentos definidos e inmutables que tendréis que observar y guardar. Tendréis que hacer un convenio conmigo de que en todas las cosas haréis mi voluntad, y obedeceréis mis mandamientos. Estos mandamientos no serán onerosos ni difíciles de llevar. Si escucháis mi palabra encontraréis paz y gozo eterno, y la libertad eterna os será dada, porque mi palabra es verdad y es la verdad que os hace libres. Podéis rehusar a obedecer mi voz y podéis rebelaros contra mi ley, porque este poder está en vosotros; sin embargo, recordad que si lo hacéis, traeréis sobre vosotros la segunda muerte, la cual es el destierro de mi presencia. No obtendréis la vida eterna, sino la muerte eterna, y moraréis con Perdición, cuyos hijos llegaréis a ser. En el lugar a donde iréis habrá miseria y remordimiento de conciencia. Ahora estos dos caminos están ante vosotros. Tenéis mi ley, os mando que la observéis”. Con tal instrucción cada hombre llega a ser el capitán de su propia alma, el piloto de su propio galardón. Si obra inicuamente dirigirá su barco sobre las piedras del castigo eterno. Si obra con justicia encontrará descanso para su alma el cual es la plenitud de la gloria eterna.

El Pecado nos quita nuestra Libertad

No hay libertad en el pecado. La iniquidad es el tirano más cruel, extendiendo el castigo hasta el límite y exigiendo el último cuadrante. Ciertamente “la paga del pecado es muerte: mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro”. El Redentor dijo a los judíos que profesaban creer en él:

…Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos;
y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres. —Juan 8:31-32.

Entonces agregó: “De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, es siervo de pecado”, y Pablo añadió en sus instrucciones a los santos romanos: “¿No sabéis que a quien os prestáis vosotros mismos por siervos para obedecerle, sois siervos de aquel a quien obedecéis, o del pecado para muerte, o de la obediencia para justicia?” Alma, al enseñar los principios de vida a Coriantón, su hijo descarriado, hizo esta declaración pertinente y verdadera la que es fácil recordar y la cual todos debemos grabar eternamente en nuestras almas.

“La Maldad nunca fué felicidad”

¿No hemos probado nosotros la verdad de esta declaración significativa? Todos somos pecadores; nuestras propias experiencias individuales nos han enseñado que cuando hemos hecho algún mal—aunque al hacerlo tal vez fuimos engañados en creer que estábamos recibiendo algo de felicidad de él—no obstante, cuando estamos en nuestro juicio descubrimos que la miseria que hemos segado no vale el precio que pagamos, y hemos visto que las palabras “la maldad nunca fué felicidad” son tan ciertas como nuestra existencia. El fruto del Espíritu del Señor “es: caridad, gozo, paz tolerancia, benignidad, bondad, fe.”

Todos pueden tener el poder de vencer

Algunos hombres se excusan por pecados a causa de las debilidades de la carne y las tentaciones de otros, pero el Señor dará fuerza a cualquier hombre que le busca para que pueda tener el poder para vencer al mundo. Santiago dice “cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído, y cebado. Y la concupiscencia, después que ha concebido, para el pecado: y el pecado, siendo cumplido, engendra muerte.” Nuestras responsabilidades son declaradas por Alma en las siguientes palabras:

No debería, en mis deseos, perturbar los firmes decretos de un Dios justo, porque sé que él concede a los hombres según lo que deseen, ya sea para muerte o para vida; sí, sé que él concede a los hombres, sí, les decreta decretos que son inalterables, según la voluntad de ellos, ya sea para salvación o destrucción.
Sí, y sé que el bien y el mal han llegado ante todos los hombres; y quien no puede discernir el bien del mal, no es culpable; mas el que conoce el bien y el mal, a este le es dado según sus deseos, sea que desee el bien o el mal, la vida o la muerte, el gozo o el remordimiento de conciencia.— Alma 29:4-5.

Según sus deseos

Y es indispensable en la justicia de Dios que los hombres sean juzgados según sus obras; y si sus hechos fueron buenos en esta vida, y buenos los deseos de sus corazones, que también sean ellos restituidos a lo que es bueno en el postrer día.
Y si sus obras son malas, les serán restituidas para mal. Por tanto, todas las cosas serán restablecidas a su propio orden; todo a su forma natural — la mortalidad levantada en inmortalidad; la corrupción en incorrupción — levantado a una felicidad sin fin para heredar el reino de Dios, o a una miseria interminable para heredar el reino del diablo; uno por una parte y otro por la otra;
uno levantado a la dicha, de acuerdo con sus deseos de felicidad, o a lo bueno, según sus deseos del bien; y el otro al mal, según sus deseos de maldad; porque así como ha deseado hacer mal todo el día, así recibirá su recompensa de maldad cuando venga la noche.
Y así sucede por la otra parte. Si se ha arrepentido de sus pecados y ha deseado la rectitud hasta el fin de sus días, de igual manera será recompensado en rectitud.
Estos son los redimidos del Señor; sí, los que son librados, los que son rescatados de esa interminable noche de tinieblas, y así se sostienen o caen; pues he aquí, son sus propios jueces, ya para obrar el bien o para obrar el mal.
Y los decretos de Dios son inalterables; por tanto, se ha preparado el camino para que todo aquel que quiera, ande por él y sea salvo. —Alma 41:3-8.

El Señor ha aclarado que no tenemos que servirle a él, pero si buscamos las bendiciones de justicia, le serviremos, y no hay paz ni felicidad, gozo ni satisfacción, ni libertad por medio de ninguna otra vía. Permitamos que nuestro amor se extienda, y que nuestra justicia aumente, por nuestro propio bien y el de los que confían en nosotros.

Capítulo 28 — El renacimiento