El Camino Hacia la Perfección

Capítulo 34

La ley de la castidad

Deja también que. . . la virtud engalane tus pensamientos incesantemente; entonces tu confianza se fortalecerá en la presencia de Dios; y la doctrina del sacerdocio destilará sobre tu alma como rocío del cielo. —D. C. 121:45.

No hay ninguna ordenanza relacionada con el Evangelio de Jesucristo de mayor importancia, de naturaleza más solemne y sagrada, y más esencial para el gozo eterno del nombre, que el matrimonio. Sin embargo no hay ningún principio que haya sido objeto de chistes más bajos; que haya sido hecho una broma más grande por la gente vulgar e indecente, y aún por muchos que se creen cultos, que el matrimonio. El matrimonio es un principio que, cuando se practica, presenta problemas más serios que cualquier otro. Debe recibirse en el espíritu de paciencia y amor, aún ese amor más grande que viene por medio del poder del Espíritu Santo. Nada preparará a la humanidad para gloria en el reino de Dios tan prontamente como la fidelidad al convenio del matrimonio. Por medio de este convenio, tal vez más que por medio de cualquier otro, realizamos el perfecto decreto de la voluntad divina; pero este convenio es solamente uno de los muchos requeridos del hombre que procura hacer la voluntad del Padre.

El Matrimonio, el fundamento para las bendiciones más Grandes

Si se recibe este convenio en la manera debida, llega a ser el medio de la felicidad más grande. La honra más grande en esta vida; y en la vida venidera, honra, dominio y poder en amor perfecto; son las bendiciones que de él vienen. Estas bendiciones de gloria eterna son reservadas para los que estén dispuestos a obedecer este y todos los demás convenios del evangelio. Los demás no recibirán estas bendiciones. El matrimonio es el principio más grandioso, más glorioso, y más exaltado de los que se relacionan con el evangelio. Es el que el Señor tiene reservado para aquellos que llegan a ser hijos e hijas; todos los demás serán siervos solamente, aunque ganen la salvación. No llegan a ser miembros de la familia de nuestro Padre y nuestro Dios si se niegan a recibir el convenio celestial del matrimonio.

El abuso del matrimonio trae la destrucción

El abuso de esta ordenanza ha sido la causa principal de la caída de naciones. Cuando el convenio del matrimonio pierde su santidad, y se quebrantan los votos, la destrucción es inevitable. No puede recibirse este principio en el espíritu de desprecio e indiferencia. Es decretado para ser más, mucho más, que un contrato civil. Ninguna nación puede sobrevivir el abuso de este principio. La caída de Roma, Grecia, Babilonia, Egipto, y muchas otras naciones se debe al quebrantamiento del sagrado convenio del matrimonio. La ira de un Dios justo estaba encendida en su contra a causa de su inmoralidad. Los huesos de civilizaciones muertas en éste el continente de América dan evidencia silenciosa pero convincente de que fué la incontinencia y el desprecio de este convenio sagrado que les llevó a su destrucción final.

Un convento y compañía con Dios

Nada debe tener en más santidad y honra que el convenio por el cual los espíritus de los hombres —los hijos de Dios en el espirita— son privilegiados a venir a este mundo en tabernáculos mortales. Es por medio de este principio que la bendición de gloria Inmortal se hace posible. El Castigo más grande que jamás se ha impuesto fué proclamado contra Lucifer y sus ángeles. El ser negado eternamente el privilegio de cuerpos mortales es la maldición más grande de todas. ¡Estos espíritus no tienen progreso, ninguna esperanza de resurrección y vida eterna! ¡Están condenados a la miseria eterna a causa de su rebelión! ¡Y luego nos damos cuenta de que nosotros no tan solamente somos privilegiados sino mandados a ayudar a nuestro Padre en la gran obra de redención dando a sus hijos, así como lo hemos recibido nosotros mismos, el derecho de vivir y seguir hacia adelante aun hasta la perfección! ¡Ninguna alma inocente debe ser condenada a venir a este mundo con la desventaja de la ilegitimidad! ¡Cada niño tiene el derecho de ser bien nacido! Todo aquel que les niega ese derecho es culpable de un pecado mortal.

La importancia de estos tabernáculos mortales es aparente del conocimiento que tenemos de la vida eterna. Los espíritus no pueden perfeccionarse sin el cuerpo de carne y huesos. Este cuerpo y su espíritu son llevados a la inmortalidad y las bendiciones de salvación por medio de la resurrección. Después de la resurrección no puede haber más separación, el cuerpo y el espíritu llegan a ser inseparablemente unidos para que el hombre reciba una plenitud de gozo. En ninguna otra manera, excepto por medio del nacimiento en esta vida y la resurrección, pueden los espíritus llegar a ser como nuestro Padre eterno.

El Derecho de ser bien nacido

Puesto que el reino de Dios está edificado sobre el fundamento del  matrimonio y la institución de la familia, no puede haber satisfacción cuando ésta se corrompe. Toda alma tiene el derecho de venir a este mundo en una manera legítima —en la manera que el padre decreto que habían de venir. Quienquiera que toma un curso contrario a éste es culpable de un pecado casi irreparable. ¿Es de maravillarse, entonces, que el Señor pone la violación de este convenio del matrimonio v la pérdida de la virtud, segundó sólo al pecado de verter sangre Inocente? ¿No hay razón suficiente, entonces, por la severidad del castigo que e ha prometido a los que quebrantan esta ley eterna?

El Crimen de la incontinencia

Además, ¿no hemos olvidado en gran parte la gravedad del crimen de la incontinencia, y el quebrantamiento de los votos del matrimonio? ¿Creen los que son culpables que la enormidad de la ofensa de entremeterse maliciosa o inicuamente en las leyes de la vida, será pasado por alto por un Dios justo? ¿Creen que sólo unos cuantos correazos, o ningún castigo, enmendará esta ley quebrantada? La demanda de pureza personal que hace la Iglesia es igual así para los nombres como para las mujeres. No hay una norma doble de juzgar”. “Si se olvida de la pureza de la villa.” el Presidente José F. Smith una vez dijo, “todos los demás peligros se nos vienen enema como los ríos de agua cuando se abren las compuertas.”

Un pecado de muerte

La impureza sexual es un pecado mortal. Así fué considerado antiguamente, y según las leyes de Dios, los que eran culpables estaban en peligro de la muerte. Juan nos informa (pie hay pecados de muerte, y éste es uno de ellos Juan dijo:

Si alguno ve a su hermano cometer un pecado que no sea de muerte, pedirá, y se le dará vida, digo, a los que cometen un pecado que no sea de muerte. Hay pecado de muerte, por el cual yo no digo que se ruegue.
Toda maldad es pecado, pero hay pecado no de muerte. —1 Juan 5:16-17.

El asesinato, el verter sangre inocente, es un pecado de muerte, y Alma enseñó a Coriantón que la incontinencia era segundo sólo al asesinato. Estas son sus palabras:

¿No sabes tú, hijo mío, que estas cosas son abominables a los ojos del Señor; sí, más abominables que todos los pecados, como no sea el derramar sangre inocente, o negar al Espíritu Santo?

Segundo sólo al asesinato

El Presidente José F. Smith comentando sobre esta enseñanza, nos ha dado esta instrucción:

Aceptamos sin reserva la afirmación de la Deidad, por medio de un antiguo profeta nefita: porque yo, el Señor Dios, me deleito en la castidad de las mujeres. Y las fornicaciones son una abominación para mí; así dice el Señor de los Ejércitos. —Jacob 2:28.

Afirmamos que el pecado sexual es segundo sólo al derramamiento de sangre inocente en la categoría de crímenes personales; y que el adúltero no tendrá parte en la exaltación de los benditos.”

El que mirare a una mujer para codiciarla, o si alguien cometiere adulterio en su corazón, no tendrá el Espíritu, sino que negará la fe. —Improvement Era 20:7-43.

No estamos aquí para practicar la inmoralidad de ninguna clase. Sobre todas las cosas, la inmoralidad sexual es la más abominable a la vista de Dios. Está al par del asesinato mismo, y el castigo del asesino fijado por Dios Todopoderoso es la muerte: “El que derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada.” Además, dijo que el que cometiere adulterio había de ser muerto. Por lo tanto, alzamos nuestras voces contra la inmoralidad sexual, y contra toda clase de obscenidad. — Gospel Doctrine (Doctrina del Evangelio), pág. 391.

El Castigo de los Incastos

El Presidente Brigham Young también fué muy enfático en su denunciación de este mal, y no podemos ser demasiado enfáticos en denunciarlo. Es muy prevaleciente y un mal casi universal. El mundo se acerca rápidamente a su destrucción a causa de ello. “Aprended la voluntad de Dios,” dijo el Presidente Young, “guardad sus mandamientos y haced su voluntad, y seréis una persona virtuosa.” ¡Cuán gloriosa es la paz y el gozo que llena el alma de la persona virtuosa! ¡Cuán terribles son los tormentos de los incastos! No tendrán lugar en la primera resurrección. Cuando llegue el juicio final ellos son los que se quedarán “sucios aún”. No podrán entrar en la Ciudad Santa, son los “mentirosos, los hechiceros, los adúlteros, los fornicarios y quienquiera que ama y dice mentiras,” que serán arrojados afuera.

El Presidente Young también dijo:

El que corrompe a los inocentes debe ser marcado con infamia y arrojado de la sociedad respetable, y eludido como una peste, o como se elude una enfermedad contagiosa. Las puertas de familias respetables deben estar cerradas contra él, y debe recibir el desagrado de toda persona buena y virtuosa. Riquezas, influencia y posición no deben protegerle de su indignación justa. Su pecado es uno de los más negros en el calendario del crimen, y debe ser arrojado del alto pináculo de la respetabilidad y consideración, para hallar su lugar entre los peores criminales. —Discourses, pág. 300.

Nuestros convenios son para preparar cuerpos mortales para los espíritus

Cuando por primera vez se colocó al hombre sobre esta tierra se le dio el mandamiento de “fructificar y multiplicar.” Jamás se dio un mandamiento más importante al hombre, porque, por medio del matrimonio honorable los espíritus son traídos al mundo. “Hay multitudes de espíritus puros y santos esperando para tomar sobre sí tabernáculos, ahora; qué es nuestro deber?” preguntó el Presidente Young. Entonces contestó su pregunta de esta manera: “Preparar tabernáculos para ellos; tomar un curso que no tenderá a impeler esos espíritus a las familias de los inicuos, donde se les instruiría en iniquidad, libertinaje, y toda clase de crimen. Es el deber de todo hombre y mujer justo preparar tabernáculos para todos los espíritus que puedan.”—Discourses,

Instruyendo a las madres de la Iglesia, el Presidente José F. Smith dijo, en junio de 1917:

Me da pesar, y creo que es un mal atroz, que exista entre cualesquier miembro de la Iglesia un sentimiento o deseo de limitar el nacimiento de sus hijos. Creo que es un crimen dondequiera que ocurra, cuando el marido y la esposa gozan de salud y vigor y están libres de impurezas que serían transmitidas a su posteridad. Creo que cuando las perdonas tratan de limitar o evitar el nacimiento de sus hijos pronto segarán desilusión. No vacilo en decir que esta práctica mala es uno de los crímenes más grandes del mundo hoy en día. —R.S. M. 4:318.

La Bendición de aumento Eterno

Cuando los jóvenes se casan y rehúsan a cumplir con este mandamiento dado en el principio del mundo —y está en vigor tanto hoy en día como lo fué en aquel tiempo— se roban de la bendición eterna más grande. Si el amor del mundo y las inicuas prácticas del mundo son de más importancia a un hombre y una mujer que los mandamientos de Dios en este respecto, se cortan de la bendición eterna de aumento. Los que voluntaria y maliciosamente quebrantan este importante mandamiento serán condenados. No podrán tener el Espíritu del Señor. Familias pequeñas es la regla hoy en día. Maridos y esposas se niegan a tomar sobre sí las responsabilidades de la vida familiar. Muchos de ellos no quieren ser molestados con hijos. No obstante, este mandamiento que se dio a Adán jamás ha sido abrogado o puesto a un lado. Si rehusamos a guardar los convenios que hacemos, especialmente en la casa del Señor, entonces no podemos recibir las bendiciones de esos convenios en la eternidad. Si se esquivan voluntariamente las bendiciones de ser padres aquí, ¿cómo puede el Señor dar a los culpables las bendiciones de aumento eterno? No puede ser, y tales bendiciones les serán negadas.

¿Quién soy yo, dice el Señor, para prometer y no cumplir?
Mando, y los hombres no obedecen; revoco, y no reciben la bendición.
Entonces dicen en su corazón: Esta no es la obra del Señor, porque sus promesas no se cumplen. Pero, ¡ay de tales!, porque su recompensa yace abajo, y no es de arriba. —D. C. 58:31-33.

El mundo rápidamente se acerca a su fin, es decir, el fin de los días de iniquidad. Cuando esté maduro en la iniquidad el Señor vendrá en las nubes del cielo para vengarse de todos los inicuos, porque su ira está encendida contra ellos. No crean que demora su venida. Se han dado muchas señales de su venida, para que podamos saber, si deseamos, que el día ya está a nuestras puertas.

Y acontecerá que a causa de la iniquidad del mundo, me vengaré de los malvados, por cuanto no se arrepienten; porque la copa de mi indignación está llena; pues he aquí, mi sangre no los limpiará si no me escuchan.—D. C. 29:17.

Capítulo 35 — El convenio perfecto del casamiento