El Camino Hacia la Perfección

Capítulo 38

La ley de consagración

“Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí no puede ser mi discípulo.” —(Lucas 14:27).

La definición dada en el diccionario de “Consagración”, es “acción y efecto de consagrar o consagrarse”, de cualquier cosa al servicio de Dios. Es hacer sagrada o santificar ya sea la vida o propiedad, o las dos. El Señor requiere de aquellos que lo siguen, que lleven su cruz y den servicio, aun dando su vida, si eso fuera requerido. De acuerdo con la traducción dada en Lucas, Jesús le dijo a la multitud que le siguiera, muchos de los cuales vinieron por curiosidad para verlo hacer algunos milagros o para recibir pan y pescados, pero no con el verdadero espíritu de adoración y deseo de buscar la verdad:

“Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre y madre y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su vida, no puede ser mi discípulo.

“Y cualquiera que no trae su cruz, y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo.” (Lucas 14:26-27).

Todo lo que poseen

Para decir que sus discípulos deben odiar todo lo que ellos quieren, es en verdad un dicho muy duro. Pero descubrimos de otras interpretaciones de la doctrina (Mat. 10:37-78) que el significado es que cualquiera que ama a su padre, madre, esposa, y todo lo que es querido, aun su propia vida, más que a Cristo, no es digno de él y no puede ser su discípulo. El pensamiento está muy claro en esta instrucción que tocios los que buscan vida eterna les es requerido venir a Cristo deseando dejar todo lo que poseen si fuera necesario. Si no tienen deseo de hacerlo, aun de dar su vida por su causa, no son merecedores de su reino. Esto es razonable: Nuestro Salvador no hace ninguna demanda injusta, pues el vino a dar su vida por nosotros para que pudiéramos tener vida eterna. El sufrió por nosotros; ¿No debemos amarlo más que a nuestra propia vida?

Vidas de servicio y sacrificio

Aun más, nos enseñó que aquel que busca la salvación de su vida la perderá, pero el que está deseoso de perderla, o de darla a su servicio aunque muera encontrará la vida eterna. No podemos esperar obtener todo lo que se nos ha prometido de gloria, dominio, poder —de llegar a ser hijos de Dios y poseer la gloria de su reino— a menos que estemos deseosos de consagrar todo lo que tengamos al servicio del Señor. Cualquier otro curso será inconsistente; el que intenta encontrar su vía hacia ese reino de gloria y sentarse en un trono de exaltación, sin estar deseoso de obedecer esta ley no ganará esta bendición. No será digno de ella y tomará un lugar inferior porque no está autorizado de ser un miembro de “la Iglesia del Primogénito”. “No puede ser mi discípulo”, dijo el Redentor.

La ley de consagración

Leemos en la Perla de Gran Precio como fué llamado Enoc para predicar el arrepentimiento y que por el medio de sus labores diligentes, reunió aquellos que estaban deseosos de hacer el convenio de servir al Señor. Estos hicieron convenio de obedecer la ley celestial a la ley de consagración, pues esto es una ley celestial, y el reino celestial se gobierna por ella. Estaban deseosos de dar todo lo que tenían, aun sus vidas por el reino de Dios. El resultado fué que llegaron a ser tan justos que caminaron con Dios la llevó a y “él habitó en medio de Sión; y aconteció que Sión no fué más, porque Dios su propio seno, y desde entonces se extendió el dicho: Sión ha huido.” (Moisés 7:69).

Esta misma ley le fué dada en toda su plenitud a los santos en los primeros días, y también les fué mandado tener todas las cosas en común, o practicar la “Orden Unida” que había sido dada a Enoc y a los nefitas después de que el Salvador los visitó. Pero los santos en ese tiempo estaban débiles espiritualmente y fracasaron en redimir a Sión, lo cual hubiera podido hacer en ese tiempo si hubieran seguido estrictamente esta ley de consagración.

Todas las cosas en común

El Señor les dijo: “Pero no se ha dispuesto que un hombre posea más que otro, por lo que, el mundo yace en el pecado.” (D. y C. 49:20). Por esta razón el Señor mandó que los santos tuvieran todas las cosas en común. Cada miembro iba a ser un mayordomo e iba a ser responsable por su mayordomía. En relación a esta ley leemos:

“He aquí, esto es lo que el Señor requiere de todo hombre en su mayordomía, conforme a lo que yo, el Señor, le he señalado, o en i o porvenir le señalaré a cualquier hombre.

“Y, he aquí, ninguno de los que pertenecen a la iglesia del Dios viviente queda exento cíe esta ley:

“Sí, ni el obispo, ni el agente que guarda el almacén del Señor, ni el que fuere nombrado mayordomo de las cosas temporales.

“El que fuere nombrado para administrar las cosas espirituales es digno de su salario; asimismo, los que fueren nombrados a una mayordomía para administrar las cosas temporales;

“No obstante, en vuestras cosas temporales seréis iguales, y esto no ha de ser de mala gana; de otra manera, se retendrá la abundancia de las manifestaciones del Espíritu.” (D. y C. 70:9-12, 14).

Esta fué la ley dada a los santos “que seáis iguales”, dijo el Señor, “en los vínculos de las cosas celestiales; sí, y en las cosas terrenales también, para poder obtener cosas celestiales; porque si queréis que os dé un lugar en el mundo celestial, tenéis que prepararos, haciendo las cosas que os he mandado y requerido. Y ahora de cierto así dice el Señor, conviene que vosotros que constituís esta orden hagáis todas las cosas para mi gloria.” (D. y C. 78:5-8; compárese 104:1). Esta orden fué dada a los santos como una orden sempiterna (D. y C. 82:20) pero los santos a ese tiempo no estaban preparados para vivir esta ley celestial, por lo tanto el Señor la quitó diciendo:

“y que los mandamientos que he dado en cuanto a Sion y su ley se ejecuten y se cumplan después de su redención.” (D. y C. 105:34).

Un ayo para prepararnos para la plenitud

En lugar de esta alta ley, el Señor les dio a los santos un ayo, como lo hizo con la antigua Israel para enseñar y traerlos a la plenitud del evangelio de Cristo. Esta es la ley de diezmos. Pero debe de entenderse que la ley de consagración nunca se ha abrogado o puesto a un lado, esto es, debemos amarla sobre todas las cosas y estar deseosos de dar nuestras vidas o abandonar todo lo que tenemos o apreciamos por su causa, si esto fuere requerido. Los miembros de la Iglesia están tan obligados a obedecer esta ley como lo fueron en los días cuando Cristo lo promulgó. Sin embargo, no requiere que consagremos todas nuestras propiedades a la Iglesia en la “Orden Unida”, en este tiempo.

El diezmo, la ley menor dada en vez de esta orden unida, es un requisito para los santos como cualquier otra ley, si queremos obtener la exaltación. Ningún hombre esta forzado a pagar la décima parte de lo que recibe, pero ningún hombre tiene derecho a las bendiciones del reino celestial si rehúsa pagar un diezmo justo cuando tiene diezmos para pagar. El Señor dijo que aquellos que rehusaran obedecer esta provechosa ley celestial y entrar en esta “orden unida”, no serían merecedores de ser miembros, y aquellos que no estaban deseosos de dar sus vidas, o llevar su cruz y seguirle no pueden ser sus discípulos. ¿Cómo, pues, puede ser un hombre discípulo del Señor si rehúsa guardar esta ley menor, una ley más fácil de cumplir que la de dar todo lo que se posee?

Solo los que pagan diezmos pueden entrar en la orden unida

¿Piensa algún hombre que puede violar la ley de diezmos —el pago de una décima parte de su ingreso o aumento, y hacer esto año tras año, y luego estar preparado para entrar en la “orden unida” y aceptar toda la ley de consagración cuando Cristo venga? ¡De cierto que no! Si un hombre no paga sus diezmos no tendrá el privilegio de entrar a la ley más alta la cual pertenece al reino celestial. (D. y C. 64:23). .La parábola de las diez vírgenes presenta la condición que prevalecerá en el reino de los cielos (Iglesia) cuando Cristo venga. Algunos estarán listos por medio de hechos buenos y obediencia a las palabras del Padre, otros no estarán listos porque han fracasado, y ellos serán arrojados, a donde habrá lloro y crujir de dientes.

Amaras y servirás al señor

Dos leyes han sido dadas de las cuales dependen todas las otras leyes y los profetas; ellas son:

Primero, “Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y de toda tu mente, y en el nombre de Jesucristo le servirás:

Segundo, “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.”

Es bastante evidente que un hombre que no obedece las instrucciones que le son dadas del Señor y no obedece sus mandamientos, no guarda ninguna de estas grandes leyes. Deje que cada Santo de los Últimos Días entienda lo que se le es requerido, que esté deseoso de hacer TODO lo que el Señor le manda, y si no está deseoso de dejar todo lo que tiene, aun dar su propia vida si fuera necesario, entonces no será digno de recibir TODO lo que el Padre tiene para aquellos que fielmente le sirven.

Capítulo 39 — Antes de la venida del Señor