El Camino Hacia la Perfección

Capítulo 26

La promesa a los padres

“Y el plantará en los corazones de los hijos las promesas hechas a los padres”. — D. C. 2:2.

Lo que Ellos no pueden hacer para Sí Mismos

En esta profecía descubrimos que se hicieron promesas a los padres de que sus hijos harían para ellos lo que ellos no podrían hacer para sí mismos. Es un principio bien entendido que el Señor no hace por el hombre lo que él puede hacer para sí mismo; pero él ha hecho por el hombre todo lo que pertenece a su salvación que él no puede hacer para sí mismo. Por esta razón nuestro redentor vino al mundo y murió para que nosotros viviéramos. El llevó sobre sí la responsabilidad de redimirnos del poder de la muerte sin que nosotros hiciéramos nada. Él tomó sobre sí nuestros pecados y expió por ellos bajo las condiciones de nuestro arrepentimiento. Jesús hizo estas dos cosas porque nosotros no nos podemos librar de ninguno de los dos por nuestros propios hechos. Todos estaríamos sujetos a la muerte para siempre si no hubiéramos sido redimidos por su expiación. Cada hombre tendrá que responder por sus propias transgresiones si no recibe el evangelio y acepta la misión de Jesucristo, porque el Señor dijo:

“Porque he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten;
mas si no se arrepienten, tendrán que padecer así como yo;
padecimiento que hizo que yo, Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu, y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar.
Sin embargo, gloria sea al Padre, bebí, y acabé mis preparativos para con los hijos de los hombres.”—D.yC. 19:16-19.

Es requerido que hagamos todo lo que podemos hacer para nosotros mismos. Nosotros mismos tenemos que arrepentimos; se nos requiere que obedezcamos cada mandamiento y que vivamos con cada palabra que sale de la boca de Dios. Si hacemos esto, somos librados de las consecuencias de nuestros propios pecados. El plan de salvación depende de este principio. Ningún hombre puede salvarse sin cumplir con estas leyes.

El Bautismo es la puerta al Reino Celestial

“He aquí, mi casa es casa de orden, dice el Señor, y no de confusión.” Las ordenanzas del evangelio no pueden ser cambiadas. El bautismo es un convenio sempiterno. El Señor lo declaró en estas palabras: “Este es un convenio nuevo y sempiterno, aun el que desde el principio fué” (D. y C. 22:1.) Cuando Nicodemo vino al Salvador preguntando acerca del reino, el Salvador dijo: “El que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios;” y en una revelación dada a la Iglesia en el tiempo de su organización en estas palabras se recalcó esto para que nadie lo entendiera mal:

“Pero por transgredir estas santas leyes, el hombre se volvió sensual y diabólico, y llegó a ser hombre caído.
Por tanto, el Dios Omnipotente dio a su Hijo Unigénito, como está escrito en esas Escrituras que de él se han dado.
Sufrió tentaciones pero no hizo caso de ellas.
Fue crucificado, murió y resucitó al tercer día;
y ascendió al cielo, para sentarse a la diestra del Padre, para reinar con omnipotencia de acuerdo con la voluntad del Padre;
a fin de que fueran salvos cuantos creyeran y se bautizaran en su santo nombre, y perseveraran con fe hasta el fin;
no solo los que creyeron después que él vino en la carne, en el meridiano de los tiempos, sino que tuviesen vida eterna todos los que fueron desde el principio, sí, todos cuantos existieron antes que él viniese, quienes creyeron en las palabras de los santos profetas, que hablaron conforme fueron inspirados por el don del Espíritu Santo y testificaron verdaderamente de él en todas las cosas,
así como los que vinieran después y creyeran en los dones y llamamientos de Dios por el Espíritu Santo, el cual da testimonio del Padre y del Hijo;
los cuales, Padre, Hijo y Espíritu Santo, son un Dios, infinito y eterno, sin fin. Amén.
Y sabemos que es preciso que todos los hombres se arrepientan y crean en el nombre de Jesucristo, y adoren al Padre en su nombre y perseveren con fe en su nombre hasta el fin, o no podrán ser salvos en el reino de Dios.“—D. C. 20:20-29.

Cuando el Señor comisionó a sus discípulos después de su resurrección, les dijo: “Id por todo el mundo; predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; más el que no creyere, será condenado.” ¡Esta es la ley eterna! De estas palabras aprendemos que el bautismo es la puerta al reino celestial. Sin cumplir con esta ordenanza, y la ordenanza de la imposición de manos por la cual se comunica el don del Espíritu Santo, ningún hombre puede entrar en el reino celestial donde viven el Padre y el Hijo. Esta es la ley inalterable decretada en los cielos y hecha obligatoria en la tierra.

Las Ordenanzas del evangelio son esenciales para la Exaltación

Todos los principios del evangelio son eternos. El plan de salvación fué dado a Adán y él lo enseñó a sus hijos. Adán fué bautizado y recibió el don del Espíritu Santo. También recibieron estas ordenanzas todos aquéllos que aceptaron el evangelio en el principio. La- fe en Dios el Padre y en su Hijo Jesucristo y en el Espíritu Santo, también es una ley celestial. Los hombres han tenido que arrepentirse y ser bautizados en todas las edades cuando el evangelio ha estado entre ellos, si es que buscaban favor en la presencia de Dios. También hay otros principios y ordenanzas que pertenecen a la exaltación. Entre éstos tenemos la investidura en el templo, el sellamiento de maridos a esposas por tiempo y por la eternidad, y el sellamiento de hijos a sus padres cuando hayan nacido fuera de este sempiterno convenio. Si un hombre rehúsa recibir todas estas ordenanzas, no llegará a la exaltación, porque son obligatorias; no las podemos ignorar y ser hallados dignos de esta grande bendición.

Muchas generaciones sin el Sacerdocio y el Evangelio

Ha habido muchas épocas en la historia del mundo cuando estas ordenanzas no podían ser administradas, porque no había entre el pueblo siervos autorizados que poseían el sacerdocio. Millones de almas justas han muerto sin recibir la remisión de sus pecados y sin conocer el evangelio, las que hubieran recibido todos estos mandamientos si se les hubiera dado la oportunidad. Aun los hijos de Israel—con quienes el Señor hizo convenio por medio de sus padres Abrahán e Israel—por siglos fueron dejados sin la plenitud de estas bendiciones. Cuando el Señor llevó a Moisés de entre ellos, llevó también el Sacerdocio de Melquisedec, y dejó el Sacerdocio de Aarón con el evangelio preparatorio, y a esto agregó la ley. Esto se hizo porque la ira del Señor se había encendido en contra del pueblo por causa de la dureza de sus corazones. El Señor “juró que mientras estuviesen en el desierto no entrarían en su reposo, el cual reposo es la plenitud de su gloria.” (D. C. 84:24.) Por lo tanto, estos israelitas no pudieron obtener la plenitud de las bendiciones. Además del evangelio preparatorio, no sabemos exactamente cuáles ordenanzas les fueron dadas. Que fueron limitados es aparente, por lo tanto no pudieron recibir las bendiciones que les darían derecho a la “plenitud de su gloria.” Por consiguiente fué necesario que este pueblo antiguo esperara hasta que llegase el tiempo cuando otros podrían obrar por ellos. Este tiempo vino después de la resurrección de nuestro Señor. En ese día los judíos tuvieron la obligación de recibir el evangelio y no tan solamente cumplir con las ordenanzas para sí mismos, sino también administrar estos ritos por sus padres muertos. Porque rehusaron hacer cualquiera de los dos, el Salvador dijo que toda la sangre justa que se había derramado desde los días de Abel, el derramamiento de la sangre de Zacarías, hijos de Barachías, sería requerido de aquella generación. (Véase discurso por José Smith, T. y S. 3:759.)

Después de la muerte de los apóstoles cuando vino la apostasía, la gente quedó sin las ordenanzas del evangelio y por lo tanto no pudieron obtener las bendiciones que les admitiría a la plenitud de gloria. Por muchos siglos esta condición prevaleció sobre la tierra, porque no había ministros para oficiar por ellos. La Iglesia había sido arrojada al desierto (Ap. 12:1-6), y por muchas generaciones la gente tuve que esperar hasta el tiempo de la restauración cuando la autoridad de nuevo sería entregada al hombre, antes de que pudieran ser librados de sus pecados. Durante estos muchos años murieron millones de personas quienes se hubieran arrepentido, sentimos seguros en decir, si el evangelio con su poder hubiera llegado a ellos.

La Obligación de esta Generación

Puesto que los judíos se negaron a redimir a sus muertos, y puesto que han muerto incontables millones que no oyeron el evangelio, la obligación de hacer la obra por ellos descansa sobre la gente de esta generación. Se nos informa que la gran obra del Milenio será hecha a favor de estos padres a quienes se hicieron las promesas.

Hiciéronse promesas antes que fuese Creado el Mundo

Malaquías dice que promesas de salvación, por medio de servicio rendido por los hijos, fueron hechas a los padres. ¿Cuántos y cómo se hicieron tales promesas? Se hizo esta promesa aun antes de la fundación de la tierra. Era parte del gran plan y era entendida antes que el hombre fuese colocado sobré la tierra. José Smith, por medio de revelación, instruyó a los santos y dijo que el Señor “ordenó y preparó” el medio, “antes de la fundación del mundo,… para la salvación de los muertos que muriesen sin el conocimiento del evangelio.” Además, el Señor dijo en una revelación a la Iglesia en 1814, “Porque me propongo revelar a mi iglesia cosas que han estado escondidas desde antes de la fundación del mundo, cosas que pertenecen a la dispensación del cumplimiento de los tiempos.” (D.y C. 124:41 y 128:5.) Estas cosas escondidas que habían de ser reveladas pertenecen a las ordenanzas en el templo para la exaltación de la humanidad.

Promesas hechas por medio de Profetas Antiguos

También se hicieron estas promesas por medio de profetas antiguos. Isaías es uno de los profetas que declaró esta promesa en la siguiente manera notable:

“Yo, Jehová, te he llamado en justicia, y te sostendré de la mano, y te guardaré y te pondré como convenio para el pueblo, como luz para las naciones,
para que abras los ojos de los ciegos, para que saques de la cárcel a los presos y de casas de prisión a los que moran en tinieblas”. —Isaías 42:6-7.

Cuando el Salvador empezó su ministerio en Nazaret, entró en la sinagoga el día del sábado. Le fué dado el Libro de Isaías.

“Y como abrió el libro, halló el lugar donde estaba escrito:
“El Espíritu del Señor es sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres: me ha enviado para sanar a los quebrantados de corazón; para pregonar a los cautivos libertad, a los ciegos vista; para poner en libertad a los quebrantados:
Para predicar el año agradable del Señor”. — Lucas 4:17-19.

Comentando sobre esta escritura, el Salvador dijo a los judíos que “hoy se ha cumplido esta escritura en vuestros oídos.” Con esto quería hacerles saber el hecho de que su ministerio era para inaugurar estas bendiciones tanto para los vivos como para los muertos. La referencia a la abertura de la cárcel y el libramiento de los cautivos, en las palabras de Isaías, es una promesa hecha a los muertos. El desatar las bandas que ligaban a los prisioneros es una referencia al rescate de la primera muerte y el pecado, y la entrega de la plenitud del evangelio a ellos, para que puedan entrar en el descanso, el cual es la gloria del Señor. Esta es la interpretación dada por José Smith.

También se hicieron otras promesas a los padres de que vendría el día de liberación. El Señor lo reveló a Enoc y le mandó que lo escribiera. (Moisés 7:38-40.) Podemos estar seguros de que si tuviéramos todas las escrituras de los profetas antiguos, encontraríamos esta doctrina claramente expresada.

La Responsabilidad de todos los que oyen la verdad

No se hizo ninguna obra para los muertos antes de la resurrección de Jesucristo. Antes de ese tiempo las ordenanzas del evangelio estaban limitadas a los vivos. Fué Cristo quien abrió la puerta para los muertos e hizo posible que se les enseñara la verdad y que fueran rescatados por medio de su arrepentimiento. Ahora se les concede estos privilegios a los muertos y la responsabilidad de obrar por ellos descansa sobre la gente del mundo hoy en día, no solamente sobre los Santos de los Últimos Días, sino sobre todos los hombres que oigan la verdad, así como la responsabilidad descansaba sobre los judíos durante la generación cuando el Salvador estaba sobre la tierra. Si el velo pudiera partirse y si pudiéramos ver el mundo de los espíritus, probablemente veríamos a muchos de ellos orando y esperando ansiosamente la llegada del día de su liberación. Sus corazones se han tornado a sus hijos en quienes confían sus esperanzas de liberación de la casa de prisión.

“¡Regocíjense vuestros corazones y llenaos de alegría! ¡Prorrumpa la tierra en canto! ¡Alcen los muertos himnos de alabanza eterna al Rey Emmanuel, quien decretó, antes de existir el mundo, lo que nos habilitaría para redimirlos de su prisión; porque los presos quedarán libres!”—José Smith.

Capítulo 27 —El derecho de escoger