El Camino Hacia la Perfección

Capítulo 32

Servicio en el Sacerdocio

Servid y se os servirá, Si amáis y servís a los hombres, no podéis por ocultación o estratagema, escapar la remuneración. —Raúl Waldo Emerson.

A Favor de Otros

El servicio es una cosa requerida de toda alma. El que no sirve a sus semejantes no es digno de un lugar entre ellos. El servir a otros tiene su propio galardón. Cuando recibimos el sacerdocio lo hacemos con el entendimiento de que ha de ser usado para el beneficio de otros. Esta es una obligación que tomamos sobre sí. En verdad el sacerdocio nos bendice en dos maneras: Primero, es el medio por el cual la exaltación viene a leí que lo poseen; segundo, ha de ser usado a favor de otros para que ellos también sean bendecidos. Ningún hombre es independiente. Si se aislara a un hombre donde no pudiera comunicarse con ninguno de sus semejantes ni recibir ayuda de ellos, perecería miserablemente. Es un error el aislarnos como lo hace un caracol cuando se recoge en su concha. A ningún hombre se le ha dado el sacerdocio sólo como adorno. Se espera que lo use para la salvación de otros.

Que aprenda cada varón a obrar en su Oficio

No sólo se espera que lo haga, pero se le manda hacerlo, porque el Señor dijo, después de aclarar los varios oficios en el sacerdocio y los deberes asignados a cada uno:

De modo que, con toda diligencia aprenda cada varón su deber, así como a obrar en el oficio al cual fuere nombrado.

El que fuere perezoso no será considerado digno de permanecer, y quien no aprendiere su deber, y no se presentare aprobado, no será contado digno de permanecer. Así sea. Amén.

Esto quiere decir que el hombre que acepte el sacerdocio también acepta las responsabilidades que lo acompañan.

Promete que dará servicio y se presentará aprobado. Si quebranta este convenio— porque es un convenio—tendrá que estar entre aquellos que no usan el sacerdocio; no podrá permanecer entre los que son aprobados. Que entienda cada varón que posee el sacerdocio que no puede recibir exaltación sin el sacerdocio. Si se niega a usar ese sacerdocio cuando se le es conferido, no será contado digno de poseerlo en aquel día cuando los hombres serán recompensados según sus obras.

Los talentos son prestados para el uso debido

La parábola de los talentos es una historia hermosa; repitámosla.

Porque el reino de los cielos es como un hombre que, partiendo lejos, llamó a sus siervos y les encomendó sus bienes.
Y a uno dio cinco talentos, y al otro dos, y al otro uno, a cada uno conforme a su capacidad; y luego se fue lejos.
Y el que había recibido cinco talentos fue y negoció con ellos, y ganó otros cinco talentos.
Asimismo, el que había recibido dos, ganó también otros dos.
Pero el que había recibido uno fue y cavó en la tierra, y escondió el dinero de su señor.
Y después de mucho tiempo, volvió el señor de aquellos siervos e hizo cuentas con ellos.
Y llegando el que había recibido cinco talentos, trajo otros cinco talentos, diciendo: Señor, cinco talentos me encomendaste; he aquí, he ganado otros cinco talentos sobre ellos.
Y su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor. —Mateo 25:14-21.

El relato continúa y nos dice que el hombre que tenía dos talentos también ganó dos, y también fué bendecido y se le dijo que entrara en el gozo de su señor. Pero el que había recibido un talento y lo había sepultado, lo trajo y dijo: “Señor te conocía que eres hombre duro, que siegas donde no sembraste, y recoges donde no esparciste; y tuve miedo, y fui, y escondí tu talento en la tierra: he aquí tienes lo que es tuyo.” Y su señor estaba enojado con él y dijo a los otros siervos: “Quitadle pues el talento, y dadlo al que tiene diez talentos. Porque a cualquiera que tuviere, le será dado, y tendrá más; y al que no tuviere, aún lo que tiene le será quitado. Y al siervo inútil echadle en las tinieblas de afuera: allí será el lloro y el crujir de dientes.”

No debemos “esconder” nuestro Sacerdocio

Cada hombre que posee el sacerdocio debe aprender su deber de esta parábola, porque cuando el Señor venga, galardones semejantes nos serán dados. Muchos que han prometido magnificar su sacerdocio, y no lo han hecho, serán echados afuera. Su sacerdocio les será quitado y ellos se encontrarán afuera de las puertas de la Ciudad, porque no podrán estar con los que hayan sido fieles. La suya será una condición de lloro y crujir de dientes. Ahora ¿qué es el significado de las palabras: “Porque a cualquiera que tuviere, le será dado,… y al que no tuviere, aun lo que tiene le será quitado?”

Sencillamente esto: Como hombres que poseemos el sacerdocio tenemos la obligación de servir con la autoridad que hemos recibido. Si hacemos esto otras responsabilidades y gloria nos serán dadas, y recibiremos una abundancia, esto es, la plenitud del reino del Padre; pero si escondemos nuestro sacerdocio, no tenemos derecho de recibir ningún galardón, no podemos ser exaltados.

El poder de instrucción del Sacerdocio

Como ya se ha dicho, se nos da el sacerdocio para dos propósitos, primero, para que nosotros mismos podamos recibir la exaltación, segundo para que podamos ayudar a otros a obtener las mismas bendiciones. Se nos informa que si somos dignos de exaltación llegaremos a ser semejantes a nuestro Padre celestial y a Jesucristo, nuestro Hermano Mayor. Llegaremos a ser sacerdotes y reyes (Apocalipsis 1:5 y 6:10), y tendremos dominio y nos será dado poder. Esto quiere decir responsabilidad. Ahora, es una verdad patente, que si no usamos ahora los talentos que nos son dados y no ejercitamos la responsabilidad que nos es dada en esta vida, no estaremos preparados dignos de ejercer autoridad y tener responsabilidad en el más allá. Si tal autoridad nos es dada aquí y nos hemos negado a usarla, seguramente no tendremos derecho al galardón y no podremos recibir responsabilidad y poder allá, porque en aquel día las responsabilidades serán mucho mayores que las de esta vida. Aquí nos probamos por medio de servicio así como por medio de la obediencia a la ley del evangelio. No basta que seamos buenos, esto es, que no violemos la ley, y sólo observemos los reglamentos requeridos de los miembros legos de la Iglesia. El que no hace nada no sirve para nada, y no debería haber miembros legos en la Iglesia. El Señor dijo a la Iglesia de los dicenses: “Yo conozco tus obras, que ni eres frío, ni caliente. …Más porque eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca.”—Apocalipsis 3:15-16.

El Señor no está obligado a nosotros por servicio en el Sacerdocio

Ni tampoco debemos jactarnos de nuestra propia fuerza. Y cuidémonos de no tomar honores que no nos pertenecen. Causa perturbación oír a hombres, especialmente los que han cumplido misiones de dos años o más, pagando sus propios gastos, decir: “He servido al Señor por tal tiempo, y ahora voy a trabajar para mí mismo.” Dicen esto como si el Señor estuviera obligado a ellos por el servicio que han rendido. Algunos hombres y mujeres sienten que si ellos rinden servicio en la Iglesia, el Señor está obligado a ellos. Hay algunos que se sienten así si guardan los mandamientos, y se portan como si el Señor les debiera. Cuando un hombre que posee el sacerdocio en substancia dice, o en palabras o por sus acciones:

“He dado tantos años a la causa; ahora me siento que tengo derecho a un descanso y el privilegio de atender a mis propios asuntos, de buscar mi ambición y no estar estorbado, con deberes religiosos,” qué tenga cuidado! He oído tales declaraciones y he observado lo que ha sido el fruto. Este hombre se corta de la dirección y protección del Espíritu del Señor.

Los que sirven reciben la mayor bendición

Cada miembro de la Iglesia debe procurar encontrar algún deber que despeñar en la Iglesia. Nunca rehúsen a servir. Cuando un oficial que preside pide, su ayuda, con gusto acepten y den lo mejor que tienen a esa obra. El Señor espera esto de nosotros, y estamos bajo convenio de hacerlo. Este curso da gozo y paz, y al mismo tiempo los que sirven reciben la mayor bendición. El maestro se beneficia más que el alumno; la bendición que recibimos al aceptar un llamamiento a trabajar en la Iglesia es mucho mayor que la bendición que podemos impartir a otros. El que se niega a desempeñar alguna obra, o desatiende su responsabilidad cuando se le da una en la Iglesia, está en peligro grave de perder la dirección del Espíritu. Por fin llega a ser tibio e indiferente a todos los deberes y, como una planta que no se cultiva ni se riega, se marchita y muere una muerte espiritual.

Los más fieles aún endeudados al Señor

El Rey Benjamín nos ha dado esta instrucción apropiada

“Os digo, mis hermanos, que si diereis todas las gracias y alabanza que vuestra alma entera es capaz de poseer, a ese Dios que os ha creado, y os ha guardado y preservado, y ha hecho que os regocijéis, y os ha concedido que viváis en paz unos con otros,
os digo que si sirvieseis a aquel que os ha creado desde el principio, y os está preservando día tras día, dándoos aliento para que podáis vivir, moveros y obrar según vuestra propia voluntad, y aun sustentándoos momento tras momento, digo que si lo sirvieseis con toda vuestra alma, todavía seríais servidores improductivos.
Y he aquí, todo cuanto él os requiere es que guardéis sus mandamientos; y os ha prometido que si guardáis sus mandamientos, prosperaréis en la tierra; y él nunca varía de lo que ha dicho; por tanto, si guardáis sus mandamientos, él os bendice y os hace prosperar.
Y ahora bien, en primer lugar, él os ha creado y os ha concedido vuestras vidas, por lo que le sois deudores.
Y en segundo lugar, él requiere que hagáis lo que os ha mandado; y si lo hacéis, él os bendice inmediatamente; y por tanto, os ha pagado. Y aún le sois deudores; y lo sois y lo seréis para siempre jamás; así pues, ¿de qué tenéis que jactaros?”—Mosíah 2:20-24.

El Salvador también enseñó esta doctrina, y a sus discípulos recalcó que si trabajaban todos sus días, aun así serían “siervos inútiles,” porque habrían hecho sólo lo que era su deber hacer. (Lucas 17:7-10). Y el Señor requiere servicio de las mujeres así como de los hombres.

El gran ejemplo de Amor y Servicio de Cristo

¿Creen ustedes que jamás sería posible que nosotros, no importa cuán diligentemente trabajáramos, o aun si sufriéramos martirio, pudiéramos pagar a nuestro Padre y a Jesucristo por las bendiciones qué hemos recibido de ellos? El gran amor, con sus bendiciones acompañantes, que se nos extiende mediante la crucifixión, sufrimiento, y resurrección de Jesucristo, es más allá de nuestra comprensión mortal. Jamás podríamos pagar. Se nos ha comprado con un precio incalculable. No con oro o plata o piedras preciosas, “sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación.”— 1 Pedro 1:19.

Asombro me da el amor que me da Jesús,
Confuso estoy por su gracia y por su luz;
Y tiemblo al ver que por mí él su vida dio,
Por mí, tan indigno, su sangre derramó.
Contemplo que él en la cruz se dejó clavar,
Pagó mi rescate, no puedo lo olvidar;
No, no, sino que a su trono yo oraré,
Mi vida y cuanto yo tengo a él daré.
Cuan asombroso es que el amárame
Y rescatárame
Oh sí, asombro es, siempre para mí.

Capítulo 33 — La gloria de Dios es la inteligencia