El Camino Hacia la Perfección

Capítulo 23

Nuestra responsabilidad individual

La responsabilidad más grande en es­te mundo que Dios nos ha dado es la de buscar a nuestros muertos.—José Smith.

Las muchas responsabilidades de los Miembros de La Iglesia

Las responsabilidades de los Santos de Los Ultimos Días son muchas. Hay responsabilidades que son dadas a ellos colectivamente, o a la Iglesia. Y hay responsabilidades dadas a ellos como in­dividuos. Probablemente la responsabili­dad más grande dada a la Iglesia, y re­querido principalmente de los hombres poseyendo el Sacerdocio, es la de procla­mar el mensaje del evangelio en todo el mundo. Hay muchas otras responsabili­dades que pertenecen al grupo colecti­vo de adoradores, conocido como la Igle­sia, pero es de las responsabilidades in­dividuales que deseamos hablar.

El Yugo del Señor es Fácil

El ser miembro de la Iglesia no es para el ocioso. El que busca un cami­no fácil a la salvación tendrá que ir a otra parte, no se obtiene en la Iglesia. Ciertamente, no hay nada difícil para hacer en la Iglesia. El Señor dijo:

Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.
Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas.
Porque mi yugo es fácil y ligera mi carga. —Mateo 11:28-30.

Cuando un hombre confiesa que es difícil guardar los mandamientos del Señor está haciendo una confesión muy triste —que es violador de la ley del evangelio. Es fácil formar hábitos. Es tan fácil formar hábitos buenos como lo es formar hábitos malos. Ciertamente no es fácil decir la verdad, si usted ha sido un embustero. No es fácil de ser honrado, si ha formado hábitos fraudu­lentos. Un hombre encuentra que es di­fícil orar si nunca ha orado. Pero cuan­do un hombre siempre ha sido verídico, es difícil para él mentir. Si siempre ha sido honrado y hace una cosa fraudu­lenta, su conciencia protesta. No en­contrará paz, sino en el arrepentimien­to. Si un hombre tiene el espíritu de oración, se deleita en oración. Es fácil para él ir al Señor, con la seguridad de que su petición le será contestada. El pagar los diezmos no es difícil para el hombre, que es convertido al evange­lio, que paga su décima parte de todo lo que recibe. Vemos que el Señor nos ha dado una gran verdad —su yugo es fácil, y ligera su carga si deseamos ha­cer su voluntad!

Que cada hombre sea Diligente

Entre las muchas responsabilidades puestas sobre los miembros de la Igle­sia las más importantes son estas:

…Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón, alma, mente y fuerza; y en el nombre de Jesucristo lo servirás.
Amarás a tu prójimo como a tí mis­mo…—D.y C. 59:5-6.

¡El Padre no intenta que los miem­bros de la Iglesia se sienten y esperen para el reino ele Dios! El ha dicho:
No serás ocioso; porque el ocioso no comerá el pan ni vestirá la ropa del trabajador.—D. C. 42:42.

Sea diligente cada cual en todas las cosas. No habrá lugar en la iglesia para el ocioso, a no ser que se arrepienta y enmiende sus costumbres.—D.yC. 75: 29.

Encontramos en estos mandamientos que siendo ocioso no quiere decir solamente el no tener deseos de hacer tra­bajo manual —de trabajar por el sudor del rostro— pero el ocioso es también el hombre que no es diligente en el cum­plimiento de sus obligaciones. “Por lo tanto, oh vosotros que os embarcáis en el servicio de Dios, mirad que le sirváis con todo vuestro corazón, alma, mente y fuerza, para que aparezcáis sin culpa ante Dios en el último día.” Si le ser­vimos con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerza, tendremos suficiente que hacer. El padre no pide nada incompatible, pero lo que es en armonía con su ley, y lo que él mismo obedece. ¿Puede usted imaginar nuestro Padre eterno y el Salvador no haciendo nada? ¿No estaba el Salvador muy ocupado en su ministerio? “Y Jesús les respondió: Mi Padre hasta ahora obra, y yo obro.” ¿No es verdad esto? Alguna noche cuándo el cielo esté claro vea en los cie­los; entonces considere los incontables millones de mundos que no puede ver. Recuerda que el Señor dijo de ellos: “Y he creado mundos sin número, y tam­bién los he creado para mi propio fin”. ¿Qué es ese propósito? “¡Llevar a ca­bo la inmortalidad y la vida eterna del hombre!”

No solamente para sí mismo

Así vemos que la gran obra del Pa­dre, y el Hijo, no es para sí mismos. Ellos trabajan, como han trabajado hasta ahora, para el beneficio del hom­bre. Cuando un hombre se une a la Igle­sia es el principio de la fe en el Pa­dre y en el Hijo y en el Espíritu Santo. Es en este principio que acepta todo lo que pertenece al evangelio. Hay ciertas leyes bien definidas, u ordenanzas co­mo los llamamos, y órdenes que han si­do decretadas antes de la fundación del mundo, las cuales tiene uno que recibir. Esto es requerido de todos los hombres que buscan el arrepentimiento un lugar en el reino de Dios. Es requerido de todos los hombres que se arrepientan, sean bautizados para la remisión de pe­cados, y reciban la imposición de ma­nos para comunicar el don del Espíritu Santo, para entrar en la Iglesia. Si un hombre procura entrar de otra manera es clasificado como ladrón y robador. ¿Por qué? ¡Porque está procurando ob­tener la vida eterna por engaño! El es­tá procurando obtener una recompensa de exaltación por dinero falso, y ésto no se puede hacer.

Puesto que la obediencia a las orde­nanzas del evangelio es requerido de to­dos los hombres, y como no pueden en­trar en el reino sin cumplir la ley que el Señor ha dado, una obra tiene que ser hecha para los que han muerto sin un conocimiento del evangelio y sus re­quisitos, y que no tuvieron la oportunidad de arrepentimiento y remisión de pecados. Como el Salvador vino al mun­do para enseñarnos a amar uno al otro, y así como esa grande lección fué ma­nifestada por lo que él sufrió para que nosotros viviéramos. ¿No debemos mos­trar nuestro amor a nuestros prójimos por servicio a ellos? En otras palabras, si el Salvador estaba dispuesto a venir a este mundo, sufrir y morir, para dar­nos la redención del sepulcro, y salvación del pecado bajo las condiciones de nuestro arrepentimiento, ¿no debemos mostrar nuestro amor en una manera semejante para los que no pueden ayu­dar a sí mismos? ¿No debemos mos­trar nuestro aprecio por el servicio que el rindió a nosotros, por dar servicio a su causa? El hombre que hace sólo esas cosas en la Iglesia que conciernan a sí mismo, nunca llegará a la exaltación. Por ejemplo, el hombre que esta dis­puesto a orar, pagar sus diezmos y ofrendas, y atender a sus obligaciones ordinarias que pertenecen a su vida per­sonal y nada más, nunca llegará a la meta de la perfección. Se tiene que ren­dir servicio a otros. Tenemos que ex­tender nuestra ayuda a los desafortu­nados, a los que no han oído la verdad que están en las tinieblas, y a los ne­cesitados.

Nuestra responsabilidad individual más grande

Pero mayor que todo esto, concer­niente a nuestras responsabilidades como individuos, la mayor es la de ser ‘salvadores, en nuestro grado menor que nos es asignado, para los muertos que han muerto sin el conocimiento del evangelio, José Smith dijo: “La respon­sabilidad más grande en este mundo que Dios nos ha dado, es la de buscar a nuestros muertos”. ¿Por qué es és­ta responsabilidad tan grande? Por dos razones. Primero, porque no podemos entrar en una vida perfecta sin nues­tros muertos dignos que no han sido bendecidos con el evangelio como lo hemos sido nosotros. Segundo, porque ellos que han vivido vidas dignas, pero en obscuridad, porque el evangelio no les llegó en esta vida, también son he­rederos de la salvación. Las razones pa­ra esto aparecerán después. Es sufi­ciente decir aquí que el Señor nos ha dado la responsabilidad de ver que nues­tros muertos reciban las bendiciones del Evangelio. José Smith dijo: “Los San­tos que faltan en hacer esto a favor de sus parientes muertos, lo hacen en peli­gro de su propia salvación.”

¿Está usted Fracasando?

Pensemos de las palabras del poeta:

¿En el mundo acaso he hecho hoy
A alguno favor o bien?
Y hacerle sentir lo que es el vivir,
Si no, yo merezco desdén.
Es noble y grande servicio rendir y siempre darán galardón;
Sólo el que lo hace merece vivir,
No seas, cual abejón.
¡Alertos hace algo más,
Que siempre soñara de mansión
por el bien que hacemos,
paz siempre tendremos,
Y gozo y gran bendición.

Capítulo 24 La Venida de Elías