El Camino Hacia la Perfección

Capítulo 28

El renacimiento

Yo soy el Señor tu Dios; y te doy este mandamiento: Que ningún hombre vendrá al Padre sino por mí o por mi palabra, que es mi ley, dice el Señor. — D. C. 132:12.

A cada reino es dada una Ley

La obediencia a la ley es el orden por todo el universo. Si examinamos los cielos vemos las estrellas manteniendo sus posiciones respectivas, el sol y sus planetas girando según la ley que han recibido. Tan exactos son los movimientos de estos cuerpos celestiales que los astrónomos pueden calcular sus posiciones en el cielo por muchos años. Determinan con meses de anticipación cuándo ocurrirán eclipses del sol y la luna y se publica la información. Los científicos se preparan para estos eventos y viajan a lugares distantes de la tierra para que con más provecho puedan estudiar donde el eclipse es total. ¿Cómo pueden determinar estos eventos tantos meses antes que ocurran? La respuesta es dada por el Señor mismo: “A todos los reinos se ha dado una ley; y hay muchos reinos; porque no hay espacio en el cual no hay reino; ni hay reino en el cual no hay espacio, sea un reino mayor o menor. Y a cada reino se ha dado una ley; y cada ley tiene también ciertos límites y condiciones.”

La tierra obedece una ley celestial

Porque esta tierra obedece la ley que recibió del Creador, le ha sido prometida la bendición de gloria celestial. “Por lo tanto, es menester que sea santificada de toda injusticia, a fin de quedar preparada para la gloria celestial; porque después de haber llenado la medida de su creación será coronada de gloria, aun con la presencia de Dios el Padre; para que los cuerpos que son del reino celestial puedan poseerla para siempre jamás; porque, para este fin fué hecha y creada, y para este fin son ellos santificados.”— D. C. 88:18-20.

Toda la naturaleza obedece la ley que le es dada

Si miramos sobre la tierra encontramos que es verdadero el mismo principio. En todas partes el orden prevalece porque todas las cosas en la naturaleza son obedientes a la ley que es dada para su gobierno. Los árboles dan su fruto en su sazón, cada uno según su especie. La primavera pasada tuve en mis manos varias semillas, se veían muy similares, y aparentemente sin vida, pero en ellas había vida latente más allá de la compresión del hombre. Yo sabía cuándo las coloqué en la tierra que con el cuidado debido pronto romperían sus cascaras y pequeños retoños saldrían de la tierra. Sabía que cuando crecieran, si se les diera la atención debida, brotarían ramas y hojas, y al fin botones se formarían en ellos. A causa de experiencia anterior también sabía que cuando los botones estuvieran maduros florecerían formando hermosas flores, algunas rojas, algunas color de rosa, algunas azules, y de diferentes colores. Sabía que cada una tendría la forma y el color de la planta que produjo la semilla, pero al mirar las semillas no pude saber cuáles serían rojas, cuáles color de rosa, cuáles azules, pero sí sabía que seguirían la ley que les había sido dada.

Los científicos han contemplado objetos tan pequeños que el ojo sin ayuda no los puede ver, y por medio del microscopio les han sido reveladas incontables maravillas. Pero en todo ello hay orden porque aun a esas pequeñas formas de vida se ha dado una ley. Todo investigador sabe que en cada campo sobre la tierra o en los cielos, existen leyes inmutables entre los millares de criaturas vivientes, y también entre los objetos inanimados sobre la faz de la tierra.

La grande pregunta es, ¿por qué es esto así? Nadie duda del hecho de que es así, pero hay aquello, quienes deben saber mejor, que persisten en creer que todo ha venido por la casualidad; que no hay mano guiadora dirigiendo las cosas en este orden metódico de proceder. Sin embargo, hombres que en verdad piensan reconocer la mano guiadora de algún Poder Omnipotente, y la mayoría de ellos dicen que es un Dios sabio que reina tan eficiente y perfectamente en todo el universo.

“Los cristales de nieve,” dice un observador, “obedecen una ley inmutable de seis. Son joyas de seis lados o estrellas con seis puntos. Nunca obedecen la ley de cuatro o cinco. La nieve es agua cristalizada, y el agua siempre cristaliza en figuras de seis lados, ¿por qué?” Entonces el observador añade: “Nadie sabe: nadie jamás sabrá.” Pero Alguien sí sabe; porque él dio a los cristales la ley a la cual son obedientes. Algún día tal vez sabremos por qué y cómo se hace esto e incontables otras cosas. El agua se ensancha y llega a ser hielo cuando se congela. ¿Por qué? Si el agua se contrajera, al congelarse todo el mundo estaría en peligro. El hielo sería una amenaza a la existencia porque en vez de flotar se hundiría. El océano y los ríos se convertirían en hielo. Un Sabio Creador dio al hielo esta ley.

Las Leyes del Reino de Dios

Habiendo leído todo esto ¿no desean saber qué tiene que ver con el tema del segundo nacimiento? Se relaciona con nuestro sujeto porque el nacer de nuevo también tiene que ver con la obediencia a la ley. Es extraño que tantas ni entes humanas comprenden el hecho de que todas las cosas sobre la tierra, adentro de la tierra, o arriba de la tierra son gobernadas y controladas por leyes inmutables; pero al considerar el reino de Dios, estas mismas mentes no ven la necesidad de leyes. Para obtener la salvación, se nos dice frecuentemente, que no necesitamos cumplir con ninguna ordenanza; ningún reglamento excepto que vivamos en paz y respetemos los derechos de otros. “No importa lo que yo hago, en tanto que obedezco las leyes de mi país, en tanto que no tomo ventaja de mi prójimo, en tanto que soy verídico, en tanto que soy honrado, en tanto que soy sincero y no daño a ningún hombre ni infrinjo sus derechos, entonces todo estará bien conmigo.” A mí me han hecho tal expresión.

“No es necesario que yo acepte doctrinas religiosas, o, si las acepto, las doctrinas de una organización son tan buenas como las de otra, si hago lo que yo pienso ser correcto.” ¿No hemos oído declaraciones semejantes a éstas? “Yo creo en Dios,” dijo un individuo, “pero no creo en credos. Dios no requeriría que un hombre se bautizara para poder salvarse. Una vida justa es todo lo que es requerido.”

Pero la palabra del Señor es segura. Ningún hombre tiene el derecho de dictar al Padre cómo su reino ha de ser gobernado. Hay leyes inmutables dadas para el gobierno de este reino tal como las hay para todas las demás. Si no aceptamos estas leyes y en obediencia conformamos con el orden, no podemos tener derecho a las bendiciones. Esta es una ley universal. La encontramos en nuestras vidas diarias, en todas las cosas con las cuales tenemos contacto.

El Bautismo es un Renacimiento

El bautismo en el agua para la remisión de pecados, y la imposición de manos para comunicar el don del Espíritu Santo, constituyen el nacimiento del agua y del Espíritu. Esto es esencial para la salvación. Es más que un símbolo; es una realidad, es realmente un nacimiento. ¿Cómo podría un hombre venir a este mundo mortal sin nacer como los demás hombres nacen? ¿Lo ha hecho alguno? Nunca ha sido hecho porque hay una ley que controla el nacimiento mortal. Ninguno puede obtener el segundo nacimiento excepto por medio de cumplir con la ley de ese nacimiento, la cual es el nacer del agua y del Espíritu en la forma que el Señor ha prescrito. Ningún hombre puede venir a Dios sin el arrepentimiento. Pecadores no perdonados no podrían morar en su presencia. Para ganar la entrada allí tenemos que ser santificados, limpiados del pecado, y la ley que gobierna este asunto ha sido inalterable fijada. Podemos revelar; debemos protestar y pensar que este método es muy necio; uno muy innecesario; pero está en la sabiduría de aquel que todo lo sabe que se ha dado este mandamiento. ¿Quién es el hombre para que dude de Dios? “¿Se jactará el hacha contra el que con ella corta? ¿Se exaltará la sierra contra el que la mueve? ¡Como si el bastón levantase a los que lo levantan! ¡Como si levantase la vara al que no es leño!”—Isaías 10:15.

El efecto de la primera muerte o la muerte espiritual

A todos nos han enseñado que el bautismo es para la remisión de pecados, pero el Señor nos ha dado explicación adicional en cuanto al propósito y la eficacia de esta ordenanza. El bautismo data desde la caída del hombre. Adán fué echado de la presencia del Señor a causa de su transgresión, y de esta manera fué desterrado de la presencia del Padre. Este destierro es llamado la “primera muerte” o la “muerte espiritual”. Todos los que no se han arrepentido, quienes no han aceptado el evangelio, están muertos espiritualmente. Esto es, están sujetos a la “primera” muerte la cual es el destierro de la presencia del Señor.

La muerte es destierro. Explicando este asunto el Señor dijo a José Smith.

Aconteció, pues, que el diablo tentó a Adán, y este comió del fruto prohibido y transgredió el mandamiento, por lo que vino a quedar sujeto a la voluntad del diablo, por haber cedido a la tentación.
Por tanto, yo, Dios el Señor, hice que fuese echado del Jardín de Edén, de mi presencia, a causa de su transgresión, y en esto murió espiritualmente, que es la primera muerte, la misma que es la última muerte, que es espiritual, y la cual se pronunciará sobre los inicuos cuando yo diga: Apartaos, malditos. —D. C. 29:40-41.

Este mismo destierro ha sido pronunciado sobre todos los que no se arrepienten y aceptan las ordenanzas del evangelio, “porque no pueden ser redimidos de su caída espiritual porque no se arrepienten.”

El nacer de Nuevo en el Reino del Cielo

Ahora ¿cómo podemos vencer esta muerte? ¿Cómo podemos volver de ese destierro? Por medio de nacer de nuevo del agua y del Espíritu. Para regresar tenemos que cumplir con ciertas leyes que han sido fijadas eternamente y que son tan inmutables como los cielos.

Estas leyes son las de sepultura en el agua, o nacimiento, y el nacimiento del Espíritu de Dios recibiendo el don del Espíritu Santo por medio de la imposición de manos.

Por lo tanto, vemos que el bautismo es el medio por el cual regresamos a la presencia del Señor después de haber sido desterrados de su presencia. Por esta razón es una sepultura en el agua y simboliza una muerte así como nacimiento a una vida nueva, y es a la semejanza de la muerte de Jesucristo y también, del nacimiento de este mundo. Juan comprendió esto y él ha dicho:

¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?
Este es Jesucristo, que vino mediante agua y sangre; no mediante agua solamente, sino mediante agua y sangre. Y el Espíritu es el que da testimonio, porque el Espíritu es la verdad.
Porque tres son los que dan testimonio en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo; y estos tres son uno.
Y tres son los que dan testimonio en la tierra: el Espíritu, el agua y la sangre; y estos tres concuerdan en uno. —1Juan 5:5-8.

Esta doctrina no fué introducida por Juan; evidentemente él la aprendió de profetas anteriores, porque leemos en el Libro de Moisés:

Que por causa de la transgresión viene la caída, la cual trae la muerte; y como habéis nacido en el mundo mediante el agua, y la sangre, y el espíritu que yo he hecho, y así del polvo habéis llegado a ser alma viviente, así igualmente tendréis que nacer otra vez en el reino de los cielos, del agua y del Espíritu, y ser purificados por sangre, a saber, la sangre de mi Unigénito, para que seáis santificados de todo pecado y gocéis de las palabras de vida eterna en este mundo, y la vida eterna en el mundo venidero, sí, gloria inmortal;
porque por el agua guardáis el mandamiento; por el Espíritu sois justificados; y por la sangre sois santificados; — Moisés 6:59-60.

La semejanza significativa entre el nacimiento y el bautismo, y entre la muerte y el bautismo, con el símbolo que se encuentra en la expresión del testimonio en el cielo y en la tierra, es muy aparente a los que comprenden el orden del cielo con relación al segundo nacimiento.

Capítulo 29 — Porque de los tales es el Reino de los Cielos