El Camino Hacia la Perfección

Capítulo 3

La herencia de mayor valor

Y me dijo: Hecho está. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Al que tuviere sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida.
El que venciere heredará todas las cosas; y yo seré su Dios, y él será mi hijo. —Apocalipsis 21:6-7

Había en un tiempo dos hermanos que fueron bendecidos por tener padres nobles. Estos hijos fueron enseñados en principios de justicia y el padre les había prometido que poseerían toda su herencia. Más el menor fue impaciente y dijo a su padre: “Padre, dame la parte de la hacienda que me pertenece”, y les repartió la hacienda. Unos cuantos días después el hijo menor juntó todas sus posesiones y se fué a un país muy lejano, donde malgastó toda su herencia viviendo perdidamente. Mientras duraban sus recursos encontró lo que a él le parecía amigos quienes le ayudaban a gastar su dinero. Cuando todo se le había gastado, sus amigos también, por supuesto, le dejaron. Entonces calló sobre la tierra un hambre terrible y el joven insensato tuvo hambre, pero solo pudo encontrar trabajo dando de comer a los marranos. “Y deseaba henchir su vientre de las algarrobas que comían los puercos; más nadie se las daba”. Cuando hubo sufrido severa y largamente, habiendo tenido tiempo de comparar su condición con la de la casa de su padre, donde los sirvientes tenían pan bastante y de sobra, dijo: “Me levantaré, e iré a mi Padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo, y contra tí; ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros”.

De manera que regresó, y su padre le vio en la distancia, y se apuró a encontrarle con espíritu de gozo porque el hijo había regresado. Y el muchacho dijo: “Padre, he pecado contra el cielo, y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo”. Más el padre lloró y llamó a su sirviente que trajese ropa para cubrir al joven vicioso que se había arrepentido de sus pecados. Entonces el padre lleno de misericordia preparó un banquete e invitó a todos los miembros de su casa y sus amigos que le acompañasen en hacerse alegre, porque, dijo el padre, “Este mi hijo mayor se quedó en el campo sintiéndose herido y tratado con injusticia. Sin duda pensó que el padre dividiría de nuevo la hacienda entre los dos. Viendo que no entraba a la casa, el padre salió al campo y le rogó. Pero el hijo dijo: “He aquí tantos años te sirvo, no habiendo traspasado jamás tu mandamiento, y nunca me has dado un cabrito para gozarme con mis amigos: Más cuando vino éste tu hijo, que ha consumido tu hacienda con rameras, has matado para él el becerro grueso”. Más le respondió el padre justo y sabio: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas. Mas era menester hacer fiesta y holgarnos, porque este tu hermano muerto era, y ha vivido; habíase perdido, y es hallado”. —Lucas 15:11-32.

Todo lo que tiene el Padre

Así aprendemos que hay regocijo en los cielos por cada pecador que se arrepienta; más aquellos que permanecen fieles y no quebrantan ninguno de los mandamientos, heredarán “todo lo que tiene el padre”, mientras aquellos que posiblemente son hijos, más desperdician su herencia por medio de “vivir perdidamente”, podrán regresar por medio de arrepentimiento a ser sirvientes, mas no para heredar la exaltación como hijos.

El cuento maravilloso del hijo pródigo ha sido casi universalmente mal interpretado. Cuántas veces se oye el dicho desde los pulpitos sagrarios que el hijo menor, porque había transgredido todos los mandamientos, cometiendo toda clase de pecados, y entonces arrepentido, estuvo en mejor posición que aquel hermano mayor que no pecó. Para muchos es perdida la mayor enseñanza de esta parábola. El hijo menor pidió su herencia y la recibió. Salió y la tiró en las iniquidades más viles. Cuando se le agotó su substancia, fué forzado por sufrimiento físico y degradación a arrepentirse. Si le hubiera durado más tiempo su dinero, tanto más tiempo habría pecado. No hay necesidad de repetir todas las circunstancias de este cuento. Basta decir que cuando regresó a su padre, le recibió, mas no le prometió reponer su herencia; esto es aparente en la respuesta que le dio a su hijo obediente: “Hijo, tu siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas”.

El mayor don de Dios

Algunos hombres heredan las riquezas a causa de la industria de sus padres, algunos hombres por su herencia, son dados tronos, poder, y posición entre sus semejantes. Algunos buscan la herencia de conocimiento del mundo y fama por aplicar su industria y perseverancia; pero hay una herencia que es de más valor que todas, es la herencia de la exaltación eterna.

Las escrituras nos dicen que la vida eterna —que es la vida que poseen nuestro Padre eterno y su Hijo, Jesucristo, — es el don más grande de Dios. Lo recibirán solamente aquellos que son limpios de todo pecado. Es prometido a aquellos que “…vencen por la fe, y son sellados por el Santo Espíritu de la promesa, que el Padre derrama sobre todos los que son justos y fieles. Estos son los que constituyen la Iglesia del Primogénito.
Son aquellos en cuyas manos el Padre ha entregado todas las cosas;“. —D. C. 76:53-55.

Estos llegan a ser sacerdotes y reyes, hijos de Dios, y “todas las cosas son suyas, sea vida o muerte, o cosas presentes o cosas futuras, todas son suyas, y ellos son de Cristo y Cristo es de Dios.Y vencerán todas las cosas. —Ibid vs. 59,60.

Pablo escribió a los santos en Roma:

“Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios.
Porque no habéis recibido el espíritu de servidumbre para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!
Porque el Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios.
Y si hijos, también herederos; herederos de Dios, y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados”. —Romanos 8:14-17.

El precio que tenemos que pagar

Es muy evidente, entonces, que estas Rendiciones gloriosas de una herencia eterna, por medio de la cual somos hijos de Dios y co-herederos de Cristo, poseyendo “todo lo que tiene el Padre”, no vienen excepto por medio de la disposición de guardar los mandamientos y aun sufrir con Cristo, si es necesario. En otras palabras, los candidatos de vida eterna —el don más grande de Dios— son requeridos poner todo lo que tienen sobre el altar, si fuere requerido, porque aun así, si fuesen requeridos poner sus vidas por su causa, no podrían pagarle por las muchas bendiciones que reciben y les son prometidas, basadas sobre la obediencia a la leyes y mandamientos de Dios.

Capítulo 4 — Inteligencias organizadas