El Camino Hacia la Perfección

Capítulo 14

Vuestra simiente será como estas

…Y puso su mano sobre mis ojos, y vi aquellas cosas que sus manos habían creado, las cuales eran muchas; y se multiplicaron ante mis ojos, y no pude ver su fin.— Abrahán 3:12.

Cuando vivía Abrahán en Ur de los Caldeos el Señor primeramente le hizo la promesa de una posteridad innumera­ble. Y Jehová dijo a Abrahán: “Vete de tu tierra, y de tu parentela y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré; y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre y serás una bendición. Y bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra”.—Gen. 12:1-3.

Herencia Territorial

Obedeciendo a este llamado, Abrahán dejó la tierra de Caldea, mas llevó consi­go a Sara su esposa, su padre y Lot, hijo de su hermano y toda su sustancia, y aque­llas almas que quisieron seguirle y se fue­ron a Harán. No sabemos precisamente donde quedaba este lugar. Fué un pobla­do establecido por Abrahán y nombrado por el padre de Lot, que había muerto en Ur antes de iniciarse la jornada de ese punto. Abrahán y su casa se quedaron en Harán durante algún tiempo y luego em­prendieron sus viajes hacia el suroeste pa­ra entrar en la tierra de Canaán. Cuando entró Abrahán en Canaán el Señor le ha­bló nuevamente, diciendo: “A tu simiente daré esta tierra. Y edificó allí un altar a Jehová, que le había aparecido”. Además dijo el Señor: “Alza ahora tus ojos, y mi­ra desde el lugar donde estás hacia el Aqui­lón, y al Mediodía, y al Oriente y al Oc­cidente; porque toda la tierra que ves, la daré a ti y a tu simiente para siempre”. Esta tierra que vió Abrahán no fué sola­mente la pequeña parcela conocida como Palestina, sino que se extendía hacia el norte y hacia el sur y desde el océano hasta Mesopotamia.

En la tierra de Harán había fallecido el padre de Abrahán, aun creyendo en la idolatría. Cuando Abrahán y Lot llega­ron a la tierra de Canaán, encontraron allí a los cananeos, los amorreos, los hititas y otras pequeñas naciones. Puede que Abra­hán se preguntara sobre lo que el Señor lia­ría con estos pueblos porque empezaban a extenderse por el país. Además se le ha­bía dicho que su pueblo no había de en­tremezclarse con estos habitantes. Dijo el Señor que los hijos de Abrahán irían al Egipto permaneciendo allí hasta que se hicieran fuertes y luego cuando la iniqui­dad de los amorreos fuera cabal, la simien­te de Abrahán saldría de Egipto para po­seer la tierra.

Promesa de Posteridad Innumerable

Cuando se dió a Abrahán por primera vez la promesa de una numerosa posteri­dad era un hombre comparativamente jo­ven. Su esposa Sarai era estéril y las po­sibilidades del cumplimiento de la prome­sa no eran alentadoras. Un hombre de me­nos fe habría estado desanimado y posi­blemente hubiera perdido su confianza en la promesa del Señor. No fué así con Abrahán, aunque estos habrán sido días difíciles porque en aquel entonces el no tener posteridad era considerado como la mayor calamidad que podía sobrevenir a un hombre. Aún con esta promesa, Abra­hán tuvo que esperar hasta ser ya ancia­no. Casi medio siglo había trascurrido desde el tiempo de la primera promesa hasta que Isaac, el hijo favorecido, fué nacido. Durante todos estos años Abrahán jamás perdió su confianza en el Señor. Creía implícitamente que la promesa re­cibida se cumpliría, pero no fué hasta te­ner él cien años de edad y Sarai noventa, que se verificaron sus esperanzas en el nacimiento de un hijo.

La Organización Perfecta de las Estrellas

Ningún astrónomo moderno, con la ayuda de todas las facilidades e invencio­nes modernas a su disposición, ha visto los cielos y comprendido su vastedad como Abrahán en la antigüedad. Lo que él vió, lo vieron y comprendieron también los patriarcas anteriores, aún desde el prin­cipio. Escrito en los “anales de los padres, aún los patriarcas”, que fueron transmiti­dos a Abrahán, había conocimiento “del principio de la creación, y también de los planetas y de las estrellas, cual se dió a saber a los patriarcas”. (Abrahán 1:31). Los antiguos no fueron ignorantes de es­tas cosas, como se supone comúnmente.

“Y vi las estrellas, y que eran muy grandes, y que una de ellas se hallaba más cerca del trono de Dios”, dijo Abrahán, “y había muchas estrellas grandes que esta­ban cerca de él; y el Señor me dijo: Estas son las que rigen; y el nombre de la gran­de es Kólob, por causa de que está cerca de mí, pues yo soy el Señor tu Dios; a ésta la he puesto para que rija a todas aquellas que son del mismo orden que ésa sobre la cual estás”. (Abrahán 3:2-3).

Fué de noche que el Señor habló estas palabras a Abrahán y le reveló, en visión y por el Urim y Tumim, la grandeza de las estrellas. Mientras reposaba su vista sobre las mismas —porque sus ojos fue­ron abiertos— se multiplicaron grande­mente delante de él hasta que no pudo ver su fin, porque las estrellas eran sin número.

Aquí había una lección maravillosa que Abrahán debía aprender. En esta vi­sión le fueron manifiestas las maravillas del universo. No fué solamente una lec­ción en astronomía dada bajo la direc­ción del Gran Astrónomo, que creó estos inmensos mundos y los conocía todos de nombre. Había otros significados más pro­fundos en esta lección. Abrahán aprendió que las obras del Todopoderoso son sin fin. Descubrió que son creadas para ser­vir de habitaciones al hombre. Estos mun­dos glorificados son las moradas de seres celestiales justos —los hijos de nuestro Padre eterno. Más aún, aprendió que hay un propósito eterno en todas las obras de Dios, que muchos mundos han pasado por el período de prueba a la gloria eterna. Y mientras un mundo pasa a la exalta­ción, así se creará otro, porque hay mu­chos mundos que han pasado a ese esta­do y muchos más que vendrán como mo­radas para los hombres no nacidos aún. Para Abrahán la inmensidad y gloria del universo fué arrollador. Entonces le pro­metió el Señor: Te multiplicaré a ti y a tu simiente después de ti, igual que éstas (las estrellas); y si puedes contar el nú­mero de las arenas, así será el número de tus simientes”.

Tu Simiente será como Estas

En esta visión Abrahán aprendió que él sería el progenitor de una raza innu­merable. No sólo sería su posteridad como las incontables estrellas en número, sino que habría entre ellos, como entre las es­trellas, “muchos de los grandes”, los cua­les serían gobernantes. Entre estos, de acuerdo con la promesa hecha, estaría Uno de los grandes que gobernaría junto al trono de Dios. Porque, según se expli­có, como hay una estrella sobre otra, así también habrá una mayor, hasta llegar a Kólob, la más cercana al trono de Dios. De igual manera, si un espíritu está sobre otro o es más inteligente, así habrá otro aun mayor, hasta llegar a Jesucristo, o, aun al Padre, que es el mayor de todos.

Una Bendición a Todas las Familias de la Tierra

Como se ha mostrado, Abrahán reci­bió la promesa de que su posteridad sería una bendición a todas las naciones. Israel llegó a ser una poderosa nación. A la ver­dad Israel llegó a ser una multitud de na­ciones, porque el Señor condujo muchas colonias de la Palestina y los llevó a to­das partes de la tierra. Aun la dispersión de Israel, a causa de su iniquidad en la tierra de su herencia, se convirtió en una bendición para las naciones de la tierra, porque por este medio la sangre de Israel fué mezclándose con la de las naciones gentiles. De esta forma todas las naciones se hicieron partícipes del convenio de Abrahán y herederos legítimos, mediante su fidelidad, a las bendiciones que le fue­ron prometidas.

Naciones y Reyes Saldrán de Ti

Y el Señor dijo: “Y multiplicarte he mucho en gran manera, y te pondré en gentes, y reyes saldrán de ti. Y establece­ré mi pacto entre mí y ti, y tu simiente después de ti en sus generaciones, por alianza perpetua, para serte a ti por Dios, y a tu simiente después de ti”. Así vemos, que Abrahán, al aceptar este convenio, dejó ligada a su posteridad como también a sí mismo.

Un Convenio Eterno

Ni tampoco está limitado este conve­nio solamente a la vida mortal. Se extien­de más allá del sepulcro hasta el reino ce­lestial. Los hijos de Abrahán, mientras guardan el convenio que reciben en la casa del Señor, tendrán, como Abrahán su padre, un aumento continuo durante toda la eternidad, y no habrá fin de su poste­ridad. De esta manera reciben las bendi­ciones de Abrahán, Isaac y Jacob, y se hacen partícipes hasta el grado máximo. Porque ha de haber una continuación de sus “simientes para siempre jamás” entre aquellos que reciben la exaltación en el reino de Dios. Esta es la promesa, y ven­drán por el linaje de Abrahán reyes, sa­cerdotes y gobernantes, no sólo en esta tie­rra sino también en los ciclos, y así serán mundos sin fin.

Capítulo 15 — La simiente de Caín